Apasionado del ballet, y sin «remedio»

Dani Hernández, primer bailarín del Ballet Nacional de Cuba, conversa con JR acerca de sus inicios en la danza

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

«Sanaste». Nunca una palabra le había sonado tan divina ni le había devuelto tantas esperanzas. La felicidad que entonces embargó a Dani Hernández, primer bailarín del Ballet Nacional de Cuba, cuando escuchó a su médico, solo ha sido comparable con el regocijo que le propicia tener a su madre al lado; o con aquel instante en que le anunciaron que la prima ballerina assoluta deseaba verlo en la dirección.

«Cuando me senté a su lado me sorprendió: “Vas a bailar Giselle”. Me quedé mudo. ¿Giselle? No lo creía. Me vino el alma al cuerpo al asegurarme: “Yo seré la maestra que te tomará los ensayos”. Y nuevamente me tocó el privilegio de que, como mismo me ocurriera con el maestro Fernando Alonso, el otro pilar de la Escuela Cubana de Ballet junto a Alberto, la máxima exponente de Giselle, el mito de la danza universal que trabajó con partenaires de la talla de Youskevitch, Vassiliev, Esquivel, Vega, Salgado..., me entregara sus sólidos conocimientos sobre la danza, la interpretación y la vida. ¿Granitos de arena? No, ellos, con su sabiduría, bondad infinita y enorme paciencia levantaron en mí una montaña».

Quizá sea la gratitud uno de los rasgos que más sobresalen en la personalidad de este joven, un artista con todas las de la ley nacido en Remedios, Villa Clara; esto último, un hecho que enuncia con orgullo. «Amo esa tierra de las más sublimes parrandas, donde todo comenzó cuando era un renacuajo, un guajirito sacado del fango». Tal vez en su origen humilde esté la explicación de por qué cuando se le acercó Juventud Rebelde le solicitó que agradeciera en su nombre a quienes depositaron en él su confianza: Alicia, Fernando, Anette Delgado, Ana Leyte, Mirtha Hermida, Javier Sánchez, Svetlana Ballester, Miguel Cabrera, su mamá, su familia... «No los defraudaré».

Convidado a que viajara en sus recuerdos, Dani comenzó a narrar su existencia de 23 años a partir del día en que con siete, mientras visitaba a su abuela, se percató de que frente a su casa había un gimnasio, donde unos muchachos practicaban aeróbicos. «Todas las tardes me paraba a mirar aquellos ejercicios de fuerza, de elasticidad... Entonces decidí preguntarle de qué se trataba a quien resultó ser el profesor. Y él me pidió: “Intenta pegar la puntica del pie al piso”. Te juro que me esforcé tremendamente, pero no lo conseguí. “No te preocupes”, me consoló al ver mi cara de decepción. “Mira, mañana nos vemos en la Casa de Cultura y empezaremos. Pero primero debo hablar con tu mamá”.

«En mi casa no hubo inconvenientes, así que terminando al mediodía las clases de escolaridad, salía para allí, donde pensaba que encontraría lo que había visto, pero empezamos a trabajar elasticidad y flexibilidad —por suerte, tenía condiciones naturales, lo cual me ayudó mucho—, y a interpretar bailes populares: chachachá, mambo, casino, pilón... Sin saberlo, me preparaba para entrar en la Escuela Vocacional de Arte de Santa Clara, lo cual sucedió cuando contaba con nueve años».

¿Cómo recuerdas ese momento?

—De terror. De repente llegué a un gran salón y me di cuenta de que todos mis otros compañeros habían ido por danza, y yo estaba solo. «Yo no quiero», me negué. Era el único varón entre tantas muchachitas. Sin embargo, quizá por eso, me aceptaron y comencé en el nivel medio.

Imagino que, además, debe haber resultado muy difícil dejar atrás a Remedios...

—Si supieras que no tanto, aunque estuve becado desde el principio. Tal vez porque allí había muchos conocidos del mismísimo Remedios que estudiaban música. Me adapté bien, también porque yo no era de esos que están debajo de la falda de su madre, sino que me encantaba andar mataperreando, acabando por todas partes, lleno de rasponazos... Extrañaba más por las noches: mi cama cómoda, la sabrosa comida, el baño calentico..., eso que no encontraba en aquel albergue con más de 60 chiquillos, entre quienes siempre hallaba secuaces para irnos para la Loma del Capiro.

«El día más triste era el domingo, cuando esperaba que la guagua nunca pasara, para quedarme donde los míos. Pero me acostumbré. Y siempre seguí los consejos de mi mamá, quien me pedía que pensara bien cada paso que diera; que fueran en serio las decisiones que tomara y que pusiera siempre por delante lo que yo quería. Creo que esa experiencia me hizo madurar más rápido, “quemar” esa etapa que va de la niñez al desarrollo.

«Para mí resultó muy importante venir a La Habana en ese período a un Encuentro Internacional de Academias de Ballet, donde descubrí que esos tres años de nivel elemental, tan importantes para un bailarín, los había perdido prácticamente. Apenas tuve maestros y me daba cuenta de que la diferencia con mis compañeros era notable. Entonces pensé en los consejos de mi mamá y me dije: Si ellos están bailando, también yo puedo hacerlo. A partir de ese instante me tomé muy en serio mi carrera».

¿Y la Escuela Nacional de Ballet (ENB)?

—Desde Villa Clara llegamos a la ENB dos lagartos flacos (parecíamos unos palillos) para examinarnos frente a un jurado bien numeroso: Dairon Darias y yo (todavía estamos juntos en el Ballet Nacional de Cuba). Nos costó más por todo lo que te acabo de explicar, pero empecé a trabajar muy duro, muy duro, con la guía de Mirtha Hermida, una maestra maravillosa que, tristemente, ya no está entre nosotros, pero a quien le agradeceré por siempre donde quiera que esté. Ella se encargó de llenar todos mis vacíos.

«Y luego, en el segundo año de mi carrera, me convertí en un ser en verdad privilegiado. Y es que el maestro Fernando Alonso puso sus manos sobre mí. Empezó a ensayarme Bella durmiente y los pas de deux que hacía. Mientras Mirtha se encargaba de perfeccionar mi técnica, él, una eminencia y quien revolucionó el arte del ballet en esta chispa de tierra, se dedicaba a encaminar el estilo, mi porte, mi manera de partnear; me enseñaba dónde debía colocar las manos, cómo caminar y mirar a la muchacha, cómo tocarla... Una dicha, una suerte, un honor que espero merecer alguna vez. ¿Te imaginas? No salía de mi asombro ni de mi felicidad: Yo, un guajirito de Remedios aprendiendo de Fernando Alonso...».

—En tus años de estudio, ¿te viste en el BNC?

—Por supuesto, esa es la meta de quien estudie esta profesión en cualquier parte del país. No solo me vi dentro, sino llegando a lo más alto. Claro, constituyó un desafío grande, aunque venía con una buena base, y contaba con el apoyo total de mi familia. Ocurrió entonces algo terrible: me lastimé.

¿Acabado de llegar? ¿En primer año?

—Exacto. Recuerdo que fuimos a bailar a República Dominicana, incluso bajo un ciclón, y de regreso a Cuba y cuando me hice una placa por el dolor en la tibia tenía una fisura. ¡Tres meses de reposo! Me derribé, me frustré mucho porque pensé que mi carrera se había terminado. Estaba casi a punto de comenzar el Festival Internacional de Ballet, donde tendría la oportunidad de interpretar obras importantes, y todo se me fue de entre las manos.

«Tres meses en los que la mente, cuando todavía no había cumplido 20 años, no me ayudó. Mi mamá me hablaba constantemente pero yo no entendía porque me sucedía algo así ¡y en ese momento! Cuando me repitieron la prueba, la lastimadura seguía. Para no alargarte más el cuento, estuve en cama siete meses, y con el miedo de lo que me había dicho mi médico la última vez: “Si la próxima vez no has resuelto, tendremos que operarte”. Me sentí peor. Ya me veía muerto, sin pie.

«Sin embargo, tras ese período que me pareció una eternidad, me incorporé a la compañía. Por suerte, me recomendaron al maestro Candia, excelente profesor de preparación física, quien ha estudiado la kinesiología del cuerpo. ¡Y me recuperé! Entonces volvieron mis metas: Voy a llegar, voy a llegar».

¿Cómo se enderezó nuevamente el camino?

—Sucedió que se presentó un déficit de bailarines y me propusieron que hiciera Le Papillon. En una semana me lo aprendí. Después, ese fin de año en que estaba programada La flauta mágica, el muchacho que la protagonizaría se lastimó y me llamaron a mí para que lo sustituyera. El 31 de diciembre estaba en mi casa sentado frente a un video aprendiéndome esa obra de la maestra Alicia. Y luego vino el encuentro con Alicia.

La tuya ha sido una carrera meteórica. ¿Esperabas ya el nombramiento como primer bailarín cuando te lo anunciaron?

—Bueno, cierto es que faltaba otro escaño por escalar: el de bailarín principal, y admito que no pensé que me otorgaran la máxima categoría, al lado de Yanela Piñera y Alejandro Virelles. Más que sorpresa, se apoderó de mí cierto temor porque estaba adquiriendo, con solo 21 años, una responsabilidad enorme. Debía responder como se esperaba y saber que el nombre de la compañía caía también en mis hombros.

«Por tanto, correspondía, y corresponde, mejorar sin fatiga, enriquecerme aún más con el estudio y el ensayo, porque siempre habrá que pulir un gesto, un paso, una mirada, un detalle...; pero también con todo lo que pueda escuchar, ver, leer..., porque lo esencial es crecer. No obstante, estaba superfeliz, porque se trataba del reconocimiento a una entrega sin límites, al sacrificio del día a día. Me sentí muy bien, porque logré mi meta».

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