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Fango: una puesta en escena del grupo Argos Teatro

La pieza de María Irene Fornés propicia la anunciada inclinación del prominente grupo capitalino hacia una poética de la intimidad 

Autor:

Osvaldo Cano

Yailín Copola y Pancho García en Fango. Foto: Pepe Murrieta Esperanzadores resultan algunos de los recientes estrenos teatrales que auguran una temporada mucho más amable que la del pasado año. Entre ellos descuella la puesta en escena de Fango, con la cual Carlos Celdrán y Argos Teatro inician una nueva etapa condicionada por las características de la pequeña sala de Ayestarán y 20 de Mayo. La pieza de María Irene Fornés propicia la anunciada inclinación hacia una poética de la intimidad que signará las propuestas del prominente grupo capitalino.

La sólida situación dramática ideada por la Fornés nos muestra a un núcleo de personajes reducido a una condición precaria e impulsado por fuerzas elementales capaces de evidenciar la ingenua crueldad de sus acciones. Fango resulta un título gráfico y abarcador que define de un golpe ese cosmos decadente y errático en el que sobreviven, a duras penas, los protagonistas. Mundo poblado de seres desechables que nos recuerdan a las mutiladas criaturas de Beckett, que van hundiéndose lentamente y sin remedio, indefensos ante fuerzas que los sobrepasan acorralándolos hasta derrotarlos de un modo humillante e implacable.

El drama de estos individuos hastiados, que andan a tientas en un reino de sombras, es recreado por la autora apelando a un sistema de diálogos raudo y sintético, donde apenas si asoman los adjetivos, y cuyo propósito es poner al desnudo con absoluta franqueza, la real naturaleza de las pasiones que las movilizan.

Como es habitual en las propuestas de Carlos Celdrán, el montaje es austero, llano, conciso. Limpieza, precisión, empleo de un mínimo de elementos con un máximo de utilidad, y la intención expresa de iluminar los puntos de coincidencia entre la ficción y la realidad, son otros de los aspectos que lo distinguen. Cambios de ritmo que dinamizan la puesta y sorprenden a los espectadores, sabiduría a la hora de conducir a los actores por el terreno de la sinceridad; en fin, sobriedad y rigor en tan atinadas dosis que terminan por desembocar en uno de esos espectáculos capaces de zarandearnos debido a su lucidez, constituyen algunos de los acostumbrados argumentos del director, de los que hace uso nuevamente con Fango.

Humberto Rosales y Ana Acosta son los encargados de diseñar una escenografía que describe el entorno precario y decadente donde se desarrolla la trama. La utilización de superficies áridas y colores severos contribuye a ello. Al delimitar el espacio, el decorado no solo erige una locación capaz de paliar las limitaciones de la sala, sino que al mismo tiempo crea un clima de encierro y depauperación muy a tono con el acontecer. El diseño de iluminación de Manolo Garriga consigue, a partir del empleo del contraluz, los colores cálidos y la semipenumbra, y crear un ambiente insinuante que empasta acertadamente con el discurso integral de la puesta en escena.

Tal y como nos tienen acostumbrados, la tropa de Argos Teatro realiza una labor interpretativa de muy buen nivel. La exploración en el universo psicológico de las individualidades que incorporan, junto a la exposición de su mundo interior a partir de una pauta sencilla pero precisa y gráfica, devienen piedra de ángulo en el desempeño de los actores. En el orden individual llama la atención la faena de Pancho García. Acudiendo a los contrastes, la mesura, un tono de voz que oscila entre lo pausado y lo agresivo, así como a una gestualidad capaz de transparentar las contradicciones que recorren a la criatura que encarna, el formidable actor vuelve a dar muestras de su pericia, al tiempo que nos devuelve la imagen desgarrada y palpitante de una personalidad singular. La joven Yailín Copola continúa una trayectoria ascendente. Al asumir ahora una de los roles más complejos de su corta carrera, lo hace con apreciable frescura e ingenuidad. Control de las emociones, dosificación de la energía, capacidad para denotar tanto la ternura como la rudeza de su inquietante personaje, se cuentan también entre sus aciertos. Andy Barbosa, otro de los jóvenes colaboradores de Celdrán, evidencia las limitaciones de Lloyd a partir de una conducta desfachatada, el uso de explícitas posturas, el empleo de un elocuente tono de voz y la utilización de la máscara facial como recurso encaminado a traslucir la torpeza mental que caracteriza a este sujeto.

Con el estreno de Fango, Carlos Celdrán y su equipo anuncian un cambio de rumbo en sus propuestas, condicionados por una sala que los convoca a realizar una «exploración de cercanía». No obstante, se aprecia el apego a un grupo de premisas que signan su labor anterior. Entre ellas se hallan el riguroso trabajo con los actores, la necesidad de transparentar una fábula que dialogue con los espectadores de aquí y de ahora, y la atención a los detalles para conformar un espectáculo compacto. Razones estas que han hecho de sus producciones puntos de referencia para la escena cubana de estos tiempos. Precisamente en ese sitio referencial se sitúa también Fango.

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