Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Razones

Tengo que hablar de mi tripulación y los miles que se han movilizado en este año de epidémicos retos, dejando la comodidad del hogar para atender problemas ajenos, a veces insolubles

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

 

¿Qué mueve a las personas a enrolarse en un centro de aislamiento?, me pregunta un lector que ha seguido la serie. La respuesta obvia es altruismo, pero hay otras motivaciones detrás del gesto de avanzar hacia el peligro en lugar de pasar de él.

En mi caso se mezclan varios impulsos. El primero de todos, el convencimiento de que el servicio es el mejor camino para lidiar con el dolor colectivo. El segundo, la posibilidad de reportar desde la primera línea un fenómeno, sea natural o social, privilegio que siempre enciende a nuestro gremio.

Otra razón es el compromiso hecho hábito. Desde niña, no recuerdo haber estado al margen de ningún proceso o campaña de esas que nos hacen ser, literalmente, un país resiliente con vocación socialista. Como decía esta noche el profe Germán, en la campaña de Alfabetización que hicieron nuestros padres se podía morir, pero la meta humanitaria bien valía ese riesgo.

Por otro lado, me daba penita que mi hijo no pudiera venir en este primer grupo de voluntarios en su universidad, pero a su novia le hacía mucha ilusión participar y alguien debía cuidar del abuelo de ella, recién operado, y de sus mascotas. Además, para que Amián volviera a consagrarse alguien debía asumir parte de sus compromisos en los proyectos de desarrollo agrícola que impulsan ambos como programadores de software.

Por mi hijo estoy aquí, y por curiosa: no iba a desperdiciar la oportunidad de pasar días con las dos personas más importantes de su vida fuera de la familia, y conocer desde otros ángulos al joven en que se ha convertido mi «bebé».

Pero no escribo esta crónica para ventilar mis razones. Mejor hablar de mi tripulación y los miles que se han movilizado en este año de epidémicos retos, dejando la comodidad del hogar para atender problemas ajenos, a veces insolubles.

Hablo de gente que no puede esperar a que las cosas se resuelvan solas, y ese espíritu proactivo les lleva a decir una frase decimonónica hermosamente conservada en nuestra cultura: «Usted dirá para qué soy bueno».

Gente cuyo empleo está en pausa por la crisis mundial (económica y de salud), y para sostener a la familia se vinculó a una labor útil, en vez de dedicarse al «invento» callejero.

Gente que ama su lugar de trabajo, y al verlo convertido en hospital de campaña prefiere sumar ojos al celoso cuidado de sus predios, para cuando regresen a su función original, y hace del ejemplo el mejor gesto de convocatoria.

Para quienes creen que la juventud está perdida, pueden venir a buscarla a los centros de aislamiento. Fotos: Mileyda Menéndez

Gente (sobre todo jóvenes) que no resiste estar ociosa, y elige nuevos modos de tomar responsabilidad; pero si les preguntas por qué están aquí, sin grandilocuencias dicen: «Nah, estaba aburrido…» (y luego lo ves mechándose en su estudio a altas horas de la noche).

Gente que tiene fe en que los sueños se cumplen, pero no por arte de magia o mediante declaraciones en Facebook, sino por el sacrificio de quien pone alma y sudor en la concreta, y deja lo virtual para romancear con la pareja distante.

Gente a la que «le toca» estar, como cuadro administrativo, y ve la entrega en los demás y pone su autoridad en función de facilitarles la vida.

Gente que hizo un juramento al vestir bata blanca o acomodar la cofia ceremonial, y como Hipócrates, entiende que cuidar de la salud ajena no es jugar a ser Dios, sino estudiar con humildad a la Naturaleza y acompañar a nuestra especie en sus momentos más duros.   

Gente que crece espiritualmente por diversos caminos, y su fe en el mejoramiento humano le indica que hoy hace falta limpiar pisos o servir comidas, y despojarse de títulos formales para llevar, a quienes desesperan en la incertidumbre, una alta dosis de piedad en los ojos, lo único visible tras el traje que grita ¡tú eres un potencial peligro para mí!

Gente con proyectos en pausa y muchísimos deseos de verlos prosperar, que en lugar de lamentarse por los contratiempos, ponen en segundo plano su ansiedad para dar al mal tiempo buena cara… con nasobuco y careta puestos. 

Gente dispuesta a ahogar en hipoclorito y no en pesimismo las cifras diarias de contagio, aunque eso implique que la vista se empañe, los pies se enreden y la respiración se entrecorte. 

Amigo lector: hay decenas de motivos y habrá miles de personas para armar tripulaciones mientras sea necesario, pues como dice el poeta, a la vuelta de cualquier esquina hay muchísima gente así, tan necesaria.

Reto del día: Arregla una espiga para tomacorriente o haz girar una llave en la cerradura con guantes de goma puestos… y procura que el «público» no desconfíe de tu torpeza.

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