Sordidez y franqueza en el tocador

Carlos Celdrán y Argos Teatro estrenan la obra Talco en la salita de Ayestarán y 20 de Mayo, donde nos muestran una Habana oculta habitada por seres desesperados que luchan a brazo partido por colmar sus menguados deseos

Autor:

Osvaldo Cano

Talco, certeramente bautizada como drama de tocador, resulta el más reciente estreno de Argos Teatro. Carlos Celdrán y su ya imprescindible grupo, vuelven a seleccionar una obra de Abel González Melo, quien insiste en mostrarnos una suerte de Habana oculta, una sórdida realidad paralela que por poco conocida pudiera parecer insólita. La salita de Ayestarán y 20 de Mayo viene resultando demasiado pequeña para el numeroso público interesado en entablar contacto con tan importantes hacedores.

Con Talco, González Melo explora nuevamente escenarios y conductas expuestos en Chamaco (2005), solo que ahora se circunscribe a espacios más reducidos, depauperados y agrestes que guardan estrecha relación con las criaturas que los habitan.

En su más reciente texto solo existen seres desesperados que luchan a brazo partido por colmar sus menguados deseos, aunque para ello tengan que descender a un insondable abismo moral. Es justo este descenso el que los califica, mostrándolos reducidos y atados a necesidades y aspiraciones que nos resultan banales. En el contraste entre lo fútil de sus anhelos y expectativas, y el denodado empeño que ponen en lograrlo, radica la gran contradicción de estos seres. Al mejor estilo brechtiano este constituye el gestus social que los define, un modo certero y gráfico de mostrarlos con desprejuicio y franqueza.

Tal y como hizo en Chamaco, también aquí el autor apela al juego con el tiempo. Sin embargo, la complejidad estructural de Talco es mucho menor que el de su predecesora. Debo apuntar que, en ambos casos, el recurso de la retrospectiva, lejos de constituir un alarde estructural contribuye a ir develando —de un modo ameno e inteligente—, las zonas oscuras del carácter o la biografía de los personajes, al tiempo que le imprime dinamismo y teatralidad.

Fiel a un estilo que ha ido perfilando en puestas en escena que ya forman un envidiable rasero para la escena cubana contemporánea, Carlos Celdrán concibe el montaje desde la sencillez y la síntesis. Una vez más el actor se ubica al centro de las preocupaciones del prominente director, y la necesidad de aportar una imagen compacta y lúcida de la zona de la realidad abordada compone uno de los principales presupuestos de dirección.

Con este montaje Celdrán vuelve a enfrentarnos a un cosmos depauperado y errático, y al hacerlo carga la mano en la naturaleza sórdida e incluso marginal del mismo. Tal y como apunta en el programa de mano, develar el mundo interior de los personajes, poner de relieve sus angustias y deseos más hondos, su desgaste paulatino y su desorientación, son también fundamentos que sostienen la propuesta.

A la concreción de una imagen coherente e incluso estremecedora, en estrecha armonía con el espíritu del texto y la puesta, tributa de modo decisivo y enfático el diseño de escenografía de Alain Ortiz. El decorado reduce y hasta comprime los espacios hallando no solo soluciones prácticas para el montaje, sino también explicitando de este modo la estrechez de miras y el abandono en el que naufragan los protagonistas. Ortiz consigue una visualidad que nos enfrenta sin medias tintas a ese universo lóbrego y rapaz.

El vestuario de Vladimir Cuenca sigue esta pauta definiendo las diferentes personalidades, su estatus o sus disfraces. Las luces de Manolo Garriga empastan perfectamente en este entorno sobrio y calamitoso.

Entre los rubros de mayor interés del montaje está la labor de los actores. José Luis Hidalgo evidencia una vez más su calidad interpretativa al desdoblarse en criaturas divergentes, cosa esta que hace con pulcritud, definiendo los límites entre uno y otro, deteniéndose en los detalles, encontrados elementos capaces de singularizarlos.

Waldo Franco labora con sobriedad y limpieza para ofrecer una imagen creíble de un contradictorio travesti. Yuliet Cruz muestra la ¿evolución? de un carácter en franco proceso de depauperación. Al hacerlo pone de relieve sus dotes de actriz destacando las motivaciones y los puntos débiles de Zuleidy, con precisión y naturalidad.

Desenfado, dominio de la escena, fuerza dramática, son algunas de las claves del desempeño del joven y talentoso Alexander Díaz, quien —pese a ser el menos experimentado del elenco— se mueve con soltura en medio de una tropa que se caracteriza por su rigor.

El estreno de Talco vuelve a hacer coincidir sobre las tablas a Carlos Celdrán y Abel González Melo. Una vez más la mirada escrutadora de ambos se centra en zonas poco frecuentadas de nuestra realidad para reflejar descalabros individuales y colectivos con los que convivimos a veces sin saberlo.

La precisión y limpieza del montaje, su capacidad para graficar el contexto de la acción, junto al nivel actoral y la calidad dramática del texto, hacen de Talco una propuesta de mucho interés.

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