Freddy forever

Se trata de un cuento humorístico

Autor:

Darcy Borrero Batista

Mi madre fue quien lo trajo a casa. Me lo presentó y sonreí, complacido, porque lo había esperado por mucho tiempo. «Puedes llamarle como desees», dijo Madre. Freddy, pensé, será su nombre. «También puedes ponerlo donde te apetezca», agregó Madre, dirigiendo la vista al bulto escuálido, como si se tratara de un muñeco cualquiera. «Pues, no. Freddy será tratado como un rey», expresé, esta vez, en alta voz.

Madre, que nunca ha tenido pelos en la lengua, insistía, intensa: «No tienes ni que darle de comer. Ni que llevarlo al baño. Ni que cambiar sus ropas. Es muy considerado».

Ahora lo trataba como a un niño, aunque intuía que Freddy pasaba de 60.

Ella lo cargaba en brazos… hasta que pareció extenuada y dejó caer aquel «saco de huesos» en plena sala.

Luego llegaron mis tías y quedaron perplejas cuando vieron semejante transgresión de las leyes de la existencia humana. Pero las hice callar con un siniestro: «Basta, que Freddy no es ningún monstruo».

Se escandalizaron aún más cuando les expliqué, como si fuera lo más natural del mundo, que necesitaba un poco de barniz. Por suerte recordé que una de mis compañeras de la facultad ya había pasado por el mismo procedimiento con su Albert. La llamé y enseguida trajo el líquido mágico que haría relucir a Freddy, como nuevecito, acabadito de ¿nacer, comprar? Quién sabe.

«La casa parecía el habitáculo de un caníbal», ese fue el comentario de Bertica. Extrajimos a Freddy del bendito saco en que Madre lo trajo, lo separamos en piezas, enumeramos, y a dar brocha. No nos tomó mucho tiempo, pues ya Bertica era toda una experta.

Luego lo pusimos a secar, al sol, en una de las tendederas del patio. El perro no paraba de ladrar ante las circunstancias. Parece que su instinto animal le decía que algo sospechoso inundaba el ambiente. Dicen que los perros tienen otro sentido… será como el séptimo.

Finalmente, volvimos a unir las piezas enumeradas, introdujimos un palo (tallo leñoso) de caña santa en el centro, que fungiría como columna vertebral, y listo… o no. Faltaban los espejuelos, la vestimenta (escafandra) y, obviamente, la corona. Freddy era —ni más, ni menos— un rey.

Desde entonces me ha acompañado sin dilaciones, ni reproches, ni miramientos durante mi vida académica y personal. Sabe siempre cómo me siento porque se ha convertido en mi confidente, en mi psicólogo, terapeuta ante los exámenes y los desamores. Amigo en momentos buenos y malos, de alcohol y de café. Conoce mis gustos y disgustos a la perfección: equipo azul; música clásica y un poco de rock; rubias como las prefieren los caballeros; Stanley Kubrick en la gran pantalla, dormir con la luz encendida para evitar fantasmas, etc. Le he contado mis problemas sin vacilar, en fin… lo único que tengo que señalarle es su poca habilidad para conversar: es muy reservado. Pero yo lo comprendo, y hasta lo perdono, recuérdese que nos referimos a un rey: él manda, y yo solo soy su bufón.

Debo amar a mi Lear sin quejas. Gracias a él he aprendido el nombre de todos y cada uno de los huesos que conforman el esqueleto humano. Gracias a él he aprobado los exámenes de Filogenia, Arqueología, Morfología, Anatomía, y otros. Gracias a él no me he vuelto loco. Gracias a él he perdido el miedo a la muerte y a los cementerios… Hay mucho que agradecer, y Freddy lo sabe.

Por eso me chantajea emocionalmente, sin pronunciar palabra alguna. ¿Cómo vendes a un amigo, a tu mejor amigo? Como no es tonto —sino rey— se ha percatado de que intento deshacerme de él. Sabe que lo he vuelto a barnizar, y que algún motivo debo tener. Sabe, también, que en unos días discuto mi tesis doctoral. Piensa que su fin ha llegado. Pero renuncia a una «muerte» inmerecida, a un abandono sepulcral. No sé cómo explicarle que puede convertirse en espíritu guardián de algún palero, o en acompañante incondicional de otro estudiante de Medicina o vagar como alma en penumbras por esta ciudadela. Bueno, tanto como alma, no, porque su espíritu, lo que se dice espíritu, debió separarse de su cuerpo hace bastante. No podría determinarlo con exactitud porque en el museo donde mi madre lo consiguió se preservaban antiquísimas colecciones óseas caucasoides, mongoloides y negroides, con sus subrazas respectivas. Pero Freddy no debía terminar en ninguna de aquellas situaciones inmisericordes. Yo he deseado siempre lo mejor para él. Cómo le cuento que prefiero incinerarlo y esparcir sus cenizas para que descanse en paz, en algún lar de la Tierra, vuelto a su estatus primario de polvo cósmico: «Del polvo venimos y al polvo regresamos». Nada de infiernos o paraísos… No, Freddy merece el sitio más encumbrado de la ciencia, y un deliberado happy end.

Pero la decisión he de tomarla de inmediato. Descuelgo el teléfono y marco el número de Bertica. Le pido el favor. «Sí, un cartel bien grande, enorme».

Vendo esqueleto (humano) completo, nuevecito. Nombre: Freddy. Edad aproximada: 46. Oficio: rey. Procedencia étnica: caucásica. Tipo de muerte: natural.

Llamar al +53576492778 (después de las seis)

Así salió el anuncio.

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