Diario de un escándalo, un filme polémico

Contribución social, sentido de la solidaridad, son cuestiones primarias a valorar y no factores secundarios como la orientación sexual

Autor:

Rufo Caballero

Dos actrices excepcionales: Judi Dench (izquierda) y Cate Blanchett.

Diario de un escándalo, que en julio se estrenará en salas de video del país, se consagra a una historia sentimental y ética entre dos mujeres. Una es la víctima; la otra, victimaria. Una es convertida en heroína por el punto de vista, y la otra resulta demonizada. La primera, una descomplicada maestra de escuela, prisionera de su sensualidad, no puede más con el cansancio de un matrimonio miserable, de una familia disfuncional, y opta por responder al desafío erótico de uno de sus alumnos. La otra, una lesbiana reprimida, odiosa y ponzoñosa, no puede resistir el desamor de la profesora amiga, y la hace penar con un escándalo que la conduce a prisión.

El filme dirigido por Richard Eyre, con música de Philip Glass, queda narrado con indudable destreza, y las mujeres son interpretadas por dos actrices excepcionales: Judi Dench y Cate Blanchett. La Dench expresa con la contención y la severidad precisas el carácter de una dama victoriana venida a menos en los asuntos de la carne (y de la vida). En la mirada de la actriz está siempre la sutileza y la ansiedad de una mujer demandante del menor roce, del menor contacto humano. La Dench alcanza a expresar el desvalimiento de alguien que no sabe cómo granjearse ese calor. La ira, la furia, la venganza, son los recursos que restan a su personaje.

A su lado, la Blanchett (El don, Babel, El aviador), una bomba de erotismo; de un erotismo sustentado en la inteligencia y la cultura. Desde el sabio manejo de su bella y grave voz, hasta su gestualidad nerviosa —aquí peligrosamente cercana al estilo de Meryl Streep—, la Blanchett parece necesitada de protección a cada minuto, vulnerable siempre, comprendida todo el tiempo. El casting de esta película tiene una exactitud matemática: si Dench era ideal para la vieja odiosa, Blanchett devenía insustituible en el rol de la mujer arrastrada por el deseo de burlar la mediocridad de sus días.

Y ahí está el gran problema de la película: el esquematismo con que se pone de un solo lado, justifica a la una y sataniza a la otra. Ni siquiera me refiero a la simpleza del personaje masculino, el esposo de Blanchett, tan cretino en el guión y peor actuado en la puesta, que desde luego la Blanchett tiene que salir corriendo. Eso simplifica las cosas. Tampoco me refiero a la elementalidad con que la narración recurre al tópico del diario para resolver la focalización de la primera persona, ni a la psicología de bolsillo, garante del patológico amor que siente el personaje de la Dench por su gatita. No. A nada de eso me refiero. Apenas quisiera meditar sobre la postura que libera a una, mientras sentencia a la otra.

El personaje de Blanchett miente, miente a todos, el doblez resulta la coartada de su erotismo y su intento de liberación, pero nada de eso importa: ella es encantadora y, sobre todo, hétero. Su encanto deviene tan turbador que, la pobrecita, actúa correctamente. Antes de irse a la cárcel, el atontado de su esposo la recibe otra vez en casa, porque la Blanchett es, a qué dudarlo, la heroína de la película. Temáticamente, queda en la cárcel; pero dramática y conceptualmente, es emancipada. Ella, la víctima, la buena de la historia, debe ser exonerada del castigo del espectador. Sin embargo, la otra, libre al final, reitera la historia de manipulación por tercera vez, y trata de atraer a una nueva muchacha, la cual habrá de caer bajo su terrible imperio de autoridad, bajo sus resabios y su intransigencia.

El contraste maniqueo se hace evidente desde los nombres mismos: Blanchett es la Señorita Hart (cierva), en lo que el personaje de la Dench, al que llaman indistintamente «bruja» o «vampira», se nombra Bárbara. Esa Bárbara, que se compara con Judas y dice de sí misma que «soy una sargenta», evalúa a sus alumnos como «la plebe pubescente». En dos palabras: la una es un amor; y la otra, una antipática.

La pregunta sería: ¿por qué Bárbara actúa de ese modo? Una primera respuesta: por la soledad. Segunda: por lesbiana. El segmento final del filme hace pensar que la naturaleza sexual del personaje es bastante responsable de su soledad, su torcedura y su malicia. Y ahí mismo Diario de un escándalo se vuelve realmente escandalosa.

¿En qué momento llega este filme? Cuando el cine se precia de una de las mayores contribuciones al entendimiento del Otro; a muy escaso tiempo de esa apasionante película que es Brokeback Mountain, la que parecía decir que el retraimiento y la inhibición no conducen más que a la infelicidad. Si Brokeback... veía la cohibición de la sexualidad como un trauma —un escándalo alejaba a los personajes de la dicha—, Diario de... parece señalar que ciertas identidades son plenamente responsables de su desamparo, pues la maldad con que reaccionan frente al mundo, o «se protegen» de él, no puede conseguir otra cosa que rechazo. La Dench termina libre, en el mismo banco de sus usuales conquistas femeninas, pero el espectador termina odiándola. Eso persigue la película, eso quiere la ideología del filme.

Y en verdad está bueno ya de esos filmes, tipo Filadelfia, que suponen potenciar a unos personajes a los que en el fondo ven como perdedores naturales, criaturas indefensas, o engendros dignos de lástima. Cada día es menos ingenuo el espectador de cine, y, en particular el nuestro, no tiene detrás tantas horas de vuelo y de aprendizaje por gusto. Ya no leemos a nivel de la superficie solamente. Muchas películas, allí en el fondo, nos traen una visión del mundo que no deseamos precisamente para nuestros hijos. Por una razón sencilla y sensata como un viejo templo: a la gente se le valora por su grado de contribución social, por su desprendimiento y su sentido de la solidaridad, y no por cuestiones secundarias como la orientación sexual o el color de su piel.

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