Volver: alumbra con su pálido reflejo...

El filme de Pedro Almodóvar significa para Penélope Cruz el regreso al cine español

Autor:

Joel del Río

Penélope Cruz se luce en este papel protagónico entregado por Pedro Almodóvar.

Volver (2006) es a Penélope Cruz lo que fueran para Sofía Loren La Ciocciara, Matrimonio a la italiana e Il Viagio (todas de Vittorio de Sica), retablos donde destellar inmortal sensualidad, fotogenia, vis cómica, dramatismo, ductilidad y simpatía. Pedro Almodóvar ha vuelto a encarrilarse en uno de los cauces temáticos más comprobadamente fructuosos a lo largo de su carrera: el acercamiento a la psiquis femenina bajo presión, la mujer colocada en situaciones extremas, vistas a través del prisma ligero-sentimental, melodramático y/o tragicómico. Estatura legendaria alcanzaron sus monumentos fílmicos a Carmen Maura (La ley del deseo, Mujeres al borde de un ataque de nervios), Verónica Forqué (Kika), Victoria Abril (Átame) o Marisa Paredes (Todo sobre mi madre).

Entre todas sus actrices favoritas, las mencionadas y algunas otras, Penélope Cruz es la primera que llega a un protagónico almodovariano luego de convertirse en sex symbol internacional, y de ostentar contratos millonarios en Hollywood, o mediante la publicidad para L’Oreal. De modo que Volver significa el regreso de la actriz, en un desesperado intento porque el público y la prensa tomen en serio su trabajo, al cine español, y de su director a la cuerda floja sobre la cual puede hasta brincar y bailar: el melodrama femenino con tintes de comedia negra.

Vehículo idóneo para que Penélope nos engañe y seduzca con su apariencia de madre proletaria, vestida con agresivas combinaciones en el mejor estilo Christian Dior, Volver puede ser valorada a partir de las bondades y limitaciones de su protagonista suprema, dueña por igual de la clave glamoroso-sensual y de la sensitiva-naturalista. Ella está en casi todos los planos, los otros personajes se le subordinan por completo, de modo que no debe reprochársele que, profesional como es, aprovechara la oportunidad (ha sido nominada a casi todos los grandes premios en medio mundo), y utilizara a fondo todas las posibilidades que le ofrecía el guión para entregarnos, con extrema sinceridad, un personaje dolido, maltratado y, sin embargo, henchido de gracia, optimismo y vitalidad.

Fuera del plano meramente histriónico, si es que se permite un acercamiento que descuente el propósito primordial de la película, Volver ostenta un decursar dramático bastante lánguido e incluso tedioso. Las aventuras de Raimunda para encubrir el crimen de su hija, y descubrir el que había cometido su madre en el pasado, aparecen ante el espectador mediante una exposición dubitativa, dando tumbos entre lo policiaco, el cine fantástico (sobre el más allá y los muertos que regresan) y la comedia costumbrista ligera, aunque debamos reconocer que de todos modos se ofrece un mural bastante completo de los modos de vivir y pensar preeminentes en esa España pueblerina, profunda, traumatizada y todavía lorquiana.

Almodóvar-guionista conduce a Raimunda a través de una larga serie de peripecias y encuentros —en su odisea de regreso al hogar, al regazo materno— relatados en un tono tan ligero, que a muchos espectadores, entre los cuales me cuento, luego de media hora de metraje ya les importa un bledo el destino de los personajes. Todo está regido por el artificio y la futilidad, tanto las incursiones de la trama en la aventura criminal (que nunca llega a ser policiaca, puesto que no aparece la autoridad en este universo de venganzas femeninas contemporáneas y retrospectivas), como en los apuntes sobre la actitud española ante la muerte, el incesto, los secretos que toda familia guarda, la vida de chismes e intimidades compartidas en los pequeños pueblos del interior, la soledad y la solidaridad femeninas (otro tema recurrente en la filmografía almodovariana), la intrínseca inmoralidad y aberrada ferocidad de ciertos talk shows televisivos...

Ni drama serio ni comedia hilarante, ni tragedia emotiva y lacrimógena y mucho menos en la línea del humor absurdo, grotesco o lunático de empeños anteriores, Volver es condescendiente todo el tiempo con la medianía estipulada por el autor, de modo que la narración y el estilo visual (con las subidas de tono habituales en los rojos y algunos pocos planos de memorable virtuosismo) casi nunca despegan de la factualidad y la frontalidad cargantes, casi telenoveleras. Así, Almodóvar repite en cada plano y giro argumental los derroteros formales y temáticos que ya le conocemos, y para nada pretende insuflarles variedad ni mayores atractivos, y mucho menos arriesgarse en algún sentido. Otra vez refrenda el autor su molesto estribillo andrófobo sobre la maldad consustancial del sexo masculino y la rapacidad criminosa de tales depredadores, ya sean homo, hetero, bi o transexuales. Todo sobre mi madre, La mala educación y Volver destilan una suerte de atávica, irracional animosidad contra toda criatura que tenga, o haya tenido, pene y testículos.

Si estamos de acuerdo en cuanto a que un grupo de actuaciones más o menos resplandecientes (a Penélope se añaden Carmen Maura, de nuevo a las órdenes del director que la convirtió en superdiva; la sensible Blanca Portillo, la simpática y espontánea María Isabel Díaz, la siempre adorablemente almodovariana Chus Lampreave) y las anotaciones ofrecidas muy de paso sobre temas trascendentales, no bastan para constituir un filme excepcional, entonces convendremos en que Volver es un escalón sin demasiada importancia en la filmografía del director manchego, por mucho que la cubran de galardones.

Luego de dos larguísimas horas, el espectador termina de verla sin poder llegar a una conclusión certera, o perspicaz, sobre las ideas que sostienen este vodevil cansino. Y Penélope canta (dobla) como una diosa el tango Volver al son de palmadas flamencas, pero la voz quebrada por la emoción, el bello y conmovido rostro y la letra de la antológica canción, le quedan grande, muy pero que muy grandes a esta película pequeña y sin destino cierto. Penélope «cantando» Volver viene a ser otro de los varios numeritos histriónicos incapaces de salvar esta película diminuta, engañosa y ambigua que tangencialmente roza por lo menos una docena de ideas capaces de insuflarle vida al más exánime de los guiones, pero aquí se esbozan de manera indecisa, oscilante, como el parpadeo de las luces que, a lo lejos, van marcando los retornos.

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