Las confesiones del Chino

Eduardo Heras León, premio nacional de Literatura 2014, asegura que el objetivo de un escritor es decirlo todo, sencillamente. «Ese era el principio de nuestra generación, dice: hablar del coraje y la cobardía, del amor pero también del odio»

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

Era el viernes 16 de enero, el día del Premio. Su esposa Ivonne, su  mano derecha en múltiples proyectos, había tenido la premonición de que algo bueno iba a ocurrir. Y así fue. A las 11:45 de la mañana, el teléfono sonó y en el auricular se escuchó la voz del poeta Waldo Leyva, uno de los jurados. «¿Es Eduardo?», preguntó Leyva y Eduardo Heras León respondió: «Sí, soy yo». «Ya», le dijo. «¿Ya qué?», insistió Heras. «Ya eres el Premio Nacional», oyó.

Sin dejar de conversar, Eduardo miró a su esposa. La observó pálida y con una mirada inquisitiva. Él simplemente levantó el pulgar hacia arriba, y a partir de ese momento comenzó la avalancha de llamadas, de felicitaciones de amigos, de personas conocidas y de periodistas para solicitarle una entrevista o solo unas palabras a modo de comentario.

«Esto no se sabe cuándo va a parar», dice Eduardo. No es para menos y muchos lo saben bien. Nacido en 1940, en La Habana, el Chino Heras —como lo llaman los más cercanos— entró por la puerta grande de la literatura cubana con un libro de cuentos (La guerra tuvo seis nombres) y un galardón (el Premio David, 1968). Le seguiría después Los pasos en la hierba, que alcanzó la Mención Única del Premio Casa de las Américas en 1970 junto con una labor combinada entre el periodismo y la crítica literaria y de danza.

Sin embargo este premio, al cual había sido nominado en varias ocasiones, también honra una ética como intelectual y al ser humano que enfrentó momentos muy difíciles, de malas interpretaciones dentro de la política cultural de la Revolución a finales de la década de 1960 y principios de los años 70, y que Eduardo atravesó aferrado a sus convicciones más íntimas.

Hoy esa vocación se expresa en un callado ejercicio de escritura y en la labor de formación con jóvenes que realiza, junto con otros escritores, en el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. No obstante, siempre hay resortes más personales y ellos afloraron en ese momento, al conocerse el Premio y recibir las felicitaciones.

«Cuando te dijeron lo del Premio, ¿en qué pensaste, Chino?», le preguntan. «En mi padre –confiesa-. Miré su foto, y pensé en él, porque unos meses antes de fallecer, cuando yo apenas tenía 12 años, le había prometido ser escritor y publicar los libros que él nunca pudo, porque en su época no había en Cuba editoriales que se arriesgaran a publicar los poemas de un desconocido, y él nunca tuvo recursos para sufragar ni siquiera la publicación de uno».

—La crítica literaria te señala como uno de los renovadores de la cuentística cubana. Sin embargo, con el Premio Nacional de Literatura, ¿pensaste que contigo existiría la misma tradición del Nobel, que se lo dan a novelistas pero rara vez a un cuentista?

—Me parece que en Cuba no se ha dado esa tradición (finalmente el Nobel se lo dieron a una cuentista canadiense), porque en realidad se le ha otorgado el Premio,  además de a novelistas y poetas, a puros ensayistas e incluso escritoras de literatura para niños. Tengo la seguridad de que se lo hubieran dado a Onelio Jorge Cardoso, pero lamentablemente murió en 1986 y no tuvo oportunidad de recibirlo. Por otra parte, es cierto que soy el primer cuentista puro a quien se le otorga.

—En el libro de tu vida existen los más diversos oficios. Maestro, escritor, miliciano y hasta obrero en la metalúrgica Fundición y Forja Vanguardia Socialista, pero poco se habla de tu infancia. ¿Qué recuerdas de esos tiempos en los cuales eras Eddy? ¿Es verdad que casi siempre tus hermanos te ganaban jugando dominó?

—Si empiezo a recordar mi infancia, podría escribir un libro. Confórmate con saber que a los cinco años me dio un día por conseguir varias sillitas, sentar ahí a mis amiguitos de juego y en una pizarrita, comencé a enseñarles a escribir las letras y los números. Fui un niño muy estudioso, y parece que la vocación de maestro surgió bien temprano en mi vida. Lo del dominó es un cuento, porque nunca me gustó demasiado, aunque es cierto que mis hermanos Nelson y Héctor eran fieras en el juego. Lo que aprendí muy pronto fue el ajedrez, y ahí era yo quien les ganaba a mis hermanos.

—¿Cómo llegaste a la literatura? ¿Qué o quiénes te impulsaron a escribir?

—A la literatura llegué a través de la poesía, de la mano de mi padre. Todas las noches escuchábamos por radio el programa de improvisación de décimas con pie forzado. Muy pronto los nombres del Indio Naborí, Chanito Isidrón, Angelito Valiente, Colorín, el Cacique Jaruqueño, entre otros, se me hicieron familiares. Mi padre tenía un cuaderno donde recopilaba hermosos poemas de todas las latitudes y yo lo leía con enorme placer. Ahí conocí a Bécquer, a Darío, a Espronceda y a muchos más.

«A los nueve años escribí mi primer poemita, y seguí escribiéndolos bajo la atenta mirada de mi padre, que nunca me corrigió ningún verso. Me dijo que con el tiempo yo podría hacerlo solo. Llegué a tener varios cuadernos llenos de poemas (todavía conservo alguno). Así fue mi primer contacto con la literatura.

«Cuando llegué a la Escuela Normal de La Habana, a estudiar magisterio, me convertí en el «poeta del aula». Empecé a leer Cincuenta años de poesía cubana, la antología de Cintio Vitier, que me fascinó. Y mi profesora de inglés, Antonia López Villaverde, pidió mis poemas para enseñarlos a su esposo, que era poeta. Días después lo visité en su casa, y tuvimos una conversación que para mí fue decisiva. Terminado el encuentro, cuando me marchaba, me enteré de que aquella persona era Emilio Ballagas, el poeta que más me había impresionado de la antología de Cintio: sus consejos de esa tarde fueron muy importantes para mí».

—Una vez, en tu adolescencia, te encontraste con Hemingway. Cuéntanos cómo fue ese encuentro ¿Verlo en persona influyó en tu decisión de escribir?

—Mira, una tarde estaba yo frente a la librería Minerva, en la calle Obispo, mirando extasiado una Enciclopedia Espasa Calpe (¡90 tomos!). Obispo en aquel entonces, te hablo de 1954 si la memoria no me falla, no era un bulevar, era una calle llena de librerías «de viejo» y a donde yo iba cada vez que tenía un tiempo libre a mirar libros (solo mirar porque generalmente mi capital ascendía a cinco centavos (un nickel) para el ómnibus de regreso.

«De pronto un enorme Cadillac se detuvo frente a la librería. Un chofer de uniforme salió, abrió la puerta y dijo: «Senador...» Del auto bajó un hombre muy canoso, vestía traje de dril cien, sombrero de jipi, bastón, y un tabaco en mano. Después, una jovencita (que hoy llamaríamos una «chica plástica») salió del auto y entró a la librería junto con el hombre. A mí me picó la curiosidad y entré tras ellos. El senador estuvo mirando los anaqueles, preguntó por el gerente y cuando este apareció le preguntó: «¿Qué distancia hay desde aquí... —le marcó con el bastón un libro—...hasta aquí...», y a cierta distancia marcó otro.

«El gerente trajo una cinta métrica, midió y respondió: «Dos metros con 75, senador». «Bueno, llévemelo a tres con 50 y mándelos a casa». Y rápidamente él y la joven salieron de la librería, montaron en el auto y se marcharon. Yo quedé anonadado. «¡Coño, compra los libros por metros!» —pensé. Me toqué el bolsillo del pantalón y mis dedos chocaron con la moneda de cinco centavos, y de pronto, se apoderó de mí una infinita tristeza.

«Salí de la librería lentamente, como la viva estampa de la derrota. Subí por Obispo y me senté en uno de los bancos del parquecito de Albear a consolarme. Miré al frente, al restaurante Floridita y de repente se abrió la puerta y entonces lo vi. Era el mismísimo Ernest Hemingway, acompañado por varios amigos, reconocí también a su esposa Mary. Y quedé como hipnotizado. Yo había leído hacía muy poco tiempo, El viejo y el mar, publicado por la revista Life en español, y ya el dios de bronce de la literatura norteamericana se había convertido en una de mis lecturas de cabecera.

«Me emocionó tanto verlo en persona, y precisamente después del episodio de la librería, que toda la tristeza y la depresión desaparecieron de golpe y tuve la sensación de que su presencia en ese momento había sido dispuesta por alguien o algo, para que olvidara al senador y sus libros comprados por metros, y comenzara a creer en la ya famosa frase que él inmortalizó: el hombre puede ser destruido, pero nunca derrotado».

Contar la sangre, el sudor, las lágrimas...

—Dentro de la cultura cubana tú emerges junto con un grupo de escritores jóvenes, en la segunda mitad de la década de 1960 y que le dieron nuevos aires a las letras cubanas. ¿Cuál era la idea que ustedes y tú, en especial, tenían de la literatura? ¿Qué es para ti literatura?

—Cuando comencé a escribir mis primeros versos, la literatura para mí resultaba un refugio espiritual, donde dialogaba conmigo mismo y con los pequeños fantasmas que me rondaban al enfrentarme a la página en blanco. Escribía para consolarme de las pequeñas miserias que enfrentaba cotidianamente. Creo que era lo normal: un joven que descubre las primeras angustias existenciales: el amor, el odio, el temor a la muerte, el dolor y la soledad.

«Pero triunfó la Revolución y me lancé al torbellino revolucionario y en los primeros años de la década de 1960, más que escribir, lo que hice fue vivir, y después de convertirme en artillero, tener las primeras experiencias bélicas, participar en Playa Girón, en la lucha contra bandidos en el Escambray, estudiar en la URSS un curso militar, y luego servir varios años en las Fuerzas Armadas, cuando ingresé en la Escuela de Periodismo de la Universidad, descubrí que podía y debía evocar lo vivido, contar la historia, pero contarla de verdad, sin ocultar nada y como he dicho en algún otro lugar: hablar del coraje, pero también de la cobardía, hablar del amor, también del odio, incluso entre los revolucionarios, hablar del heroísmo, pero también de la traición. En otras palabras, esa era la estética de nuestra generación: decirlo sencillamente todo. Así era como pensábamos que podíamos ser más útiles a la Revolución, y a las generaciones que vendrían después de nosotros tendríamos la posibilidad de decirles: «Esta es la historia, esto fue lo que nos costó: sangre, sudor y lágrimas. Ahora que lo sabes, defiéndela».

—Se pudiera hablar de muchos de tus cuentos, pero quisiéramos referirnos especialmente a uno: La Noche del Capitán, uno de los más significativos. Allí se narra la historia de unos soldados que piensan que su jefe es un cobarde y al final se demuestra lo contrario. El relato está dedicado a Octavio Toranzo. ¿Quién era este hombre? ¿Qué relación tiene con esa historia, al punto de dedicársela especialmente a él? ¿La historia del cuento ocurrió realmente?

—Octavio Toranzo fue un capitán del Ejército Rebelde, muy joven, que dirigió la Escuela de Artillería de Milicias Comandante Manuel Fajardo, donde estudiamos los cursos de morteros de 120 milímetros. Era un oficial muy disciplinado, muy introvertido sobre todo con los subordinados: esa es la imagen que guardo de él. Durante los cursos se produjeron varios altercados con los milicianos, primero en La Cabaña y luego en la Base de Baracoa y muchos le atribuían la culpa a Toranzo.

«Luego de regresar de Playa Girón y sin saber que estaba cometiendo una falta de disciplina —sin pedir conducto reglamentario, que era lo correcto—, escribí al capitán una larga carta donde, a mi juicio, le explicaba las razones de los altercados y su responsabilidad en los mismos. Algunos compañeros dijeron que yo estaba loco y que eso podía costarme una fuerte sanción.

«Unos días después, el capitán me citó a la Base de Baracoa y cuando esperaba lo peor, me dijo que yo tenía razón en mi análisis y que había discutido mi carta con todos los oficiales de la Escuela. De repente dijo que él estaba mal de los nervios, abrió una gaveta de su escritorio y me enseñó numerosos frascos de pastillas. Entonces me contó que, a veces, cuando intentaba hablarles a los hombres, sufría un ataque de angustia y no podía seguir hablando.

«Conversamos ese día de muchas cosas, se estableció entre nosotros una corriente de simpatía y me percaté de que habíamos abierto un canal de comunicación, poco frecuente entre un capitán y un simple miliciano como era yo. Finalmente, terminó agradeciéndome la carta con un fuerte apretón de manos.

«Después de aquellos meses, algunos milicianos fueron desmovilizados y yo pasé a La Cabaña con el comandante Pedro Miret para estudiar una nueva arma: los lanzacohetes checos. Una sola vez más lo vi: yo iba a viajar en avión y llegando al aeropuerto de Rancho Boyeros, me crucé con el capitán Toranzo, que venía en un yipi. Nos reconocimos enseguida, él se bajó y me dio un abrazo. No lo vi más, hasta que algún tiempo después me enteré de que había muerto en un accidente automovilístico, lo cual sentí profundamente, pues lo consideraba un amigo cercano.

«Esto tal vez explique por qué ese cuento está dedicado a su memoria. Gran parte del cuento es ficción, pero es indudable que el personaje del capitán, tiene muchas características de Octavio Toranzo. El cuento es un verdadero homenaje a ese hombre que fue mi amigo».

El cuento escondido

—Tú atravesaste momentos muy complejos de la cultura cubana al final de la década de 1960, y sufriste muchas incomprensiones al punto de que te apartaron de la escritura y tus estudios universitarios. ¿Cómo atravesar situaciones tan difíciles sin ser derrotado y perder la dignidad? ¿Por qué nunca abandonaste la Revolución?

—Porque siempre me sentí profundamente revolucionario (¿acaso no había ofrecido hasta mi vida para defenderla?) y porque sabía que se estaba cometiendo una injusticia que tendría que ser reparada en algún momento. Yo tenía esa confianza. De todas formas, te confieso que fueron años verdaderamente agónicos: fueron cinco años en los que parecía que todas las puertas estaban cerradas, en que los razonamientos lógicos no tenían validez y yo sentía que había una especie de conjura del silencio alrededor de mi persona. Pero resistí. Y escribí. La literatura también me ayudó a sobrellevar ese peso sobre mis espaldas.

«Te recuerdo, además, que al quedar huérfano de padre a los 12 años, durante años limpié zapatos y portales, vendí periódicos y billetes de lotería, cualquier cosa donde conseguir unos centavos para sobrevivir en aquella sociedad. Nunca dejamos de estudiar y trabajar a la vez, gracias a mi madre que se convirtió en una leona para poder criar a sus cuatro hijos y otros tres hijos de mi padre. Pero entonces triunfó la Revolución y todas las puertas se abrieron y pudimos estudiar sin tantos sobresaltos, y todos supimos que la noche había quedado atrás, y el mensaje de dignidad, de justicia, de honradez de la Revolución caló en nosotros tan profundamente que ofrecimos hasta nuestras vidas para defenderla. Nunca me arrepentiré de lo que hice, y a pesar de que cometemos muchos errores y de que a veces nos parece que los caminos tomados no son los correctos y de que todo puede ser mejor, aquí estoy y aquí seguiré».

—En los últimos 50 años, la literatura cubana se ha movido entre la órbita de dos grandes como José Lezama Lima y Alejo Carpentier. ¿Crees que en Cuba puedan surgir escritores con obras que alcancen el nivel de esos maestros? Y si es así, ¿qué has visto en la narrativa joven que te hace pensar de esa manera?

—Yo creo que sí, si dijera lo contrario podrían acusarme de pesimista. Por supuesto que estamos en otro momento y las obras abordarán los asuntos posiblemente con una nueva manera de contar, con perspectivas diferentes, con técnicas novedosas que en nada se parecerán a un Siglo de las Luces o a un Paradiso. Cuando los que ahora comienzan adquieran la madurez suficiente, estoy seguro de que aparecerán los nuevos Siglos de las Luces o Paradisos. ¿Por qué estoy tan seguro? Pues porque poseen la cualidad más importante, yo diría decisiva: el talento.

—El Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, el cual diriges, en ocasiones ha sido atacado por quienes alegan que allí no se enseña literatura sino «tecniquerías literarias». ¿Qué responderías a esas personas?

—Les respondería que pregunten a los 900 jóvenes narradores que han pasado por sus aulas, a los que se ganan casi todos los premios literarios que se convocan en el país, a los que de alguna forma u otra el Centro les cambió la vida, como ellos dicen. El Centro Onelio no necesita que lo defiendan, lo hacen sus resultados, sus alumnos —algunos ya notables narradores— y también los que no resultaron escritores, pero terminaron siendo mejores seres humanos.

—Recientemente apareció una antología de tus relatos con un título para meditar: Cuentos completos. ¿Es que ya Eduardo Heras no volverá a escribir? ¿No tendrá el Chino un cuento escondido bajo la mesa? ¿Cuál es?

—Por supuesto que voy a seguir escribiendo, así que puede que el título sea un tanto apresurado. Después que siga publicando, cuando vuelvan a editar mis cuentos completos, parafraseando a Augusto Monterroso, voy a tener que cambiar el título y llamarlo: Cuentos completos y otros cuentos. Y bueno, ando dándole vueltas a un nuevo cuento, casi listo en la mente, pero me falta el narrador que, al parecer, por las dificultades que me pone, no tiene muchas intenciones de asomarse por el texto.

—Por último, si fueras a escribir las memorias de tu vida, ¿cuáles serían las tres anécdotas que nunca dejarías de contar?

—Me la pones bien difícil, porque tendría decenas de anécdotas para contar, pero así, sin meditar mucho, podrían ser: primero, la entrada en Jagüey Grande, a oscuras, la noche del 17 de abril de 1961 y la aparición de una viejita iluminada por una lamparita, diciéndonos adiós con un pañuelo blanco. Dos, la inolvidable conversación como de dos horas con Fidel, cuando organizábamos el primer curso de Universidad para Todos. Y por último, las tres partidas rápidas de ajedrez que jugué con el Che durante el Torneo Capablanca de 1963. Te reitero que quedarían muchas anécdotas, así que no me va a quedar más remedio que escribir mis memorias, que es un ruego que me hace tanta gente que me quiere.

Eduardo, muy joven, delante del Che en la Unión Soviética.

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