Avituallar el saber

Entre el anhelo de garantizar a sus hijos todas las condiciones para que, alegres y motivados, se empinen desde el saber en las aulas, la escasa disponibilidad en el mercado nacional de opciones variadas, de calidad y a precios asequibles de productos como zapatos, mochilas…, y hasta modas y estereotipos, dio la familia la bienvenida a un nuevo período lectivo

Autores:

Odalis Riquenes Cutiño
Dorelys Canivell Canal

La madre revisaba una y otra vez los zapatos tenis que al precio de 23.00 CUC acababa de comprar a su hijo adolescente, quien este 3 de septiembre inició el 9no. grado en una secundaria básica santiaguera.

¿Le saldrán buenos?, se cuestionaba; los del curso pasado le duraron tres meses. Estos son el 42, un número más que su talla, pero los únicos que quedaban. Al menos le gustan y él no es como otros que exigen zapatos de marca, pues yo con mi salario no puedo para más; desandamos todas las tiendas de la ciudad y esto es lo que pudimos encontrar; la mochila me costó 20.00 CUC y al tercer día del curso ya tenía el zíper roto.

Al menos tú encontraste, yo solo dos días antes de empezar el curso, y después de una mañana de cola, fue que pude hallar en las tiendas unos zapatos para Yovana, que empezó el 5to. grado; para Marcos, mi niño, que ahora está en 1ro., nunca pude encontrar un calzado aparente, de su talla; ha tenido que usar los de salir, pues simplemente en las tiendas no hay, le comenta su vecina.

Salvo las que venden zapatos de marca, nuestras Cadenas de Tiendas Caribe, conocidas como tiendas recaudadoras de divisas, parecen haber desechado la peletería —se lamenta la muchacha—, y los zapatos que se hallan tienen diseños poco atractivos, colores chillones (verdes, amarillos), a precios cada vez más altos y de calidad dudosa. Al final uno tiene que «morir» con los particulares…

Diálogos como este, con tintes más o menos divergentes, pero siempre ajustados al tema, avivaron los calores de este tórrido agosto y principios de septiembre en Cuba, como expresión de los retos, anhelos, preocupaciones y hasta motivos de estrés de la familia a las puertas de un período lectivo.

Y es que en un país que pone el 23 por ciento de su presupuesto estatal en función de garantizar la educación gratuita y de calidad en los diferentes niveles de enseñanza, cada curso escolar es una fiesta, que antes de llegar a los centros escolares, se gesta en el hogar.

Junto a la nueva escuela o aula, muchas de ellas remozadas, junto al maestro que el Estado asegura, cada madre y padre quiere que su hijo estrene la satisfacción de saberse bonito, motivado por las bondades del saber, y para ello no escatima gestiones, esfuerzos y hasta sacrificios. Así lo constató Juventud Rebelde durante una indagación en las provincias de Pinar del Río y Santiago de Cuba.

Los preparativos se iniciaron, como es costumbre, aún cuando el final del curso anterior era una promesa. El primer paso sería el uniforme. Conseguir la talla adecuada es un ensayo de lo que vendrá después. Y cuando llega el tiempo de ocio, se vacaciona, pero siempre sacando las cuentas en función del par de zapatos, de las medias blancas, la mochila y el merendero que hay que remplazar, o de la ropa que hay que garantizar al muchacho que ingresa a la universidad.

Así, en espiral que se vuelve torbellino vive la familia cubana desde la tradición de avituallar el saber. Con la cercanía del primer día de clases se suma la adquisición de materiales escolares: gomas, portaminas, libretas (que se compran aunque la escuela las garantice gratuitamente), forros de papel y nailon, y más o menos detalles que cada familia incorpora en dependencia de sus posibilidades y en los que van implícitos, además de las reales necesidades, hasta modas, tendencias y estereotipos.

El precio de la arrancada

Un inicio de curso cuesta más que un fin de año, comentó el padre mientras seleccionaba, a instancias de la niña, las felpas combinadas con el uniforme, el portaminas y la cartuchera con motivos femeninos que compraría para su hija de nueve años en una tienda de Artex santiaguera.

Uno lo paga con gusto, a fin de cuentas se trata de la formación de nuestros hijos y el Estado ya hace bastante, explicaba el hombre en medio del debate que se extendió como pólvora entre los que formaban la cola, pero a veces conseguir todo lo que se necesita para la escuela es un verdadero sufrimiento, insistía.

Al otro lado del país, una joven pinareña, madre de tres hijos, coincidía con él mientras se empeñaba en comprar dos mochilas de 15.00 CUC cada una: «Que sean rosadas, por favor, es que son para dos hembritas. Tengo tres hijos —aclaraba—, una de 15 años, uno de 11 y otra de siete.

«Entre zapatos, medias y mochilas, me gasté cerca de 90 dólares», explicaba después de haber logrado su propósito. «La mayor va a empezar el preuniversitario y estudia en Viñales. Allí no puede ir con cualquier par de tenis, tienen que ser los que se usan. A eso súmale las medias y las otras cosas para las clases», detallaba.

La santiaguera Dagmar, en cambio, muestra otra cara del asunto. Su modesto capital no le da para aspirar a que su hijo de siete años lleve un par de zapatos de 15 o 20 CUC ni una mochila de similar precio; por eso desandó infructuosamente todos los mercados de productos industriales de la ciudad santiaguera en busca de una solución, pero nada.

«Caminé y caminé y solo encontré unos colegiales, que si bien eran de piel, pesaban tanto que era un crimen ponérselos a un niño pequeño e inquieto, como el mío, y una mochila verde y negra. Uno se pregunta, por qué dilapidar así los recursos en un país pobre como el nuestro, por qué con esa misma materia prima nuestra industria nacional no puede hacer diseños más atractivos, que tengan que ver con nuestra infancia y adaptados a las características de esas edades», inquiere la madre santiaguera.

Los ejemplos y opiniones de los padres dejan ver, más allá del aspecto económico, las múltiples aristas de un complejo proceso en el que queda claro que la educación de nuestros hijos es un asunto que trasciende la escuela para involucrar a la sociedad toda y en el que la industria y los mercados nacionales acumulan una vieja deuda por la imposibilidad de garantizar oportunamente opciones llamativas y de calidad.

Similar adeudo tienen los mecanismos de distribución y venta, esos que hacen posible o imposible encontrar en Santiago de Cuba, por ejemplo, los modelos y colores de mochilas y de los zapatos Pionero, en moneda nacional, que en la capital del país esperan por ser comprados a precios asequibles.

Aspecto digno de resaltar igualmente es la relación precio-calidad de los productos como zapatos y mochilas que se expenden en las tiendas. Así lo considera la abuela santiaguera Adelaida Martínez. «Hace unos años con nueve o diez CUC uno conseguía unos buenos zapatos para los muchachos, y las mochilas se encontraban hasta de cuatro o cinco. Nada puede verse ahora con esos precios».

Con semejante panorama, muchos padres, como la santiaguera Elaine Vázquez, concluyen que es preferible hacer un esfuerzo y comprarle al niño un par de zapatos de marca, «que son los que duran todo el curso», o ir al particular dedicado a importar ropas, «que siempre tienen de todo y piensan hasta en lo que el Estado no tiene en cuenta como forros, los nailon, los conjuntos de figuras geométricas… y por supuesto, ponen precio a su mercancía sin control».

Vale destacar que en el acápite de los forros y náilones, salvo la empresa Correos de Cuba, que en colaboración con Durero Caribe y el Poligráfico Haydeé Santamaría, en los últimos años, al menos en la provincia santiaguera, ha puesto a la venta una buena cantidad de forros de gran aceptación, la mayor parte queda en manos del sector no estatal.

Nike vs. Pionero

Más allá del estrés de la familia por no conseguir lo que busca y de los costos económicos, el tema trasciende hacia aristas que hablan de la formación y los valores que transmitimos a las nuevas generaciones, en un entramado en el que a veces modas, estereotipos y hasta tendencias como cierta adicción a los productos de marca pueden convertir ese entorno de igualdad de oportunidades y uniformidad que es la escuela, en pasarela o espacio medidor de alcance y posibilidades económicas.

Así lo ve la pinareña Yanet Rodríguez, madre de una niña que asiste al 4to. grado. «No he tenido muchas dificultades para adquirir las cosas de la escuela porque mi esposo cumple misión internacionalista y tengo posibilidades que no tienen otros padres, pero aun así, es difícil. Las niñas hoy te exigen que la mochila tenga princesas y la merienda no puede ir en jabitas de tela como las que yo usaba».

María Julia, dependienta de un mercado industrial santiaguero, relata que ya los pequeños no gustan tanto de los zapatos Pionero, que vende, «ahora quieren tenis o mochilas Adidas o Nike, y muchos padres hacen grandes sacrificios para comprárselos».

Nereida Fernández, abuela y educadora retirada, aporta que los objetos (zapatos o mochilas) no son de por sí nocivos, el problema está en aquellos padres que hacen de eso el centro y se imponen sacrificios por encima de sus posibilidades para que sus hijos tengan un producto de marca, sin explicarles que lo material no es lo más importante o que no deben burlarse ni tratar mal a aquellos niños que no puedan llevarlos.

Así, en entorno tan variopinto y complejo como su realidad, volvieron las nuevas generaciones a las aulas. Pronto, entre tareas, meriendas, trabajos prácticos, se impondrá esa pretensión de extender una educación de calidad, que gratuitamente Cuba pone a disposición de sus hijos. Dentro de diez u 11 meses otra vez se esparcirá el anhelo de los padres de que sus hijos, bonitos y motivados, se empinen sobre el saber. Ojalá que para entonces costos, precios y estética, ofrezcan otro panorama.

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