La poesía de Luis Lorente - Cultura

La poesía de Luis Lorente

Luis Lorente (Matanzas, 1950). Ganó el Premio David de Poesía con su libro Las puertas y los pasos. Igualmente obtuvo el Premio Casa de las Américas en el mismo género. Los fragmentos del poema que presentamos hoy pertenecen a su libro Más horribles que yo (Ediciones Matanzas, 2006), con el cual obtuvo el Premio de la Crítica de ese año

Autor:

Juventud Rebelde

Parece inverosímil haber reconocido tu presencia

que el aire eterno quiso revelar abriendo con un golpe

la ventana cuando finalizaba el día sin ninguna sorpresa.

Dije no puede ser aunque ella tiene cara de pájaro asustado,

un ángel transparente con sus hebras de oro y el mismo

                                                                                                cuerpo

intacto que la beneficiaba al trasponer la brisa.

Estábamos sentados en las piedras mirando entrar

                                                                                         los barcos,

el agua azul sereno, el cielo blanco roto, el devenir,

la vida todavía demasiado abundante.

Me extasiaba mirarte la perfección del tórax lleno

de absolutismo, los brazos y el borde irreverente de la oreja.

Patética, inconforme, con el pelo nevado, detrás de una

                                                                                           apariencia

que llegaba de inciertas e inauditas lejanías anunciando

unas devastaciones inefables donde la atrocidad

                                                                       del framboyán destella

como la electrizante luz del rayo verde.

Perplejo. Cada vez más perplejo con las manos atadas

                                                                                            a la espalda

miro las nebulosas del árbol primordial de tu cabeza.

No es sueño lo que oigo, sino música ciega y turbulenta,

un incendio perenne y fabuloso sobre el paisaje abandonado

con casas abrazadas por ciclones y oigo el olor de las violetas

que me están convidando a sus moradas.

Tú a veces me llamabas Odiseo, el de insignificantes

                                                                                              travesías,

acosado por todas las zozobras y un agua de cristales

que vuelvo a ver ahora en las pausas de tu respiración

                                                                                            indefinida.

No sé si es agua o bosque o son palabras viejas, de náufrago,

que están haciendo estragos todavía.

¿Es Júpiter la luz esa que insiste, Júpiter que dejaba

                                                                                        una estela

de sangre de serpiente enloquecida?

Como dentro de un «círculo de tiza caucasiano»

tus ojos se llenaban de una lluvia espantosa

que por las calles de Moscú corría hacia unas permanentes

soledades donde te ibas quedando insatisfecha,

aficionada al vodka y a la melancolía entre una frialdad

que te petrificaba hasta los dientes en pleno corazón

solemne de un crepúsculo custodiado por los techos

magníficos del Kremlin en el anochecer que te apretaba

el alma y sumergía en un pensamiento poblado

de abstracciones que invitaba a morir sobre la nieve

donde el aire cortaba como un feroz cuchillo

entre altas paredes extenuadas.

A merced de las olas comenzaron los días a desaparecer.

Sigifredo llegaba con nefastas noticias, muerte de Mirta,

muerte de Molly Morgan Muir, perennes amenazas

                                                                                    de derrumbes,

vértigo, fiebre, fobia, qué horror, cáncer, cíclopes y una danza

de siluetas que hacen una masacre con el viento

que cruje en la pared dejando las arenas por siempre

                                                                                           movedizas,

las hojas de naranja abandonadas a la tempestad.

Dios y mi Harley Davidson me alejaban de aquí

como a un papel de China, como un pez paralítico en aguas

retorcidas, causas desesperantes de todo el espejismo,

del insólito tedio y de la sed que aumentaba el deseo

de encontrarte en el amanecer desértico donde había

sucedido una batalla.

Quemados bajo el sol los restos de mí mismo.

A expensas de los buitres mi tricornio ridículo, mi sable,

                                                                                                mi fusil.

Tú soñabas la luna fastuosa de Kentucky, violoncellos

que te hacían ir y venir entre relámpagos como un espíritu

que cuida de sus fláccidos senos y su cara ultrajada

y el sombrero de paño y el vestido flamante con sus manchas

de vino, para hacerse retratos finiseculares cuando llega

el invierno que se acerca cruzando, inusitado, el puente.

Dentro de un mar de naves presurosas

hay un bosque de ceibas que se apiñan y abrazan

porque temen al viento cuando azota el palacio invisible

derribado en tu cuerpo esta noche silvestre

que prolonga la estancia de esos pájaros cínicos

con aliento estridente que se esconden con rabia

dentro de tus vestidos.

Te dan miedo y enervan esos pájaros

pisoteando las puertas y estos últimos días

cuando entras en los sitios perpetuos

donde conversas con las ánimas solas,

damas de tu familia que viajan en bicicletas y centauros,

aspirantes al éxtasis, a la impureza, al placer del placer.

Sílfides sin amparo, trémula flor de calabaza,

mira el mar que se obstina sobre un desierto

de apasionantes telarañas donde comienza a claudicar

tu carne estoica que sufre su desfalco y le cierra

la boca a esas visitaciones del deseo que elogiabas

ayer pronunciando aquel nombre de fantasma

que huye de los perros sonámbulos.

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