La madera preciosa de una exposición

Los artistas Áisar Jalil y Esterio Segura unen sus esculturas y lienzos en una muestra en el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales

 

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Roble, ácana... Tiene que ser, sin dudas, madera preciosa. Es evidente por el extraordinario resultado artístico, por la obra. De cualquier modo, Áisar Jalil y Esterio Segura no se dejan «provocar» cuando Juventud Rebelde los interroga sobre cuál podría ser el árbol milagroso que brinda tan excelentes frutos. «Son los críticos quienes deben enjuiciar si el tronco es bueno o malo», dicen con notable modestia, para luego agregar: «Eso sí: nos consideramos palo y astilla».

Por eso nombraron De tal palo, tal astilla la exposición que todavía permanece en el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales y que, como Áisar y Esterio aseguran, «es solo un primer ensayo». Lo cierto es que la visitada muestra, donde se unen el maestro y su alumno, es un sueño que hacía tiempo añoraban convertir en realidad.

«Deseábamos exponer juntos, pero esculturas. Esta, De tal palo, tal astilla, se adelantó a otra que en un futuro habrá, la cual, presumiblemente, se llamará No hay peor astilla que la del mismo palo», cuenta con una sonrisa en los labios Jalil, Master of Fine Arts de la Academia de Bellas Artes Repin (Leningrado, antigua URSS).

«De tal palo... se propuso, desde un inicio, exponer dos o tres obras mías e igual cantidad de esculturas de Esterio, sin más pretensiones que la alegría del encuentro. Mas, como se trataba de algo poco común en el ámbito cultural cubano, al Centro de Desarrollo de las Artes Visuales le interesó este proyecto en el cual el discípulo le rinde homenaje a su maestro, y nos ofreció esas dos grandes salas».

Excepto la serie Ciclones..., que lo lleva a concebir al menos una obra por año —en esta expo aparecen dos—, los otros cuatro lienzos que Áisar muestra ahora son de reciente producción (también el videoarte que próximamente se exhibirá en una galería de Miami). «Es decir, se explica, el espectador no encontrará piezas pensadas específicamente para De tal palo..., como tampoco lo son las obras de Esterio, pues aunque se terminaron para esta ocasión, habían sido gestadas antes. De ahí que lo que hace más interesante esta propuesta es la coherencia de nuestro quehacer».

—Áisar, ¿por qué esa insistencia de seguir habitando de mutantes sus lienzos?

—Creo que esos mutantes van a permanecer por mucho tiempo, porque existen incluso antes de que yo tomara conciencia de que estaban ahí. Son esos seres que, como yo, se han ido convirtiendo en mutantes por diferentes razones. En estos tiempos de grandes crisis económicas, de daños irreversibles al medioambiente, de guerras, hambrunas, pobrezas..., el hombre se ha visto compulsado a adaptarse a un medio hostil, lo cual ha propiciado la pérdida de valores humanos, éticos, de los principios. El resultado se observa en adaptaciones muchas veces involutivas. Por ese motivo pinto esos personajes raros, como animalizándose. Mi interés es expresar, desde un punto de vista plástico, esas mutaciones morales que se han ido apoderando de la Humanidad.

—Cuando le llegue el momento, ¿qué le exigirá No hay peor astilla que la del mismo palo al Áisar escultor?

—Mira, yo dejé de concebir esculturas por una cuestión puramente económica. Producirlas conlleva una inversión muy grande que no estaba en condiciones de hacer en la década de los 90. Y como la plástica es una sola, y lo más importante, lo más perentorio en un artista, es expresar ideas, conceptos, pues entonces acudí a la gráfica primero, y a la pintura después, para seguir haciendo mi obra.

«Ahora bien, como Esterio sí ha creado una infraestructura y me está invitando, pues lo voy a disfrutar mucho, porque mi formación académica es esencialmente como escultor. Lo estudié en el nivel medio y superior. Y no obstante, reconozco que regreso con cierto temor, aunque se trata de un medio que es muy conocido por mí».

—¿Qué se siente cuando un alumno querido decide homenajearlo?

—Esa generación de alumnos, que hoy constituyen extraordinarios artistas, siempre trae a colación el recuerdo y el agradecimiento no solo hacia mí, sino también hacia otros destacados profesores. Mas en este caso tengo que decir que me siento superdichoso y feliz, porque Esterio siempre fue,   entre todos, el principal, porque se lo ganó, no porque fuera el más simpático. Esterio despuntó por ser el más aplicado. Una tarea puesta por mí era tres, cuatro veces, repetida, sin que se lo pidiera. Un alumno así, claro que llama la atención, y uno le dedica más tiempo, más tesón en su desarrollo, que ha sido vertiginoso, lo cual para mí constituye un gran orgullo. No puede ser de otra manera cuando constatas hasta dónde ha llegado, con una proyección internacional tan fuerte y una obra escultórica muy reconocida en muchas ciudades del mundo, como Nueva York.

—Si la docencia le trajo tantas satisfacciones, ¿por qué decidió abandonarla?

—Sigo pensando que esa resulta una de las profesiones más sublimes que puede desarrollar un ser humano: entregarle encendida a otros esa antorcha del conocimiento que te entregaron tus profesores. Pero llegó un momento, mientras ejercía en el ISA, que trasladarse hasta allí, responder a las exigencias burocráticas, me separaba demasiado del taller donde se producía la alquimia en el instante en que buscaba el arte. Por eso decidí aplazarlo. No obstante, creo que en un futuro volveré a seleccionar, aunque sea de una manera informal, a algunos alumnos. Es un deber para quien sienta nobles sentimientos hacia la Humanidad: no dejar solo para sí lo que ha logrado entender, conocer.

La novia predilecta

Aunque en Cuba y en el mundo se le reconoce por su genialidad como escultor, el joven artista Esterio Segura considera que realmente es una manera equívoca de ver las cosas sobre él. «Cuando estaba en la escuela me propuse volcarme de lleno a la escultura porque era mi peor nota. Estaba bien en pintura, dibujo, grabado... Así que decidí que se convirtiera en el centro de mi nivel medio. Y es que la escultura fue un descubrimiento para mí.

«De niño conocía a Da Vinci, por ejemplo, sin embargo, veía los monumentos como una obra de ingeniería, y aunque no estaba muy equivocado, comencé a encantarme con el arte que había en ello. Y si es cierto que el 50 por ciento de mi obra la concibo tridimensionalmente, también pinto, dibujo, hago grabado, fotografía... Me gusta todo.

«Como tengo un entrenamiento muy fuerte en el tema del volumen, pues disfruto crear instalaciones, porque el concepto de escultura pienso que le queda chiquitico a la idea de la tridimensión, como igual sucede con las artes plásticas respecto a las visuales. En resumen: me place diluirme en cualquiera de las maneras de hacer, de hecho ahora estoy empezando a pintar, sin abandonar, por supuesto, la escultura».

—Y lo que comenzó como un fin para superarte, ¿llegó a convertirse en amor?

—Yo tengo un estado orgásmico con todas las manifestaciones de las artes plásticas. Aunque siempre hay una novia predilecta, que en mi caso es la escultura. Con ella mantengo una relación no solo empática, de diálogo, de poesía, sino también conceptual, de investigación, de intentar entenderla con profundidad, lo cual no me ha sucedido con la pintura, el grabado o la fotografía.

«Pienso que mi etapa de estudiante no ha terminado todavía, lo cual significa que me quedan asignaturas pendientes. Ahora estoy regresando a leerme la historia de la fotografía, de la pintura, adentrándome en aquello que me interesa conocer, pero sí, la novia predilecta es la escultura.

«Debo decirte que me enamoré de verdad de la escultura cuando tenía 11 años. Había aprobado para estudiar en la Escuela Vocacional de Arte, y me llevaron a realizar un recorrido por las aulas. Y cuando vi la escultura me dije: “Wao, ¡¿qué es esto?!”. Me resultó muy atractiva, aunque por mucho tiempo mantenía cierta distancia, le tenía miedo».

—¿Y por qué ese miedo?

—Siento que de cierta manera es sencillo descubrir y plantear la bidimensionalidad, no así encontrarte y plantearte la tridimensión, que es como la vida real. Abarcarlo todo es muy complejo, y la escultura tiene millones de milésimas de momentos visuales, y es como si quisieras abarcar el mundo. ¿Cómo hacer que, desde donde quiera que se mire una escultura, una instalación, se vea bien, funcione? Es más complicado que pararte frente a un cuadro, pues lo que está allí es lo que estás viendo, independientemente de toda la filosofía, los conceptos, las metáforas que este encierre. Es el cuadro, de frente. La escultura te va ofreciendo información en cada milímetro que recorres de ella».

Confiesa Esterio que el dolor por la pérdida de su madre, a sus cuatro años, lo obligó a encontrar un modo de expresarse. Así comenzó a fraguarse, en aquel niño tímido, el artista que hoy es. «Hasta los ocho años era mi padre quien me dibujaba. A esa edad, en que ya no aguantaba más por dentro, el dibujo comenzó a salir solito, hasta que tuve 11, cuando mis maestros me dijeron: no subes de 88 de índice académico porque no atiendes a las clases para pintar escondido.

«La solución que me propusieron para resolver ese problema fue que me presentara a los exámenes de ingreso de la Escuela Vocacional de Arte (EVA) Luis Casas Romero, de Camagüey, aunque hasta ese momento tenía la idea de ser piloto, algo que sale ahora con mucha fuerza en mi obra. Y sin embargo, cuando me anunciaron que había aprobado, cambió el sueño: sería un gran pintor».

—Esterio, ¿por qué este homenaje a Áisar? ¿Por qué él entre tantos maestros?

—Empezaré por lo más sencillo: yo redescubrí la escultura con Áisar, pero también el dibujo. Y como si fuera poco, con él aprendí muchos principios éticos. Yo era el único estudiante, con 15 años, que me daba el lujo de ir a su estudio, de conversar con Áisar, pasear, beber... aprendí mucho de cultura general, gracias a él.

«Con Áisar también nació la necesidad de leer, de escuchar la más variada música, de ir al ballet, al teatro; me hice obligaciones como intelectual. También me sucedió con Manuel Alcaide, Roberto Hernández, Lorenzo Linares, quienes también dejaron una huella en mí. Con ellos también expondré.

«Pero cuando tenía 16 años yo era un muchacho muy revoltoso, de modo que estaba metido en complicaciones que por lo general no le interesan a un muchacho de esa edad. Por esas razones casi me expulsan de la escuela. Y Áisar Jalil le dijo a la escuela que si me sacaban, él se iba conmigo adonde yo fuera a enseñarme escultura, y eso es algo que nunca se olvida. En ese tiempo ya tenía al mejor maestro: Áisar».

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