Detrás del velo: el cine iraní

La cinematografía iraní nos enseña durante una semana su rostro más actual y nos revela hasta el 16 de abril el quehacer artístico de sus directores más sobresalientes y sus historias más laureadas

Autor:

Jaisy Izquierdo

Ese cine que nació en los albores del siglo XX filmando, a petición de un soberano, festivales florales, procesiones y fiestas de la corte; el mismo que en la década del 50 desarrollaría todo un género de películas farsi para explotar, a la usanza de la India, la línea más comercial de los melodramas cantados y bailados; a las cuales les antepondría el cine motefavet con su estilo realista y reflexivo; es el cine que en las últimas décadas ha despertado la atención de cinéfilos nacionales y del mundo entero.

Con una centena de filmes anuales, la antigua Persia es en la actualidad el primer productor audiovisual de Oriente Medio y el séptimo del mundo. Y en cuanto a lauros, baste referir que en los últimos 25 años el cine iraní ha obtenido alrededor de 300 premios en prestigiosos festivales internacionales como Venecia, Cannes, Berlín, Chicago, Toronto, San Sebastián, y Montreal, a los cuales se unió recientemente el deseado premio Oscar, que le fuera concedido al director Asghar Farhadi por su cinta Una separación, una historia que a pocos meses del lauro el cineasta ha venido a presentar en la inauguración de la Semana en La Habana.

El aclamado drama, que arrasó en la Berlinale con el Oso de Plata otorgado al elenco entero, tanto femenino como masculino, obtuvo el primer premio Oscar en la historia del cine iraní por un complejo argumento que capta la esencia de la vida cotidiana y las dificultades de ser honesto.

Un matrimonio, él empleado de banca, ella profesora, tienen una pequeña de 11 años, que asume la propia hija del director, Sarina Farhadi. Juntos desean abandonar Irán en busca de una vida mejor, pero la noticia de que el padre de él, está enfermo de Alzheimer, le hace cambiar de parecer. Tal es la sinopsis de esta obra que, junto a la Fiesta del Fuego y la también multipremiada A propósito de Elly, permitirán al espectador acercarse al trabajo de este artista.

Antes que Una separación, en 1997, el filme Niños del paraíso, de Mayid Mayidi, también fue nominado para un Oscar en la misma categoría, pero perdió con la italiana La vida es bella. Atormentado nuevamente por la figura del padre, filma luego El color del paraíso, donde vuelve a mostrar a un muchacho perseguido por la sombra del padre tirano.

La doble tragedia del chico será expuesta en la muestra: Mohammad es ciego, y su padre viudo lo rechaza por su discapacidad y la carga que ello le impone. La película habla no solo del drama familiar, sino también de la relación de un muchacho sensible con la naturaleza que la interpreta a oído y tacto, como si las piedras, los pétalos de una flor o los granos de una espiga fueran un libro escrito en el Braille que lee en la escuela.

Nadie sabe nada de gatos persas constituye un arriesgado testimonio de Bahman Ghobadi que apuesta entre el documental y la ficción por reflejar las tortuosas condiciones en las que se desarrolla la industria musical iraní de contenido no religioso. Los gatos del título son para Ghobadi una metáfora de los jóvenes músicos, que al igual que las mascotas no pueden salir de casa. Encerrados en su casa como gatos entre cuatro paredes, los intérpretes deben esconderse en sótanos para que nadie les oiga ensayar, aunque la rica escena musical que circula underground sea apreciada por muchos seguidores en Teherán.

En busca de sus sueños de crear una banda, los jóvenes contarán con la ayuda de Nader (Hamed Behdad), que les acompañará en su búsqueda de componentes para la agrupación y documentación para cruzar fronteras y actuar en Europa.

El globo blanco es el largometraje debut del reconocido director Jafar Panahi, que cuenta a su vez con un guión del director iraní Abbas Kiarostami. La película, merecedora de la Cámara de Oro del Festival de Cannes de 1995, ha sido enlistada por el diario británico The Guardian como una de las 50 mejores películas de la familia de todos los tiempos, pues esta historia de la pequeña Razieh, que quiere comprar un pez dorado se vuelve parábola de lo que cuestan los sueños y cuántos ajenos podemos perder en el camino de alcanzar los nuestros.

La película que consolidó la reputación como cineasta del director iraní Abbas Kiarostami y potenció al unísono una curiosidad en aumento por las propuestas actuales de la filmografía nacional, no podría faltar a la cita. El sabor de las cerezas, la primera cinta nacional que ganó en 1997 la Palma de Oro del Festival de Cannes se revela en otra alegoría vital.

Es el viaje interior de un extraño personaje que ha decidido suicidarse y busca a alguien que le ayude a ser enterrado dignamente, para evitar ser devorado por perros y aves carroñeras. Al igual que en el guión preparado para Panahi, el protagonista en el peregrinar de su conflicto se ha de topar con una serie de personajes. Estos se harán partícipes de su pena ya para criticarlo, aprovecharse de sus circunstancias, o tratar de ayudarlo a encontrar la maravilla de la vida concentrada en el sabor de una cereza.

Completa la lista otra historia que apoya su mirada en el mundo infantil, para contarnos en el lente de Bahram Beizai, las peripecias de Bashú, quien con diez años de edad ha visto morir a sus padres durante un ataque iraquí contra su pueblo.

Historias cotidianas, inmersas en un paisaje geográfico y cultural no exento de adversidades, muchas veces hostil, por sobre el cual prima el valor y la sapiencia de la naturaleza y el ser humano, y muy especialmente, con una mirada particular sobre el mundo infantil. Cine de otra cultura que ya ha adquirido personalidad propia.

En un abanico temático que escapa de escenas violentas, amorosas, o confrontaciones políticas, —tres ganchos seguros de las cintas occidentales—, los iraníes han perfeccionado estas historias en las que prima la poesía para acercarse con sencillez a problemáticas trascendentales de la vida, el valor de la naturaleza y su sabiduría para aprender de ella lecciones, la candidez con que los niños se apoderan de los papeles protagónicos, y el diálogo por los temas universales como el paso del tiempo, la infidelidad, la muerte, los deseos del corazón o el valor de la amistad. Tal vez en ello radique el encanto. Lo cierto es que, a descubrir el misterio nos incita esta Semana de cine iraní.

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