Cuba fue una revelación para el intelectual búlgaro Venko Kanev

Invitado especialmente a la Feria Internacional del Libro Cuba 2011, Kanev no solo presentó su volumen Ensayos entrañables, sino que contó sus experiencias con Cien horas con Fidel, título que salió a la luz también en búlgaro

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Cien horas con Fidel acaba de ser publicado en idioma búlgaro. De esta manera, la buscada entrevista que le realizara Ignacio Ramonet al líder de la Revolución Cubana ya se encuentra en más de 30 países, incluyendo Estados Unidos e Israel. El responsable de este significativo suceso fue el reconocido intelectual Venko Kanev, quien visitara recientemente la Isla, invitado a la 20 edición de la Feria Internacional del Libro Cuba 2011.

Kanev levanta la mirada y busca el horizonte para decir sin palabras que hace mucho tiempo que descubrió a esta Isla de la cual se enamoró perdidamente, y que no consigue olvidar. «Me gradué en La Habana, hace ya algunos (bastantes) años de esto», dice con notable nostalgia en su voz el director de la edición búlgara de Le Monde Diplomatique y quien se desempeña como profesor titular de la Universidad de La Sorbona y de la de Rouen, en Francia.

Con Le Monde Diplomatique como editorial salió a la luz Cien horas con Fidel en búlgaro, que esta vez tiene como singularidad una muestra de fotos muy interesantes que apenas se conocen. «Son instantáneas que se tomaron cuando Fidel estuvo en Bulgaria en 1972. Todavía la gente recuerda cuando el Comandante se “desapareció” y lo buscaban como locos por todas partes, mientras él jugaba básquet con el equipo nacional. Es el testimonio gráfico de cuando decidió subir a la montaña vestido de campaña, seguido por el cuerpo diplomático que andaba ataviado de cuello y corbata.

«La presentación de Cien horas con Fidel en mi país tuvo un gran impacto. Pudimos constatar que muchos búlgaros guardan los mejores sentimientos hacia Cuba, sobre todo aquellos que trabajaron y estudiaron aquí. Esto me obliga a referirme a un tema que poco se ha discutido: porque siempre se dice que cuando existía, Cuba era ayudada y sostenida por el campo socialista, pero nunca se vio en sentido contrario: todo lo que este pueblo le aportó a los países de Europa del Este.

«Cuando triunfó la Revolución en 1959, por ejemplo, había en mi país solo cinco personas que sabían español. Y América Latina era una gran desconocida para nosotros. Gracias a esta Isla se fundaron casi todos los departamentos de español que hoy existen. Entonces se ofrecieron becas cubanas para búlgaros, checos, polacos... que venían aquí. De ese modo el español entró a nuestra región, mas no solo como lengua. A través de los departamentos penetró tanto la cultura cubana como la latinoamericana.

«Ello explica que en aquella época se tradujeran las mejores novelas, los mejores cuentos. Así conocimos en Bulgaria a Alejo Carpentier, a Gabriel García Márquez... O sea, que fue enorme el aporte cultural de la Revolución desde el punto de vista político, pero también lingüístico, cultural. Y no solo esto: hasta acá viajaban muchos búlgaros, pero no únicamente para aportar sus conocimientos en una materia determinada, sino que tenían la oportunidad de encontrarse por vez primera con el trópico, algo para nosotros totalmente desconocido. Esos búlgaros son quienes hasta hoy día no pueden olvidar a esta nación, y fueron ellos quienes asistieron a la presentación de Cien horas con Fidel».

Este hombre nacido en los Balcanes asegura que la presentación, en el Palacio Nacional de Cultura en Sofía de Cien horas con Fidel se convirtió en una gran fiesta. «Estábamos muy preocupados porque la sala es inmensa y temía que no se fuera a llenar. Sin embargo, hubo personas hasta de pie. De modo que resultó muy estimulante».

Venko fue el encargado de revisar de principio a fin la traducción de Cien horas..., en la que trabajó un equipo de cinco traductores, «porque estamos hablando de 800 páginas y nos íbamos a demorar demasiado. Primero tuve que detectar los posibles errores de traducción, porque no todos conocen la Isla como yo. Después me tocó unificar los términos y darle una unidad estilística.

«En las condiciones actuales, el mayor desafío no fue trasladar el texto al búlgaro, algo relativamente fácil, sino encontrar el financiamiento para publicarlo. Y luego pensar la distribución, que es un grave problema, y firmar contratos con las librerías, las cuales nos cobran el 50 por ciento del precio del libro. Por suerte recibimos la ayuda de la Embajada de Cuba, de empresas búlgaras que comercian con este país para editarlo. No nos interesaban las ganancias comerciales, sino que mis coterráneos tuviesen en sus manos un libro significativo en todos los órdenes, por los profundos análisis que se pueden hallar en él de las más disímiles temáticas, que son esenciales para entender el mundo de hoy».

—Venko, se dice que Fidel le firmó un ejemplar de Cien horas...

—Así es, pero desgraciadamente aún no lo tengo en mis manos. Me llamó a Francia la embajadora de Cuba en Bulgaria y me dijo: Usted tiene un tesoro aquí, pero no lo he visto todavía, de manera que ansío tenerlo conmigo.

—¿Qué recuerda de su tiempo de preparación en Cuba?

—Cuba fue para mí una revelación. Guardaré para siempre un reconocimiento muy especial para mis profesores, porque ¡mira qué profesores tuve!: Juan Marinello, Raimundo Lazo, Roberto Fernández Retamar, Camila Henríquez Ureña, Ricardo Alarcón, Salvador Bueno... verdaderos intelectuales que nos abrieron los ojos. Ellos sentaron las bases para nuestro conocimiento profundo sobre América Latina, lo cual nos permitió enfocarla correctamente y no acudiendo a historias exóticas y no sé qué más... De modo que constituyó una época muy feliz de mi vida, y muy provechosa, claro está.

En su diálogo con Juventud Rebelde, Venko no pudo dejar de referirse a la significación de Le Monde Diplomatique. «Como sabes es un periódico independiente, que todos los meses publica una cantidad apreciable de textos, 200 páginas prácticamente, de ahí su notable importancia pues aparece ya en 72 países (en 38 en papel). En torno a él se reúnen reconocidos intelectuales interesados en abordar temas silenciados por la prensa mundial.

«Así, por ejemplo, a diferencia de otros medios, Le Monde Diplomatique publica con frecuencia artículos relacionados con Cuba. Yo mismo he firmado varios. El periódico ha mostrado su postura con algo esencial para mí como la cuestión del bloqueo de Estados Unidos. Uno ve los resultados de las votaciones en la ONU, y sin embargo, nadie dice nada y la gente simplemente no está informada. Entonces hablan de una democracia que no existe. El rechazo al bloqueo es mayoritario, pero todo sigue igual.

«Lo mismo sucede con el tema de los Cinco, sobre el cual también hemos publicado algunos artículos. Ese es otro asunto que tiene mucha tela por donde cortar, pues los defensores de la “democracia” entienden el terrorismo como les conviene. ¿Qué significa el terrorismo? Si me preguntan a mí, pues tendría que hacer mención a la terapia de choque que aplicaron durante 15 años en Europa Oriental, cuando se propusieron apoderarse en poco tiempo de países enteros. Durante ese período masacraron la industria, la agricultura, todo, pero a eso no le llaman terrorismo, cuando millones de personas perdieron su trabajo, quedaron sin recursos. Bueno, eso parece que se acepta...

«Del mismo modo, ellos hacen una interpretación muy peculiar del caso de los Cinco. Por eso se publicó en París una novela de Maurice Lemoine, titulada Cinco cubanos en Miami, que aborda las acciones que se orquestan en aquel lugar contra la Isla, el encarcelamiento y la condena a que son sometidos Antonio, Gerardo, Fernando, Ramón y René, quienes trataban de impedir la ejecución de nuevos atentados. Es un libro que vale la pena leer».

—¿Cómo es el panorama de los medios de comunicación en la actualidad?

—En el mundo actual la lucha por apoderarse de los medios de comunicación es un problema de primer orden, esencial. En América Latina, lo apreciamos en Venezuela y Ecuador por solo citar dos casos, pero en Europa se ve también, por la simple razón de que los medios están concentrados en las manos de unos pocos. La llamada libertad de expresión ya casi está perdida, pues los periodistas están en una situación muy compleja. Eso nos llevó a editar en Bulgaria un libro que preparé a partir de un coloquio que desarrollamos allá con la ayuda de la Organización Internacional de la Francofonía (OIF), sobre los medios de comunicación en Europa oriental después de 1989, donde participaron representantes de 12 países, incluyendo Francia: Albania, Serbia, Bosnia y Herzegovina, Grecia... Todos concluyeron lo mismo: el periodismo que se hace depende totalmente del propietario de los medios.

«Existe un artículo del nuevo director de Le Monde Diplomatique, Serge Halimi, quien estuvo hace poco en Cuba, que brinda todos los datos que reflejan a quiénes pertenecen los periódicos, al tiempo que pone en evidencia la relación que hay entre el poder político, el poder mediático y el poder financiero. En esas condiciones es muy difícil conservar cierta independencia.

«En resumen: lo que persiguen los dueños de los medios es un periodista que no se interese en la investigación, que escriba artículos cortos y no analíticos, empleando un lenguaje desbaratado prácticamente por el empleo de muchos extranjerismos, que publique noticias sin verificar...; “profesionales” con falta de preparación, casi incultos —hasta con errores ortográficos—, sensacionalistas... Ese es el tipo de periodistas que quieren».

—En la pasada Feria Internacional del Libro se presentó Ensayos de lo entrañable...

—Lo titulé así porque recoge una serie de investigaciones sobre la literatura cubana, donde hago un acercamiento a varios autores como Alejo Carpentier, Virgilio Piñera...

—¿Qué nuevas impresiones le deja Cuba?

—Me marcho con la idea de que asistí a un evento magistral, que infunde esperanzas y no únicamente por su organización, o por los 2 000 títulos que se publicaron y los seis millones de ejemplares, sino, sobre todo, porque la gente lo hace suyo. En Cienfuegos presencié una escena que nunca voy a olvidar: en el Paseo del Prado se vendían libros, y una muchacha había adquirido uno que leía en voz alta rodeada por sus amigos. Esa imagen me tocó en el corazón. Es increíble ver algo así en tiempos como estos.

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