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Tony Ávila: hacer canciones no se compara con nada

El destacado trovador cubano contó a JR que su primer paso hacia la música como aficionado fue en la adolescencia

Autor:

Juventud Rebelde

Jovial, de meditar profundo, Tony Ávila parece no afrontar problemas detrás de su vieja guitarra, aunque la gente sabe bien que es apariencia; el hombre se bate duro con la vida. Toca las cuerdas de su instrumento con la timidez de un jovenzuelo, y la voz en un principio le viene quebrada hasta que la gente ríe y aplaude; entonces tantea el «terreno», poco a poco gana en confianza, y nada puede evitar que al término marche ronco y feliz para su casa, recordando aquellos tiempos en que, siendo pequeño, más que cantar «desafinaba las canciones». Una lata, un palo o una mesa eran suficientes para desatar sobre ellos cierta ira musical que con el tiempo se tradujo en amor y pasión.

«Te cuento que mi primer paso hacia la música como aficionado fue en la adolescencia. Estaban buscando un niño para el grupo Patria, de Cárdenas, que supiera tocar tumbadora, pero que, además, fuera negro, y ya tú ves, pasé las dos pruebas».

—¿Qué te impulsó entonces a estudiar Filosofía?

—Amo la historia y la filosofía, pero me apasiona enseñar, de ahí que optara por el Pedagógico y no por las especialidades puras. Me gusta el debate que las dos proporcionan, odio endulzar a los héroes y omitir el valor que pueda tener alguna figura negativa. Esa visión o concepción dialéctica e integradora del mundo solo la proporciona la Filosofía.

«Al concluir la carrera hice el servicio social. Me gradué en 1993, uno de los años más duros del período especial, y dos años después me fui de las aulas, y se acabó. Necesitaba buscar una mejor alternativa económica y encontré en la música una posible fuente de empleo. En 1998 me dediqué muy seriamente a ella. Reconozco que primero me movía lo puramente material, pero después se adueñó de mí una inquietud creadora que creo permanecerá para siempre».

—Lo material te llevó a actuar en los hoteles de Varadero, ¿cómo consideras esa experiencia?

—Varadero es una máquina de moler músicos. Tú puedes todos los días martillar, soldar o tirar mezcla —lo digo con todo el respeto que merecen estos oficios—, pero hacer música a diario te convierte en una especie de fotocopiadora musical. Llegas a ser tan buen autómata que todo sale con éxito, aunque sin feeling, y eso es deshacer la música.

«No obstante, aquellos años me aportaron resistencia, oficio, conocer diversos géneros. Vencí el miedo escénico, aprendí a vender mis discos y a tocar dos o más instrumentos. En la vida hay que sacarle provecho a cualquier experiencia».

—¿Y cómo te conectas con el proyecto Suerte de los cangrejos?

—En Cárdenas siempre ha existido un público ávido de escuchar trova así como varios trovadores que no encontraban espacio donde presentarse. Así fue como a Antonio Santovenia (Toño) se le ocurrió un proyecto para rescatar el movimiento trovadoresco que existió en esta ciudad en las décadas de los 70 y 80. Y lo nombró Suerte de los cangrejos.

«Toño, que era ingeniero químico y director del grupo Aquí Cuba, convocó a un grupo de trovadores que inmediatamente acató con gusto la idea. Consistía en que el invitado ofrecía un concierto de modo que podía exponer su obra en buena lid, y después amanecía descargando si así lo deseaba. El 31 de mayo de 2003 quedó inaugurado ese espacio con un concierto de Juan Carlos Pérez y un servidor.

«El Museo de la Batalla de Ideas es la sede natural y habitual de Suerte de los cangrejos, que ahora tiene a Rolando Govantes como director. El proyecto tiene, además, una peña infantil denominada La dicha de los cangrejitos, que se realiza el mismo día por la mañana y la conduce Julio Blanco».

—El proyecto todavía mantiene su vitalidad y atrae a diversas generaciones, incluyendo gran parte de la juventud cardenense...

—Es que los protagonistas, entiéndase el público, así como los organizadores y los artistas, están vivos. Suerte de los cangrejos posee también la capacidad de adaptarse, cambiar y superarse. Hemos vivido momentos de esplendor y de crisis. Nos han criticado y nos autocriticamos duramente. Para nosotros lo más importante es poder comunicarnos con todas esas generaciones de las que tú hablabas, aunque no siempre las cosas salgan como quieres: nos hemos visto obligados a suspender conciertos anunciados con antelación, porque falta el audio u otra cuestión. Sin embargo, tratamos que eso no suceda con frecuencia porque el combustible humano, que es lo principal, está, y esa es la esencia del proyecto.

—¿Se ve la obra de Tony afectada por el «fatalismo geográfico»?

—Afecta, pero no determina. Te roba la inmediatez, mas no la presencia; y no creo que incida negativamente en mi arte, aunque sí en las oportunidades de exposición del mismo. La obra se mantiene a salvo de algunas contaminaciones, ella se sigue haciendo y no creo que sea un sacrificio realizarla en Cárdenas. Desde allí yo miro hacia La Habana. A ella voy con frecuencia, sabiendo que es el sitio de las oportunidades en nuestro país.

—¿Es propia del cubano esa ironía, esa sátira ante los problemas más difíciles que constantemente reflejas en tu obra?

—El cubano, dentro del drama que ha vivido durante años, está hoy aquí en pie en gran medida gracias a su sentido del humor, que lo acompaña hasta en los velorios, lo cual le ha permitido burlar los más duros escollos. Por tanto, y sin que me haya sido conferido por decreto, el humor es parte indisoluble de mi obra donde la sátira e ironía son permanentes. Yo no regalo un texto con cierta dosis de humor para caer en gracia, sino para que la gente reflexione desde la sonrisa, desprejuiciadamente, dejándose llevar por temas como la emigración, el racismo, la escasez, las diferencias sociales y económicas, y las aborde sin miedo, pero, además, con optimismo y esgrimiendo la verdad revolucionaria de decir nuestros problemas como son y no con falsos vestidos ni una sobredosis de azúcar. Creo que el humor es en mi obra como una bendición.

—¿Qué es exactamente Cuba para Tony Ávila?

—Un privilegio que pocos en el mundo disfrutamos, una alegría y una suerte que no se mide desde el estómago o desde lo que no tengo. Cuba es otra cosa, es que tú me puedas hacer esta pregunta y yo pueda darte esta respuesta.

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