Vocacional de evocaciones

Aprender de las ciencias y hacerlas desde las aulas fue la idea renovadora de Fidel que impulsó la creación de los Institutos Preuniversitarios Vocacionales de Ciencias Exactas. Ese sueño de un nuevo bachiller ya rebasa las cuatro décadas

Autor:

Liudmila Peña Herrera

HOLGUÍN.— Mima, la dietista, anda contenta por estos días y hasta se cree lo de «jefa de obra» cada vez que señala al administrador un detalle para resolver dentro del Centro de Elaboración, casi totalmente remozado, y con dos calderas «nuevecitas», que ahora sí son «lo máximo porque se controlan por botones».

Algo similar sucede con la profe Ana Arango, de Biología, quien debe asegurar que la plaza de la escuela quede impecable para la celebración. Minerva Álvarez tiene que secarse unas lágrimas cuando asegura que su vida ha transcurrido en estos pasillos, moldeando «un barro en bruto para recoger personalidades destacadas de este país».

En el Complejo Educacional José Martí, de la capital provincial —que hoy incluye un preuniversitario urbano, una secundaria y la Formadora de Maestros—, nadie permanece ajeno a los preparativos para celebrar el aniversario 40 de su fundación como escuela vocacional. Para todos es una inspiración aquel 1ro. de septiembre de 1977, cuando Fidel, bajo un torrencial aguacero, pronunció el discurso inaugural.

«Él inclinaba la cabeza y el chorro de agua rodaba por su gorra, pero recuerdo su risa al romper los papeles y decir: “¡ella no va a poder más que nosotros!” Nadie se movió de su silla, aunque se destrozaban los peinados, el uniforme, las medias blancas… y teníamos la sensación del hundimiento de las patas de las sillas en el fango», rememora la profesora universitaria Ileana Concepción, entonces alumna de la institución que abrigaría a alumnos desde séptimo hasta duodécimo grado.

Los «profes» tienen la palabra

Aunque Minerva Álvarez lleva 32 años como profesora de este centro, tuvo la dicha de ser una de las alumnas que vio al Comandante tan cerca como para contar hoy que «nadie se quejó de haberse mojado, de que se nos rompieran los zapatos; al contrario, todos estábamos felices y no queríamos lavar la blusa o la camisa porque él nos había abrazado», cuenta.

Por aquella época, Luis Santiesteban impartía Geografía y también estuvo entre las cerca de cinco mil personas que asistieron a la inauguración. Para él es una satisfacción encontrarse con sus antiguos alumnos y que le digan: «Profe, fíjese si ha pasado el tiempo, que usted está canoso, pero nosotros estamos calvos».

La activa Ana Arango parece conocer al dedillo toda la historia, y destaca el rigor profesional de aquellos tiempos, al punto de que «para poder trabajar aquí se hacían concursos de oposición». Y añade: «Era una escuela diferente, con asignaturas y bibliografías para elevar la especialización de los estudiantes».

Los muchachos de entonces

«¿Tú no eres Yanet, la del 97, la novia de Alejandro, la bailarina?», le preguntan muchas veces a Yanet Hidalgo, experimentada cirujana del Hospital Pediátrico de Holguín, antes o después de una operación a alguno de los hijos de un antiguo compañero.

«Mi grupo era una mezcla divina de chicos de tres provincias, la mayoría con un altísimo coeficiente de inteligencia. Gente increíble, de esas que traían dulce de coco y pan con bistec para toda la semana y lo repartían el mismo domingo, sin la menor dificultad. Compartíamos todo, y la mayoría de las veces traía a las muchachitas el fin de semana a mi casa, para que no quedaran solas en el albergue», cuenta con nostalgia.

Oreste Mariño, experto en cirugía refractiva, de cataratas y trasplante de córnea, del Instituto Cubano de Oftalmología Ramón Pando Ferrer, recuerda, además de los torneos de básquet, las ruedas de casino y las conquistas amorosas, el sentido del compañerismo y la camaradería: «La unidad lo era todo: si había problemas, nos ayudábamos; si había alegría, formábamos parte de ella; la tristeza de uno era también la de todos. Si buscas con detenimiento verás que enfrentaste allí las situaciones más disímiles y en unos cuantos instantes te encontrarás con deseos eternos de regresar».

El Doctor en Ciencias en la especialidad de Matemática, Ricardo Abreu, guarda evocaciones del sitio en que incluso germinó el amor que dio como resultado una familia con dos hijos: «Recordamos con agrado los círculos de interés, las labores agrícolas en Mayabe, que más que un trabajo, lo tomábamos como un paseo; las tardes de lecturas en el Centro de Documentación, donde tuvimos nuestro primer acercamiento a la literatura clásica universal, las cenas martianas… Y alguna que otra travesura, como las escapadas al Valle», asevera.

Artistas, investigadores, diplomáticos, ministros, literatos… también crecieron en sus aulas. Osvaldo Doimeadios, entre los más populares humoristas cubanos, defendió su vocación estudiando en la José Martí: «Cuando llegué, opté por la manifestación de teatro, pero estaban los de octavo y todos tenían los personajes. Así que me pasaba dos meses por allí, nadie me notaba y me iba. Volvía al año siguiente y pasaba lo mismo. Hasta que todos se graduaron, y entonces yo entré», cuenta quien asegura haber consolidado allí «amistades que hoy somos como familia».

Para el tenor Yuri Hernández fue decisivo su paso por esta institución, no solo por la seriedad ante el estudio y la disciplina adquiridas, sino porque «fue allí donde me llené de valor, rompí el miedo escénico que me corroía y me lancé a los escenarios como artista, participando en los festivales de la Federación Estudiantil de la Enseñanza Media. En ellos obtuve mis primeros premios como cantante».

El periodista del semanario ¡ahora! Nelson Rodríguez conserva en su memoria momentos decisivos del país mientras estudiaba en esta escuela, como las Tribunas Abiertas por el regreso de Elián González y el Juramento de Baraguá. Por su parte, Aracelys Avilés, investigadora de la Casa del Caribe, en Santiago de Cuba, lo que más extraña es «cuando nos poníamos a cantar en la plaza; dormir en un cuarto piso y ver el sol al amanecer; cuando mi Unidad le ganaba a otra en un juego de voleibol y yo estaba ahí gritando desaforadamente».

Con nostalgia rememora el escritor e historiador Ernesto Limia: «Allí leí mi primer libro, conocí a varios de los más grandes de mis amigos, tuve mi primer amor; formé parte de un grupo de teatro, practiqué artes marciales; le huí al huerto; impartí una clase sobre el papel de la personalidad en la historia que me llevó a un encuentro nacional de monitores en la vocacional Lenin. Varios profesores marcaron mi vida: unos porque me salvaron cuando era travieso en demasía, como Fernando Doimeadios y Jorge Luis Cuba, y otros porque formaron mi vocación dentro de la literatura».

Retos de hoy

Una manera de reconocer el valor y trascendencia de la institución, es que buena parte de sus estructuras han sido sometidas a un proceso de mantenimiento y reparación, el cual incluyó tres torres docentes, con cambio de carpintería y pintura; así como la instalación de un sistema nuevo en la Casa de Calderas y la recuperación de la cisterna con capacidad para un millón trescientos mil litros de agua, con dos turbinas nuevas y un hipoclorador. El «monte» de las banderas, el obelisco de Martí, el alumbrado exterior e interior, la red eléctrica y la plaza dedicada a las ciencias exactas, están entre las acciones constructivas ejecutadas.

No obstante, debe prestarse especial atención al hecho de que el remozamiento no sirva solamente para lucir el mejor rostro al visitante, sino que resulte en verdadero confort para estudiantes y trabajadores, y que las labores que se desarrollarán en los próximos meses (el tabloncillo de gimnasia, el teatro general, el gimnasio olímpico) se realicen con la calidad de terminación óptima.

El Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas José Martí hoy no abriga a 4 500 estudiantes, como en su época fundacional. Este 4 de septiembre acogerá apenas a 1 117 alumnos, de ellos 434 de nuevo ingreso; pero el reto que tiene por delante es similar al que declarara el Comandante en Jefe cuatro décadas atrás. Bien lo sabe el profesor de Física y fundador Fernando Doimeadios, quien advierte que un desafío grande es «rescatar el trabajo científico, porque tanto los estudiantes como los profesores tienen que investigar; y lo mismo debe suceder con el movimiento cultural, el trabajo en los laboratorios, y debemos elevar los resultados en los concursos nacionales e internacionales. Esos son los objetivos de un preuniversitario de Ciencias Exactas».

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