He sido un hombre útil

El creador de los planes y programas de estudio de la trompeta en Cuba, acaba de recibir el Premio Nacional de la Enseñanza Artística

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Urbay, además de músico de primera línea, ha sido maestro de generaciones de trompetistas cubanos. Foto: Ibraim Boullón «Se lo contaré todo. Comencé en la música con papá, Roberto Urbay Carrillo, por allá por el año 1937-38. Yo era entonces un niño de nueve o diez años. En la familia no solo estaba él, trompetista y director titular de la Banda Municipal de Caibarién, sino que también unos tíos míos eran instrumentistas, así que, al parecer, ese gen se hallaba dentro de mí. Ya a los 15 años, en 1943, ingresé en la banda como trompeta y en 1949 me trasladé hacia La Habana, lógicamente en busca de nuevos y mejores horizontes».

Marcos Urbay Serafín, flamante Premio Nacional de la Enseñanza Artística, importante reconocimiento que recibió ayer, y otorgan el Centro Nacional de Escuelas de Arte y el Instituto Superior de Arte, se precia de tener una memoria prodigiosa a sus 79 años de edad.

«Recuerdo que me fui de Caibarién el 12 de septiembre de 1949, que cayó lunes. Ya por la noche estaba en La Habana y, como todo guajirito, quise salir enseguida a pasear por Prado con una prima mía —esta era mi segunda visita a la capital. Esa noche me encontré con unos amigos de mi pueblo. “Urbay, ¡¿tú estás aquí?!”. Sí, les respondí, vine a ver qué pasaba. Y me dicen: “Mira, a tal conjunto le falta un trompeta. Ven acá —me presentan al director—”. “Ah, usted toca, me dice, venga mañana para conversar”.

«Al día siguiente me presenté y me hicieron la prueba como trompetista. Le gusté, le gusté tanto que me nombraron primer trompeta. El conjunto se llamaba Colonial. Quince días después se va el trompeta de Radio Cine —un cine de show y variedades que daba dos espectáculos diarios que estaba ubicado al lado del cine América—, y ocurrió lo mismo: “¿Tú quieres coger la plaza?”. “Sí”, dije. Me probaron, dejé el conjunto y me quedé ahí por dos años, dividiéndome entre la orquesta Cosmopolita, la agrupación del cine América; y la otra.

«Luego es que me solicita la Riverside. La prueba me la hicieron en Tropicana. No se me olvida. Ya eso ocurría en 1952. Me nombraron primer trompeta hasta el 56, en que el maestro Armando Romeu me invita a formar parte de la orquesta de Tropicana, con la que estuve hasta 1960, año en que se crea la Orquesta Sinfónica Nacional, colectivo del cual fui fundador. Fui uno de los tres trompetistas seleccionados. En ella permanecí hasta 1990», resume en apretada síntesis Urbay, sin dejar de mencionar otras orquestas en las que también dejó su huella: la Filarmónica de La Habana, la orquesta del Canal 4, «que dirigían el inolvidable y nunca bien ponderado Adolfo Guzmán, mi buen amigo, y Julio Gutiérrez...».

Urbay toma un respiro para continuar desandando en su memoria: «1960. Ese mismo año inicié mi labor docente en la Escuela Nacional de Arte (ENA), también hasta el 90 —fui, además, profesor de nivel elemental en Caturla. ¡30 años ininterrumpidos en la Sinfónica y en la enseñanza! Cuando se fundó el ISA me llamó el maestro José Ardévol, decano de la Facultad de Música. Ahí me mantuve, ya te digo, hasta que me jubilé. Yo llevé la cuenta, y en mi carrera gradué 50 muchachos: 47 de nivel medio y tres de nivel superior».

Sí, porque esta conversación tuvo lugar hace poco más de un año en Caibarién, donde nació este maestro de maestros, también Premio Nacional de Cultura Comunitaria. Fue exactamente el 9 de enero de 2007, el día del aniversario de la muerte de otro grande: Manuel Corona, a quien rendía homenaje el Longina, encuentro nacional de jóvenes trovadores, que auspicia la AHS de Villa Clara.

—No debió ser fácil abrirse camino en la capital a sus 20 años...

—Honestamente, llegué con buena estrella. No he estado sin trabajo desde el 12 de septiembre de 1949 hasta este momento en que nos conocernos. Quizá haya sido un poco de suerte, aunque yo fui bastante bien preparado. El viejo me dijo: vamos a estudiar para que no estés haciendo rumbita, sino para que toques bien tu instrumento. El viejo fue mi maestro igual que mi hermano... Posiblemente haya sido una mezcla de las dos cosas: suerte y estar bien preparado. Mi labor como trompetista siempre fue aceptada, gustaba como yo tocaba, perdóneme la inmodestia.

La tierra que me vió nacer

Lo conocí unas horas después de haber sido testigo casual de una calurosa conversación entre apasionados músicos villaclareños, quienes pensaban que al maestro todavía no se le había hecho total justicia. Urbay, vestido de guayabera color cielo y pantalón azul prusia, caminaba con estilo casi marcial delante de los 30 músicos que integran su banda, encabezando la peregrinación hasta la tumba del autor de las inmortales Longina y Mercedes. «Es él», me lo señalaron, y no perdí un segundo para abordarlo.

Marcos Urbay Serafín es de esas personas que no deja ni un solo instante de hacer música. Mientras habla, con la serenidad de quien está acostumbrado a lidiar con gente de caracteres dispares, interpreta su propio arreglo de El vuelo del moscardón, moviendo incesantemente los dedos sobre los pistones invisibles de una trompeta que no tiene en sus manos.

Para ir desde el cementerio hasta su casa, quizá no se necesite más de media hora, pero caminar a su lado por las calles de un pueblo que lo venera, es someterse a un ejercicio de paciencia. No transcurren cinco minutos sin que una muchacha lo detenga para preguntarle sobre el paradero de alguna personalidad importante, o sobre algún dato curioso, sin que un niño le demuestre su adelanto con la trompeta, o sin que, simplemente, uno, y otro y otro lo salude. Pero yo no podía perder esta oportunidad, quizá única, de esta entrevista que aguardó por el momento exacto en que este premio no se le resistiera más.

«Como profesor, fundé una banda de músicos con 40 o 45 alumnos de la ENA, lo cual era parte de la formación de esos muchachos, para que aprendieran a tener labor de conjunto y adquirieran la habilidad de tener atril, como se dice. También escribí toda la metodología del estudio de la trompeta, y los planes y programas de nivel elemental, medio y superior, así como otro sobre estudios técnicos para el instrumento, que todavía están vigentes.

«Asimismo, fui presidente de muchos jurados y tribunales de concursos nacionales; asesor nacional durante cerca de 20 años en la Cátedra de Viento-Metal, en mi especialidad... A grandes rasgos esa fue la labor en la capital, no mucho, pero bueno...».

—Urbay, ¿por qué decide regresar a su tierra?

—Ya me estaba cansando un poco de La Habana. Los años iban caminando y evidentemente no era el Marcos aquel que acometía muchas tareas: ya había enseñado mucho y tocado mucho, y buscaba cierta tranquilidad. El transporte me agobiaba demasiado, además de que me atraía el asunto del pueblo, volver a la raíz, a la tierra que me vio nacer, para hacer una labor a favor de algo por lo que papá luchó tanto: la Banda Municipal de Caibarién, con la que el viejo estuvo 65 años.

«Al mismo tiempo, conocí a María Elena —me casé en La Habana con mi primera esposa, tuvimos tres hijos, los tres son músicos, enviudé en el año 67 y me mantuve viudo hasta que llegué aquí a Caibarién—, y ese fue el puntillazo. Nos casamos... Ahí está el motivo: algo sentimental, espiritual, eso de regresar a esta casa misma... Aquí estudié, aquí estaba la academia... Quiero hacer algo antes de marcharme, antes de que me toque el viaje».

—¿Le parece poco?

—Quiero hacer un poquito más por mi pueblo, sinceramente. Por esa idea regresé, y por el recuerdo de los viejos. Quiero crear una banda infantil. Me siento con fuerzas y salud, y mi compañera comparte conmigo las labores, es mi asesora.

«Yo mantenía mi contacto con Caibarién, no es que me fui 46 años y nunca más volví. Cuando regresaba, trabajaba con la banda, les traía repertorio, les daba clases, dábamos algunas retretas especiales... A la muerte de papá se creó el Concurso Roberto Urbay Carrillo in Memoriam, por iniciativa, sobre todo, de una persona que era un puntal muy firme para el pueblo en las cuestiones culturales y de la música. Venían todos los alumnos de papá que estaban en La Habana y se formaba una banda de como 50 músicos; mi hermano y yo la dirigíamos. Se hicieron cinco ediciones. Y cada vez que llegaba a Caibarién la gente me decía: maestro, acabe de dejar La Habana y venga para acá, para que coja la dirección de la banda, usted es maestro, director —estudié dirección también—. Cuando vine definitivamente, me entregaron enseguida la dirección de la banda, en septiembre del 95, y hasta el día de hoy. Vamos a ver hasta cuándo puedo llegar».

El mañana

—Y el relevo, ¿está seguro?

—Ahora no tengo relevo. En la banda hay siete u ocho músicos que pasan de 60 años. Si se me retiran no tengo a quien poner. ¿Usted sabe lo que me pasó? Cuando yo llegué a tomar posesión como director titular, no llevaba 15 días ensayando y me llaman una noche. Un vecino, que es médico, presentó un dictamen por los famosos decibeles, porque yo iba a volver loco al barrio. Como resultado, me cerraron la academia, y desde entonces no tenemos local. Yo tenía mi plan, que incluía enseñar a los muchachos del pueblo gratuitamente, para hacer una bandita infantil que sería el relevo, pero no pudo ser, porque ese dictamen comenzó en el 95, y estamos en el 2007 y todavía no se ha resuelto. Ahora mismo me acaban de decir que este año sí va la academia, pero yo estoy como Santo Tomás: ver para creer.

«¿Sabes lo que significa una banda infantil? Llevar a los niños por la buena música, hacer todo lo posible porque en lugar de que se descarrilen, se conviertan en buenos músicos, en buenas personas. El muchacho cuando le coge el paladar a la música sigue con ella, y la música es un buen camino. Por eso te decía: He hecho algo, pero todavía me falta un poquito más. Estoy hasta el momento satisfecho con la labor musical, no con los contratiempos. Si por fin todo se resuelve, entonces realizaré mis sueños: dejarle algo duradero a mi pueblo, porque uno quiere la tierra donde hizo las primeras travesuras, la del primer amor, la de los primeros amigos, donde dio el primer beso...»

—Los trompetistas cubanos son famosos en el mundo. ¿Qué los distingue del resto?

—Bueno, chico, será la base técnica que tienen desde sus inicios, porque la verdad es que en los países por ahí no se enseña así la música. En otros lugares es sálvese quien pueda. Tienes un amigo por ahí que te enseña, y bien, pero no cuentan con una línea a seguir, que metodológicamente va preparando al muchacho desde que comienza siendo un niño, en que se pone atención a la respiración, la vibración del labio, la embocadura, a que vaya cultivando el sonido, la afinación, el fraseo... Junto con eso se lleva la base técnica: el estacato, el ligado, el semiligado, el crescendo... ¿Me explico?

—¿Se arrepiente de algo en la vida?

—De no haber estudiado más música; si vuelvo a nacer y es cierto que existe eso de la reencarnación, yo vuelvo a ser músico, pero sin cometer el mismo error: no haber estudiado piano, cuando en mi casa de La Habana había dos y tres hijos pianistas. Chico, yo no sé hacer una escala en un piano, que es el instrumento básico para la formación del músico, y más en el caso mío que me gusta hacer orquestaciones.

«Bueno, a decir verdad no me alcanzó el tiempo. Había días que salía de mi casa desde la mañana, me llevaba una camisa dentro de la trompeta, me lavaba un poco y empataba con el otro día. No obstante, debí haber hecho un espacito para estudiar más música.

«Por lo demás creo, perdonándome la inmodestia, que debo haber sido un buen hombre, aunque como todo ser humano estoy lleno de defectos y virtudes. He sido un buen ciudadano, buen hijo, buen padre, buen esposo, trabajador, honesto, cumplidor, respetuoso, que estudia con seriedad sus obras para que cuando dirija la banda salga lo mejor posible. Creo que he sido un hombre útil. Si no te puedo hacer un bien, José Luis, seguro que no te voy a hacer un mal».

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