Sabrosa música molida - Cuba

Sabrosa música molida

Símbolo de nuestra nacionalidad y paradigma de su cultura autóctona, el órgano oriental representa cuánto tiene de arraigo popular una música que jamás desaparecerá

Autor:

Juan Morales Agüero

El 29 de agosto pasado se inscribió en el pentagrama nacional una nota de excelencia: la declaración del órgano oriental como Patrimonio Cultural de la Nación Cubana. Con tan alto galardón  se le reconoció a este peculiar instrumento su aporte a la música de arraigo popular, sobre todo en zonas campesinas.

Los anales aseguran que allá por 1850 hizo su estreno criollo la jocosamente llamada «música molida». Llegó por el puerto de Cienfuegos procedente de Francia, patria de los fundadores de la ciudad receptora. El encargado de interpretarla fue un pequeño órgano de manigueta y cilindro. Al compás de sus acordes floreció culturalmente la bella Perla del Sur.

Luego, el carpintero bayamés Santiago Fornaris introdujo el órgano en la región de Manzanillo, a la postre una de las comarcas donde el instrumento alcanzaría mayor aceptación. Ocurrió en 1876 y, según se testifica, de entonces acá no hubo jolgorio ni guateque que no contara con su musical apoyo.

Pero corresponde a la familia Borbolla —también radicada en la reina del Guacanayabo— el honor de haberle proporcionado al órgano su linaje y cubanía. Los estudiosos del asunto dan por hecho que fueron sus integrantes los primeros en componer música para «moler» a golpe de manigueta, además de figurar entre los iniciadores de la reparación del instrumento.

«Ellos establecieron vínculos con los fabricantes franceses para importar tanto nuevos órganos como piezas musicales —dijo en un artículo el investigador Bladimir Zamora. En consecuencia, a finales del siglo XIX, los bailes con este instrumento se hacían con valses y polcas llegados desde París». Años después los Borbolla incluyeron en su repertorio arreglos de danzones, sones, guarachas y hasta música clásica, compuesta por uno de sus miembros luego de cursar estudios en la capital gala.

Al órgano se le reconoce también su participación en tareas patrióticas en aquellos convulsos años decimonónicos. En efecto, con la coartada de ir a amenizar un baile, más de una vez los colaboradores del Ejército Libertador trasladaron en su interior armas y medicamentos destinados a los mambises que combatían en la manigua contra el colonialismo español.

EL ÓRGANO REMONTA VUELO

La «música molida» no tardó en hacerse escuchar en casi todo el oriente cubano. Desde distintos sitios llegaban a Manzanillo comitivas interesadas en adquirir uno de aquellos «aparatos» que la propiciaban. Si sus gestiones resultaban exitosas, lo montaban en una carreta tirada por bueyes, regresaban a sus lugres de origen y… ¡A halar agua hasta el amanecer!

El festejo se combinaba con abundante comida, en especial el puerco asado, típico de nuestros campos. Una vez terminado de tostarse sobre las brasas en un horno de parrilla o de girar en una púa, el lechón listo para comer se colocaba sobre una yagua de palma, se picoteaba en trozos, y, bueno… ¡Que cada quien se sirva! Desde luego, nunca estaba ausente el trago de ron.

De esa manera alcanzaron celebridad los órganos de Barberena, Toranzo y Guayo, todos en Holguín; Labrada, en Bayamo: Ochoa, en Las Tunas; y el órgano de los hermanos Ajo, en el holguinero poblado de Buenaventura. Este último, por la connotación que alcanzó, constituye quizá el referente más prestigioso.

El historiador Norberto Carralero dice que los nexos de la familia Ajo con los órganos se remontan a los años 50 del siglo pasado. Sus miembros amenizaban fiestas no solo en barrios rurales, sino hasta en grandes ciudades de la antigua provincia de Oriente. Su caja de música fue la primera en participar en una grabación, realizada en 1958 en una emisora de Holguín. En aquella ocasión grabó la pieza El golpe de bibijagua.

«Tiempo después, la disquera RCA Víctor los trajo a La Habana, donde les produjo una placa de larga duración. Los estudios Siboney, en Santiago de Cuba, también les grabaron. Sus números se los arreglaba el gran músico cubano Tony Taño. Fue tal el éxito del órgano de los Hermanos Ajo en la capital que permanecieron allí varios años, con presentaciones en el famoso cabaré Tropicana, Santa María del Mar, festivales de cine latinoamericano y eventos Cubadisco, entre muchos otros».

Por entonces el órgano ya no era únicamente «solista», sino que se hacía acompañar por otros instrumentos, como timbal, claves, tumbadora y guayo. Eso sí, mantenía a un hombre dándole vueltas a la manigueta, encargada de hacer girar el cartón perforado por donde un fuelle interior hacía penetrar el aire que producía la música tan gustaba por los bailadores.

En el currículo del órgano de los Hermanos Ajo figura, además, haber interpretado en el poblado rural de Las Parras, el 1ro. de enero de 1959, el Himno Nacional, arreglado por un músico empírico. También incluye en su amplio repertorio piezas antológicas, como la Guantanamera y la Marcha del 26 de Julio, y hasta la famosísima La vida en rosa, de Edith Piaf. El Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (Icaic) filmó un corto documental sobre esta singular agrupación.

El órgano de los Hermanos Ajo interpretó su música para el desaparecido presidente de Chile, Salvador Allende, en una de las visitas que el dignatario realizó a Cuba. En la actualidad, una réplica del instrumento se entrega en el municipio holguinero de Calixto García como símbolo cultural de ese territorio que cada año celebra el Festival Nacional de Órganos Neumáticos, como alternativa para mantener viva la tradición del instrumento.

Pepe Ajo, el fundador del célebre órgano que aún permanece en activo, falleció el 12 de agosto de 1965. La procesión fúnebre que acompañó sus restos mortales hasta el cementerio de la localidad donde siempre vivió lo hizo al compás de su «música molida», devenida Patrimonio Cultural de la Nación Cubana.

POR DENTRO

La música de un órgano parece proceder de una pequeña orquesta, pues reproduce con extraordinaria exactitud los sonidos de instrumentos como el violín, el chelo, el bajo, la flauta y hasta las voces. El modelo más común es de madera, y consta de dos maniguetas. Una mueve los rollos de cartón que tienen caladas las notas musicales, a razón de un agujero para cada una. La otra acciona un fuelle, encargado de proporcionar el aire suficiente y necesario para hacerlo funcionar.

En el citado artículo, Bladimir Zamora abundó sobre el tema:

«Por los años 50 se producen transformaciones necesarias en el instrumento. La aparición de arreglos cada vez más complejos para las piezas, hace imposible que un hombre dándole a todo meter a la manigueta, logre dotar al fuelle de suficiente aire de una manera estable y al mismo tiempo llevar el adecuado ritmo. No tardó en aparecer la solución. Dejar en la derecha trasera la gran manigueta, para que una persona se ocupara de mantener lo mejor posible el aire en el fuelle, y a su izquierda se colocó una manigueta chica, para que otro músico sin mayor esfuerzo físico, diera vueltas al cartón, imprimiendo con más precisión y sabrosura el ritmo».

Según cuentan en Buenaventura, después de enero de 1959, el Comandante en Jefe Fidel Castro andaba de recorrido por la provincia de Holguín. A su paso por el poblado escuchó un órgano tocar —resulto ser el de los Hermanos Ajo— y ordenó hacer una breve parada. Al observar el tremendo esfuerzo que hacía el hombre a cargo de la manigueta, preguntó qué se podía hacer para humanizar aquel trabajo. A uno de los Ajo se le ocurrió instalar un pequeño motor, el cual, conectado a la manivela por una correa, hace hoy las veces de maniguetero.

Valga decir que bailar al compás de un órgano resulta sumamente económico y confiable. Primeramente, porque no se corre el riesgo de que un intempestivo corte eléctrico le ponga fin a su presentación, ya que no utiliza amplificadores ni instrumentos que requieran de ese tipo de energía. Lo otro es que, como dijo acertadamente un colega, «en la alta madrugada de las jornadas de carnaval, cuando todas las orquestas tiran la toalla por cansancio, ahí están el órgano y su gente para tentar a los bailadores a mover el esqueleto hasta los claros del alba».

De la extraordinaria trascendencia que tiene para nuestra nacionalidad la llamada «música molida» dijo en una ocasión la Doctora  María Teresa Linares: «La simpatía que tiene el órgano  en toda la población nuestra lo arraiga cada vez más como un instrumento imprescindible en la cultura cubana».

 

Los niños contribuyen en algunos lugares a preservar la vigencia del órgano.

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