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Cuba libre

Diálogo con el director Jorge Luis Sánchez hacia el interior de su más reciente película, que será estrenada en el Festival Internacional de Cine de La Habana el próximo 4 de diciembre, en el Chaplin

Autor:

Jaisy Izquierdo

Jorge Luis Sánchez, el cineasta que en 2004 nos deslumbró con El Benny, vuelve a apostar por el cine de época, y esta vez se remonta mucho más atrás, al siglo XIX, en un período tan convulso y poco conocido como fue la guerra hispano-cubano-estadounidense. Así nos entrega en este Festival de La Habana su Cuba libre, un proyecto atesorado por más de 15 años y del cual habló entusiasmado con nuestro diario.

«Estoy contento con la película porque hacer una en cualquier parte del mundo es un acto complejo y en este caso más, porque es una producción que recrea un momento histórico específico, los dos protagonistas son niños y además implicó la participación de muchos extras», explica el también director de Irremediablemente juntos, y se libera a un diálogo en el que desempolva el cofre de sus recuerdos para remontarse al año 1998, cuando la obsesión de hacer esta obra comenzó a perseguirlo.

A la izquierda, Jorge Luis Sánchez, dirigiendo a los actores durante el rodaje. Foto: Juventud Rebelde

«Un día se me ocurrió la idea de poner a unos niños en medio de un contexto difícil, y el más complejo que encontré fue este, en el que se encuentran tres ejércitos diferentes en tierra cubana. En ese proceso fui a la hemeroteca de la Biblioteca Nacional, leí mucho, investigué mucho, pero sobre todo vi varios álbumes de fotos de la guerra, y eso para mí fue revelador.

«Descubrí que aquí vinieron hasta canadienses porque Estados Unidos reclutó voluntarios de ese país, trajo leñadores y también negros, los llamados soldados Búfalos. Aquí en Cuba estuvo como fotógrafo Hearst, el magnate de la prensa en el que se inspiró el Ciudadano Kane, y hasta Theodore Roosevelt. El que fue luego presidente de Estados Unidos se alistó al frente de los Rough Riders, la caballería que se enfrenta a los españoles en la toma de la colina de San Juan y recibe tremenda paliza —por cierto—, aunque a Roosevelt después lo condecoran con la Orden de Honor. ¡Nada, que se pueden hacer como 20 filmes más con este período! Cuando yo descubro todas esas imágenes en blanco y negro advierto que, desde el punto de vista de puesta en escena, eran una maravilla. Tocar la vida de ese pasado fue un impulso total y el guión lo escribí muy rápido».

—¿Cómo se puede persistir tanto tiempo en el empeño de realizar una película?

—Es un misterio también para mí cómo no se pierde esa idea de la cabeza, cómo no se evapora cada detalle que pensaste luego de 15 o 20 años, cómo es posible que un director pueda permanecer tanto tiempo con una película a cuestas… No lo sé, pero creo que no es solamente la perseverancia, sino también la pasión que uno siente por aquello en lo que cree. Y lo digo con autoridad porque El Benny lo escribí en el 95 y lo filmé en el 2004, Cuba libre la escribí en el 98 y la rodé en el 2014, Casals está esperando desde el 90 y no sé cuándo la pueda hacer, y otras más y más…

«Pero cuando uno está inmerso en un proceso creativo, lo va alimentando con la certeza de que algún día va a realizar ese filme. Por ejemplo, en 2002, fui jurado del Festival Santiago Álvarez en Santiago de Cuba. Un día me levanté por la mañana, salí a caminar, y de repente me vi frente a unas trincheras, con unos cañones y unas casamatas: ¡era el monumento a la Batalla de San Juan, que formó parte de la guerra hispano-cubano-norteamericana! Yo no sabía que eso existía, y me emocionó muchísimo porque me encontraba en un lugar que pertenecía a la película que yo soñaba realizar. Eran indicios que me daban la energía necesaria para seguir creyendo en mi proyecto. Luego cuando ya comenzamos a preparar Cuba libre, regresé con los actores a ese lugar, y visitamos también el Árbol de la paz donde el general estadounidense Shafter y el español Toral ponen fin a la guerra sin la presencia de ningún cubano, pues a Calixto García no lo dejaron entrar a Santiago.

«Son las certezas de un director, que es un ser humano que preserva en una caja fuerte su proyecto por el tiempo que sea necesario, porque cree en eso y sabe que lo tiene que hacer. Hasta que un día sale la película y nadie se imagina todo lo que está detrás de esos minutos que se proyectan en el cine».

—¿Por qué apuesta nuevamente por el cine de época, aunque esto implica una producción mucho más ambiciosa?

—Yo agradezco especialmente los esfuerzos del Icaic, porque aquí no hubo dinero de nadie más. Aunque sí contamos con el apoyo inestimable del Fondo de Bienes Culturales, con Jorge Alfonso (Chicho) al frente, y sus artesanos que elaboraron desde los asientos, las casas de campaña, las charreteras militares de los ejércitos, y miles de detalles más. También tuve la suerte de contar con un equipo de lujo que incluye a los actores y extras, la fotografía de Solís, el vestuario de Nanette, el trabajo que hizo Ernesto Sánchez con los fondos, el de Bernardo Falcón con la marcialidad  de cada ejército, y la producción de Yohamil para armar toda esta locura. Todos trabajaron mucho y superaron mis expectativas.

«A mí, entonces, la producción de Cuba libre me demostró que puedo hacer películas de época, que son las que realmente me gustan, y emprender ese viaje al pasado para proyectarlo en el presente. No estoy hablando de películas arqueológicas ni naturalistas, sino de esas que le permitan al espectador de hoy vislumbrar a través de ellas las claves contemporáneas».

—Precisamente su película, que se enmarca en los días de la guerra hispano-cubano-norteamericana, aparece justamente en este momento en que se retoman las relaciones entre Cuba y Estados Unidos…

—Este guión lo escribí hace más de 15 años e intenté convertirlo en un filme en dos ocasiones, hasta que finalmente se empieza a preparar en 2013. De repente, el 17 de diciembre de 2014, cuando ya la película estaba filmada y en posproducción, yo me levanto como todos los cubanos y me entero de que Cuba y Estados Unidos deciden conversar. Para mí fue una sorpresa tremenda porque algunas de las claves de por qué hemos sido adversarios mucho tiempo están en la película. Allí está el fruto de esa espera bien calculada de los norteamericanos que la materializan en el 98, cuando entran como aliados nuestros y terminan convirtiéndose en un ejército de ocupación. Es lo que yo digo, tú vienes a mi casa a ayudarme y de repente te quedas con mi casa y yo tengo que dormir donde tú me digas y hacer lo que tú quieras. Eso es funesto. Yo creo que ha sido uno de los acontecimientos más trágicos de nuestra historia. Sobre todo porque, a esas alturas, ya éramos una nación.

—¿Qué crees que pueda generar esta coincidencia?

—Todavía no lo sé, pues ahora es que la cinta empieza su camino, comercialmente, después del Festival. Pero creo que puede generar curiosidad. Lo más interesante sería que haga pensar a los cubanos sobre el destino de este país, y eso fue un objetivo mío sin saber que iba a venir un 17 de diciembre. Me gustaría que provocara en los espectadores un maremagno, un tsunami de preguntas, acerca de lo que queremos para Cuba y cómo conservar algo tan caro como ha sido para nosotros la independencia.

—¿Por qué cuentas la historia desde la mirada de dos niños?

—En mi filme ellos viven su inocencia en medio de un contexto terrible. Sale España, entra Estados Unidos, y esos niños están ahí, son manipulados, su inocencia es violentada. Y los niños son el futuro, ¿no?

—¿Cómo fue el trabajo con estos pequeños?

—Para mí fue memorable, aunque confieso que llegó el momento en que por poco digo que nunca más repetiría la experiencia. Tenía que filmar en un aula con veinte y pico de niños y cada uno de ellos era un volcán. Cuando estaban todos reunidos era demasiada la adrenalina. Concretamente con los dos protagonistas fue un trabajo agotador, pero me reconfortaba siempre que eran dos pequeños con un demonio artístico interno impresionante.

«A veces tenía que aguantar las emociones, porque ellos lo asumieron con mucha seriedad sin dejar de ser niños: bien inquietos, traviesos, y además consentidos por todo el equipo. ¡Imagínate! Pero agradezco a la vida el haberlos encontrado, porque son ellos los que soportan el 80 por ciento de la película».

—¿Cuánto trabajaste en la búsqueda de una veracidad visual que traslade al espectador al lejano siglo XIX?

—La película necesitaba un empaque visual, y te puedo asegurar sin falsa modestia que tiene, al menos, el que se quería lograr. Yo tenía a la gente de ambientación loca… Recuerdo, por ejemplo, que cuando armamos el campamento militar de los norteamericanos en el parque de Jaruco, les exigía mucho. Cómo no hacerlo, si ya yo había visto las fotos originales de aquel momento, y toda la visualidad la tenía bien detallada. ¡Casi te podría decir que alguna vez viví en el siglo XIX!

«Por eso esta película cuando fue presentada en el Día de la Cultura Nacional, se la dediqué a Humberto Solás. Ante él hay que quitarse el sombrero a la hora de retratar los siglos XVIII y XIX. Allí están el primer cuento de Lucía, Cecilia y El siglo de las luces. En esa rica tradición de nuestra cinematografía también se encuentran Manuel Octavio con La primera carga al machete, Fernando con José Martí: el ojo del canario, Titón con La última cena, Massip con Baraguá, Giral con Maluala y Rancheador, y otras. Un excelente pedigrí de obras que recrean esos siglos, y que ponen a uno la parada muy alta».

—También le dedicaste la película a tu bisabuelo…

—Era un homenaje postergado. Simeón Armenteros y Calvo no solo fue el bisabuelo del gran Benny Moré, sino también fue un valeroso coronel del Ejército Libertador, que peleó a las órdenes de Antonio Maceo. En él se unen mis dos películas.

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