Pasiones fastidiosas y una Doña de pasarela

Passione es de las telenovelas que contiene demasiadas eventualidades, y personajes sacados de la trama cuando su perfil resulta inconveniente para el sesgo que el escritor quiso conferirle a los acontecimientos

Autor:

Joel del Río

Hasta donde sé, coincidieron al aire, por canales de televisión cubanos, una telenovela argentina, una colombo-norteamericana, una brasileña, una cubana cuyos ingredientes la inclinan más a las Aventuras con conflictos adolescentes, y varias series norteamericanas. Respecto a la variedad, ninguna queja. El pero enfático atañe a las calidades. A pesar de que en algún momento apunté en estas mismas páginas el atractivo principalísimo que constituyen Fernanda Montenegro y Tony Ramos al frente de Passione, debo reconocer, 80 capítulos después, que no existe ningún actor o actriz capaz de sobrevivir al despropósito y el fastidio provocado por una serie demasiado interesada en atender el costado criminal, policiaco, de suspenso, como para tratar de interiorizar al mínimo, melodramático, nivel requerido para interesar al espectador en los móviles y perfiles psicológicos de sus numerosos personajes.

Una vez delineado el entramado de amores imposibles o difíciles (dos amigos enamorados de la misma muchacha rubia e inocente, madre e hija interesadas en el mismo impulsivo joven italiano, un bígamo incapaz de elegir, y varias otras relaciones triangulares, cuadriculadas, pentagonales...) el escritor Silvio Abreu decidió forzar la trama, hasta que perdiera casi todos los rastros de verosimilitud y lógica, para convertir el argumento en un policiaco de pacotilla, excesivo y tremebundo, donde todos los personajes —y cuando digo todos quiero decir absolutamente todos— resultan sospechosos de un crimen que, dramatúrgicamente, ha hundido la trama en la inconsecuencia y el tedio. Entiéndase que estoy seguro de que tales y peores acontecimientos pueden ocurrir en la vida real, pero se trata de juzgar una construcción, un guión, un diseño de personajes que cada diez capítulos, más o menos, parece olvidar ciertos índices de la caracterización, y pone a los protagonistas y secundarios a decir y a hacer cualquier cosa, supuestamente atractiva para el televidente, pero del todo inconexa, incoherente con lo que el espectador esperaba. Y de este modo fracasaron en la creación de un encadenamiento de acciones capaces de ganar la identificación del público, y convencerlo de que está viendo una versión televisada, más o menos verosímil, de la vida.

En la búsqueda de mayor número de espectadores masculinos, tal vez interesados en el género policiaco mucho más que en los rigores del melodrama, Passione quemó los recursos del folletín romántico respecto a «la identidad extraviada y el estatus recuperable, los buenazos perseguidos por la mala fortuna, los malvados capaces de cometer los peores engaños e infamias», y describió un viraje, antes únicamente insinuado, no solo al género criminal (con la muerte de Saulo y de Noroña, la desaparición de Danilo en los laberintos de la adicción, y las maquinaciones vengativas en torno a la redimida Clara, que ahora se olvidó de su pasado pérfido y está obsesionada con salvar a su indefensa hermanita), sino a las suavidades de la farsa y el humor, y así la trama se recarga en un tono bastante «pujón» y cansino. Semejantes deslices humorísticos aparecen sobre todo en las escenas que rodean al bígamo y a sus parejas italiana y brasileña. Todo ello ha derivado en la reiteración abrumadora, si es que en algún momento resultó atrayente o cómico.

Por otra parte, se presentan demasiados personajes abocados a conflictos similares: Totó y su madre recuperan su extraviado nexo filial en la primera parte, y en la segunda, Gerson conoce, y por supuesto recupera, a la hija que tuvo con un amor de juventud, nada menos que con la misma mujer dispuesta a curar el corazón lastimado de Totó. Y todo ello representa una más entre las decenas de casualidades y encuentros fortuitos a los que recurre el guión. Alguien pensará, con razón, que semejantes giros están en el vocabulario elemental de todas las telenovelas, pero en este caso se ha lacerado el más elemental nivel de verosimilitud, y los personajes o las situaciones perdieron, en su mayoría, cualquier contacto con la credibilidad, la lógica o lo real, tres categorías intrínsecamente relacionadas con cualquier dramatización fuera de los géneros fantásticos o especulativos.

Passione es de las telenovelas que contiene demasiadas eventualidades, y personajes sacados de la trama cuando su perfil resulta inconveniente para el sesgo que el escritor quiso conferirle a los acontecimientos. Por ejemplo, nunca llegaremos a saber el verdadero talante de Stela, porque su ánimo y sus opiniones cambian de acuerdo con el deseo de mostrarla en tanto madre y esposa víctima, o mujer decidida a hacer su voluntad al precio que sea; Diana se pierde durante semanas enteras de la pantalla, al igual que Danilo o Adamo o Gema; Fred se quedó solo con su papel de ángel exterminador (en tanto Clara devino hermana mártir y trabajadora ejemplar) y solo asoma cuando al guionista le hace falta hacerle daño a los buenos siempre inermes y desaprensivos; Melina de pronto está afectada por un conveniente shock que la dejó indefensa, un efectismo similar al que empleaba El derecho de nacer, mucho más honesta en su intención de melodramatizar la realidad y concentrarse en torno a temas como la opresión femenina, las diferencias de clase y la racialidad. Y no es que el melodrama haya pasado de moda ni que esté mal que los brasileños traten de renovar el arsenal telenovelero con nuevos géneros. Ahí está, también al aire, la norteamericana Prácticas privadas, en la guisa de Grey’s Anatomy, nítido reciclaje del culebrón de categoría en su versión más lacrimógena, pero Passione se extravía por la excesiva ambición de sus creadores, languidece por demasía, se ahoga entre chistes malos y faltas, o sospechas, mal urdidas.

Sin embargo, a pesar de todo lo dicho, porque la relatividad del criterio aparece con la comparación, la brasileña es un prodigio de buen hacer en comparación con la superficialidad, falsedad, y presuntuosa nadería desplegadas en Doña Bárbara, producida en 2008 por la norteamericana Telemundo, filmada en Colombia, con actores y actrices de varios países latinoamericanos, y que estuvo al aire por Canal Habana hasta hace muy pocos días. El conflicto entre civilización y barbarie, la atracción/repulsión entre un abogado demócrata, culto y pacífico, y la cacica del Arauca, una mujer oscurantista, violenta y arbitraria, se ha convertido —a través de un guión seducido por la cursilería, y una puesta que oscila entre el turismo y la pasarela— en triángulo amoroso que implica a la madre, a la hija y a Santos Luzardo, quien aquí ya no representa aquellos conceptos de progreso y legalidad, sino que actúa cual pelele sin voluntad, que se deja atraer por las dos hembras según se quiera tensar más o menos el conflicto de intereses y lealtades entre la madre y la hija.

Christian Meier hace gala de un particular distanciamiento, dudo yo que intencionado, a la hora de interpretar al tradicional galán de telenovela, y recita sus parlamentos sin ninguna convicción, y se dedica a aniquilar capítulo a capítulo ese poderoso símbolo que fuera Santos Luzardo. Lo mismo hace Edith González con el personaje titular. La actriz carece por completo del físico o la fuerza que uno espera ver en un personaje de estatura mítica según la importante novela de Rómulo Gallegos y de acuerdo con anteriores interpretaciones de María Félix y Raquel Revuelta. La actriz intentó hacer una Doña Bárbara mucho más suave, femenina y convencional que la imaginada por el escritor venezolano como encarnación del salvajismo, la belleza, y lo indomable de la jungla y las sabanas de Venezuela, por extensión de toda Latinoamérica, e intenta convencer a alguien de que es una mujer temible mientras declama con suavidad de damita dócil las barbaridades que dice su personaje, suda el maquillaje nacarado, llora por debajo del rímel garrafal, y hace una ligera mueca con los labios saturados de creyón rosa. En algo tuvieron razón: cuando al final, en una escena picúa hasta el delirio, la Doña es recibida en el otro mundo por sus criados de toda la vida, y ellos le aseguran que ella no puede morir, porque su mito es eterno.

Doña Bárbara sería insultante si este escribiente no estuviera consciente de que los clásicos literarios existen para ser versionados, constantemente traicionados, reciclados, actualizados. Y se comprende que la novela de Rómulo Gallegos se queda corta para la duración estándar de las telenovelas comerciales. Era preciso inflar el argumento, añadir personajes y conflictos, y hubiera sido excelente la actualización para demostrar cuánto de poderoso conserva todavía aquella trama donde las luces de la ética, y la legitimidad de la instrucción y el conocimiento, le plantan batalla a la ignorancia, el bandidaje y el salvajismo, pero desde que metieron a Santos Luzardo en un erótico baño en el río con la Doña, los dos en pelotas, desde que decidieron embarazar a la cacica y atribuirle un resucitado amor maternal por la hija que nunca quiso, el espectador podía darse cuenta de que los creadores de este culebrón renunciaron a cualquier atisbo de rigor artístico o reflexión posible en cuanto a los símbolos aportados por Rómulo Gallegos. Y luego, esa edición de video musical (ignoro si es propia solo de la versión que exhibió Canal Habana, o que se exhibió así, toda cortada, en otros países de América Latina) ese salto vertiginoso de la trama y la carencia total de detenimiento o desarrollo en alguna idea, personaje o situación, conspira contra todas las posibilidades de adaptar la novela y sus personajes a las circunstancias contemporáneas del narcotráfico, la corrupción y el desgobierno.

Entretenida de acuerdo con las propuestas más bastas y chapuceras que las industrias culturales pueden generar, y atenta a claudicar con las reglas de la publicidad galopante y del folletín romo, evasivo e inverosímil, con baladitas siniestras de fondo, Doña Bárbara le presenta al público cubano un tipo muy socorrido de telenovela latinoamericana, la que se encarga de saquear y bastardear la heredad de la literatura romántica y realista. Tal vez debiéramos conocer con mayor asiduidad estas mercaderías glamorosas, concebidas para la evasión de las mayorías, y así poder arribar a un criterio, y comprender, por comparación, los méritos y falencias de cada variante telenovelera. Sería bueno determinar qué porción de espectadores cubanos están al tanto de productos como este e incluso peores, mucho peores. De modo que la televisión es responsable de satisfacer estas necesidades y transmitir productos elegidos dentro de un promedio decoroso de realización, y ofrecer obras del mismo género pero de mucho más digno nivel artístico, y sacar al aire sin complejos ni remilgos, los buenos y los menos buenos, e identificar a los responsables de cada serie. ¿Por qué no aparecieron nunca los créditos de Doña Bárbara?

Ansiosos quedamos entonces porque llegue el día final de la teleserie cubana (porque según estamos viendo, nuestra línea de producción alterna una buena y otra menos buena, por continuar usando el eufemismo que mi lector comprende a la perfección), y arribar a la conclusión de la telenovela brasileña, a ver cuál es el nuevo título y tono elegido por los brasileños para refrescar el melodrama, porque ya pudimos comprobar en el epílogo de Doña Bárbara hasta dónde puede llegar la magnitud de un disparate que con cada nuevo capítulo se hacía más colosal, ruidoso y afectado. Y menos mal que Canal Habana exhibió una versión abreviada.

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