Un Da Vinci en tiempos posmodernos

A propósito de la muestra de audiovisuales de Luis Eduardo Aute, en el multicine Infanta, de la capital

Autor:

Rufo Caballero

En algún momento de la década de los 90, me hallaba fuera de Cuba, en un país muy frío. Vivía temporalmente en un apartamento que tenía un enorme ventanal, desde donde se divisaba la ciudad, a pesar de que dos grandes torres impedían bastante la perspectiva. Cuando el frío arreciaba, los amigos me sorprendían parado ante el cristal, mientras escuchaba una dolorosa canción: Sin tu latido. Recuerdo que en más de una oportunidad, esos amigos se preguntaron: ¿Por qué este cubano loco no oye mejor a Silvio, a Pablo, a Amaury, cuando la saudade aprieta? Entonces las canciones de Silvio, Amaury, Pablo me gustaban igual, pero sabría Dios por qué misterio insistía en escuchar la música de Luis Eduardo Aute. O sí; tal vez tengo ahora la respuesta: hay una segunda patria, después de la literal, y tiene que ver con la autenticidad de las emociones.

En ese territorio, Luis Eduardo es rey. Pero entonces estaba yo lejos de saber que Aute, además de uno de los primeros cantautores responsables del fenómeno de la nueva canción a nivel mundial, es una suerte de artista total: un dibujante notable y un sorprendente realizador audiovisual. Ahora que podemos sistematizar, en Cuba, el conocimiento de las obras de Aute en cine y video —las que nos hablan a su vez sobre sus dibujos— entendemos que se trata de una especie de Da Vinci en tiempos posmodernos, un artista impenitente en cuanto a blandir armas en favor de la belleza y la honestidad, en tiempos de descreimiento y de capitulaciones.

El primer rasgo de la obra audiovisual de Aute habla de la libertad. Esa misma libertad que se siente como aspiración de sus canciones, recorre toda la producción del autor en cine y video, sin que importen los géneros, los formatos, los códigos. Aute puede ser muy narrativo o muy abstracto, muy vanguardista o muy sereno. Dos valores distinguen, eso sí, su trabajo: la audacia y la imaginación. Cada corto o mediometraje está parido en virtud del goce de la experimentación, de la ruptura de convenciones; es este el placer del arte que abre puertas. Sin embargo, toda esa violencia de las formas permanece en función de un gesto clásico: el reposo venido de la observación de la vida, la observación de los enigmas del cuerpo humano y del mundo.

En 1986 hizo parte de la tríada de autores que dirigieron el largometraje de ficción Delirios de amor, a partir de tres relatos relativamente independientes, sobre la dificultad de la vida en pareja, recortada sobre los humos de una ciudad distorsionada. Allí, el mejor cuento es justo el de Aute, titulado El muro de las lamentaciones. Pocas veces en el cine contemporáneo, la banda sonora —más en términos de sonidos que de música propiamente— ha sido utilizada con un sentido más pleno y más irónico. El muro de las lamentaciones se refería a la insensatez de esas personas que viven de menospreciar sus propias vivencias, para sublimar en cambio el valor y la excepcionalidad de los demás, cuando, posiblemente, los demás tengan una vida más pobre o más aburrida. Aun en el entorno de este tipo de trabajo (los otros dos relatos demuestran que no por independiente el filme deja de ser convencional), Aute se revela como un artista raigal, que va al fondo de las cosas, y que necesita expresarse con absoluta libertad de las formas.

Ciertamente, esa libertad la alcanza más que todo en sus cortos de ficción y en sus videoartes, además de sus dibujos. Lo mismo construye una fábula de estudio sobre las licencias de la ficción y de la imaginación, cargada de referencias sobre la cultura del siglo XX, la gramática del cine mudo y el sacrificio de la intimidad, esto en La pupila del éxtasis (1989), que varios poemas ilustrados con collages de pinturas y dibujos, que una alegoría sobre la comunicación y la gestación a partir de la proximidad de los cuerpos de una hermosa mujer, cercana a la Virgen, y un monje angelical, en la primera sección de Minutos después (1970) —o de la distancia abismal que se abre entre los desamores de Ana Belén y Jaime Chávarri en A flor de piel (1972).

Aute lo ha probado todo y las fronteras de los géneros o los códigos no logran coartar la creatividad de un hombre que echa mano a cuanto medio de expresión le ayude a dialogar con los demás. Otra huella común a los trabajos: la autoconciencia de la representación, el distanciamiento, cuando las piezas no disimulan la mano o el peso de la realización, la que algunas veces entra a la misma historia, a modo de metáfora.

Fotograma de Un perro llamado Dolor. Ahora, si todas estas obras son relevantes o como mínimo interesantes, hay una serie de videoartes que a mi juicio constituye una obra maestra del audiovisual contemporáneo: Un perro llamado Dolor (2001). El creador ensambla y anima levemente sus mismos dibujos —excelentes dibujos a lápiz, de una conmovedora fuerza expresionista y lírica, a más de la cualidad de retratista que asiste al autor— para pasearse por la Historia del Arte y construir bellísimos homenajes a varios pintores, poetas, filósofos, etc., los que de seguro han alimentado fantasmas u obsesiones de Aute. El pretexto es el estudio de las variaciones posibles sobre el tema del diálogo entre el artista y su modelo. Lo maravilloso de esta serie no está siquiera en la gracia con que el autor emula la línea o el claroscuro de los artistas originales, sus códigos históricamente reconocidos, sino la manera como urde preciosas fábulas a partir de imaginar relaciones entre los personajes, a veces apoyadas en la leyenda del mito y a veces debidas sencillamente a la lunática imaginación de Aute.

En tal sentido, recomiendo particularmente el homenaje a Goya, donde este hace el amor a la Maja desnuda con una violencia y una gracia tremendas, o donde los fusiles de los sucesos de mayo de 1808 apuntan al mismo artista o a la Maja. O el homenaje a Picasso, en el que un grupo de atildados y sobrecogidos creadores disfrutan y se conduelen, a partes iguales, entre la postración y la fascinación, ante la magnitud del Guernica. O la fábula que urde Aute entre personajes que ya no saben si vivir la realidad o la ficción, como Salvador Dalí, Gala, Federico García Lorca, Luis Buñuel, Paul Eluard, y aún otros. Es el caso también del guiño al mundo de Frida Kahlo, poblado por los afectos de Diego Rivera, Trotsky, el famoso retrato de Stalin, Eisenstein o, incluso, Iván el Terrible. Por cierto, en este último caso, existe un momento extraordinario, cuando Frida llama al dolor en forma de perro. El perro es una figura que reporta unidad a toda la serie; un perro multiforme que parece emanado de alguna pintura de Velázquez. Así, las presencias de Duchamp, Man Ray, Orson Welles, Woody Allen o Sorolla permiten el paseo de Aute por la Historia del Arte, en pequeños ensayos de una humanidad fuera de cualquier molde.

Artistas españoles frecuentan la serie, pero no la agotan. Artistas de otras latitudes informan el precioso retablo de Aute. Disfrutando esta orgía de componentes artísticos, donde el dibujo y los audiovisuales extravían sus comarcas para favorecer el ingenio de una mente privilegiada, comprendo ahora, finalmente, de un todo, por qué durante aquellas noches frías de algún año perdido en la geografía de los 90, me paraba ante la ventana y dejaba correr, una y otra vez, los acordes de Sin tu latido.

Otros homenajes

El sagrado perfume, 1987, una de las piezas que integran Transfiguraciones. La trova le canta a Aute es el título del concierto que protagonizarán este viernes, a las 9:00 p.m., en el Complejo Cultural Karl Marx, los cantautores Silvio Rodríguez, Vicente y Santiago Feliú, Amaury Pérez, Carlos Varela, Liuba María Hevia y Karel García.

Mientras, en la sala pequeña del Amadeo Roldán, en cuyo lobby permanece la exposición fotográfica de Juan Miguel Morales, tendrá lugar hoy y mañana, a las 5:00 p.m., el espacio La cançó en la clausura, con Karel García y Pavel Poveda como anfitriones.

Los invitados estos dos días serán los cantautores catalanes Roger Mas, El Fill del Mestre y Oscar Briz, gracias al apoyo del Instituto Cubano de la Música, la Generalitat de Catalunya y el Institut Catalá de les Industries Culturals, con la colaboración de Dinamic.

Asimismo, Transfiguraciones, la exposición antológica de la obra plástica de este importante artista, será inaugurada mañana, a las 5:00 p.m., en el Museo Nacional de Bellas Artes.

Poemigas

Poemigas, colección de poemas de Luis Eduardo Aute en edición fascimilar del Museo de la Música de La Habana, será la propuesta para el próximo 22 de marzo, en el habitual Sábado del Libro del Palacio del Segundo Cabo, sede del Instituto Cubano del Libro.

Esta presentación, prevista para las 11:00 a.m., servirá de colofón a la jornada clausura del Festival Barnasants en Cuba, cuyo centro es el destacado cantautor, y que coordinan el Instituto Cubano de la Música, el ICAIC y otras instituciones catalanas y cubanas.

Con prólogo de Amaury Pérez Vidal, quien estará a cargo de la presentación, este poemario despliega la ironía, el ingenio y la astucia propias de un autor que se mueve entre las facetas de poeta, cantor, artista plástico y cineasta; transitando por todas, siempre desde su compromiso con el arte y con las causas nobles, de las que se arropa su quehacer literario y musical.

El lector encontrará en Poemigas la intención reflexiva, provocadora, bromista, a veces, con que Aute nos mantiene alertas y vigilantes hasta culminar la lectura.

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