Diario del mundo alucinante (fragmentos)

La serie de cuentos que presentamos aquí a los lectores, pertenece al libro Réquiem para las hormigas publicado por la Editorial Letras Cubanas en 2008

Autor:

Juventud Rebelde

Raydel Araoz (Ciudad de La Habana, 1974). Narrador y cineasta. Se graduó de Ingeniería Eléctrica. En 2003 ganó la beca de creación literaria Onelio Jorge Cardoso del Concurso de Cuento La Gaceta de Cuba y en 2006 la beca de CINERGIA para el desarrollo de un guión cinematográfico. Ha publicado, entre otros, los libros de cuentos El mundo de Brack y Réquiem para las hormigas.

Jueves

Sucedió que en días pasados el partero de turno resbaló cuando intentaba sacar al bebé y el niño lo atrajo hacia sí por las orejas introduciendo la cabeza del partero en la vagina de Sara. Su asistente, al ver lo ocurrido, tiró al suelo los objetos que sostenía e intentó ayudar metiendo las manos en la vagina para sacar la cabeza de allí. Tras unos minutos de forcejeo fueron arrastrados al interior de Sara. Los testigos de los hechos corrieron a avisarle al médico de la clínica quien, al introducir el espéculo, encontró que el ex partero y su asistente conversaban con el bebé. Incluso se les oyó pedir dos tazas de café, una caja de cigarros y que por favor cerraran la vagina que les molestaba la luz del exterior. Cuentan que cuando el médico de la clínica se llevaba a Sara, un humillo blanco escapado de su saya marcaba un trazo en la pared.

Domingo

Cuando alguno de los internos se enamora le pide a otro interno que sea su padrino, luego sujeta una rosa por el tallo hasta sangrar, mientras el padrino le aplica dos torniquetes, uno en el brazo y el otro en el antebrazo, lo más cerca posible del codo. A una señal del enamorado, el padrino separa el antebrazo por el codo usando un hacha y rápidamente cierra los torniquetes para evitarle al enamorado una hemorragia y para que el antebrazo, ya separado del cuerpo, se desangre solamente por las heridas provocadas por la rosa. Entonces el padrino sujeta al enamorado por el brazo, el enamorado agarra a su ex antebrazo que a su vez ha quedado agarrando una rosa, y todos: padrino, enamorado y antebrazo, van a visitar a la novia.

La novia ha sido previamente informada por palomitas de papel que el enamorado le ha ido tirando a todas horas, por jeroglíficos puestos en los lugares que ella frecuenta o por constantes colisiones con el enamorado.

Por eso, cuando ve entrar al padrino, al enamorado y al antebrazo en su cuarto, ya tiene preparado un jarrón con agua donde colocar el antebrazo zafándole el torniquete para que las venas puedan succionar el agua.

Con el paso de los días la mano se irá abriendo en forma de rosa y dejará escapar el tallo espinoso de una flor marchita. Con la llegada de las primeras mariposas al florido antebrazo se realizará la boda. La novia se corta una oreja que en el brindis ceremonial come junto al esposo para sellar el compromiso.

Martes

Pasadas las noches chinescas, John Carrigan llegó a la clínica.

Receloso, encorvado, como un espectro, Carrigan acostumbraba a merodear por las balaustradas que dividen el internado de las oficinas. Se le veía iniciar largos paseos que terminaban al chocar con los muros o enredarse con las alambradas que protegen la clínica del exterior.

La tarde en que desarmó al enfermero frente a las balaustradas se inició la primera revuelta en la clínica. En ese momento el director se encontraba encerrado en su oficina, parado de espaldas a la ventana, fumando un cigarro de humo lánguido cuyo extremo avanzaba deleitándose en giros innecesarios. Por coincidencia la punta del humo encontró la cerradura y al pasar de la oficina del director al pasillo quitó el seguro de la puerta.

La revuelta ocasionada por los internos que junto a Carrigan pasaron al área de las oficinas fue extinguida gracias a los enfermeros que presurosos cerraron la verja impidiendo que nuevos internos se sumaran a Carrigan.

Cuando el lánguido y retorcido humo llegó al lugar de la revuelta solo Carrigan conservaba suficiente libertad para seguir su trazo blanco por el pasillo. Detrás de él corrían algunos enfermeros. El director aún fumaba su cigarro en el momento que John entró en su oficina. El humo continuaba dibujando exóticas filigranas mientras John Carrigan agarraba una silla y el director se despegaba lentamente de la ventana. Cuando la silla golpeó al director un sonido de cristal roto resonó en la habitación y los enfermeros recién llegados se lanzaron sobre Carrigan inmovilizándolo.

Sobre el piso de la oficina un centenar de cristales multiplicaban como cientos de espejos la llegada de la secretaria con el médico de la clínica.

Lunes

Caminaba Narciso por entre las charcas del patio cuando en una de ellas vio el rostro más bello de su vida. Con el pelo color de barro y una cara transparente, la charca le sonreía. El brusco movimiento de los guajacones en el fondo levantó una arenilla que le dio a sus mejillas un tono rojizo, semejante al pudor.

—Hola —dijo vacilante Narciso y así se estableció la atracción entre ellos. Día tras día Narciso visitaba la charca y pasaba largas horas conversando con ella. Le gustaba su forma de arrugar la frente haciendo pequeñas olas cuando se retrasaba, o su manera de jugar con los últimos rayos de la tarde. Ella degustaba su conversación interminable, la vibración circular de sus caricias. Cuando llovía, Narciso se deslizaba en la charca acrecentada por la lluvia, y en esa mezcla de agua y barro la charca jugaba a poseerlo, con un abrazo de agua, modelándolo junto al barro en un amasijo donde la noción de cuerpo se perdía entre las formas.

La tarde en que Narciso enfermó comenzaba el período de seca. Durante tres días faltó a la cita. Envuelto por las fiebres se le oía preguntar por su charca. Al cuarto día, en el horario en que los enfermos salen a tomar el sol, escapó. Desesperadamente buscó el rostro de su charca por el patio, hasta hallarla escondida en el agua turbia de los lavaderos. El sol del mediodía calentaba con fuerza. Narciso acercó su rostro al pequeño charco y del agua emergió una cara como una ola. En pocos segundos el sol evaporó el agua y el rostro de barro cuarteado se quedó besando a un hombre en la esquina del patio. Días después murió Narciso, consumido por las fiebres.

Sábado

Cuento que escribí en el comedor, mientras esperábamos el almuerzo:

Soñaba Berkeley que se encontraba preso en una pompa de jabón desde la cual solo podía contemplar el mundo de una manera viscosa, debido a la esférica superficie que se interponía entre ellos. Y esta imagen se repetía todas las noches en las primeras horas del sueño, luego se abandonaba a vagar por el mundo maltrecho que antes vislumbrara.

Una noche, mientras vagaba, alzó la vista y vio su pompa de jabón. Fue tan placentera la idea de ser él, también, objeto de la contemplación del mundo, que paralizado por su descubrimiento lo sorprendió el despertar.

Al abrir los ojos, Berkeley se encontró sobre una superficie dura, envuelta por una claridad que solo le permitía mirar una esfera viscosa donde su imagen adquiría extrañas configuraciones. Dentro de la esfera distinguió su cama, su taquilla y algunos objetos de su cuarto. Berkeley se repuso del asombro, alzó su mano y palpó lo blando de la esfera. Con temor introdujo su mano en ella, sujetó la pata de la cama y lentamente penetró en su interior.

Desde allí la luz era menos intensa, el mundo se hacía visible aunque opaco. Durante horas quedó contemplando el paisaje de la ventana.

La pompa de jabón pestañeó y luego cerró el párpado, lentamente.

Berkeley notó que anochecía, la tarde emitía un último flashazo de despedida y luego se marchaba con elegancia.

—Ha caído la noche —se dijo, ya en la oscuridad. Entonces se retiró a la cama e inició el sueño.

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