Mi destino fue seguirlo a todas partes

Roberto Chile trabajó muy cerca de Fidel, registrando  momentos no solo de la vida del líder, sino también de la historia de un país

Autor:

Lourdes M. Benítez Cereijo

Cámara de video al hombro y con el corazón vigilante anduvo el cineasta Roberto Chile durante más de dos décadas junto al Comandante en Jefe Fidel Castro, registrando para la posteridad momentos no solo del quehacer del líder revolucionario, sino también de la historia de un país.

Foto: Kaloian

Innumerables fueron los momentos en los que Chile quiso fotografiar a Fidel, pero no podía. Se puede ser egoísta como artista, pero como revolucionario no, dice. Y su deber era filmarlo, no retratarlo. «Hubo un tiempo en el cual no fue tan imprescindible que grabase. Por decisión propia le di a uno de mis compañeros más cercanos la videocámara y tomé cientos, miles de fotos.

«El 28 de septiembre de 2010, cuando Fidel usó la gorra con una estrella solitaria en la frente, logré algunas imágenes que me emocionaron y supe que debía hacer un ensayo fotográfico; entregar una ofrenda más de admiración». Fue de esa manera que nació la muestra Fidel es Fidel y Chile logró saldar una deuda personal y artística, «para detener en el tiempo el símbolo épico de un hombre ícono de los que luchan toda la vida».

Pero Roberto Chile, quien amablemente accedió a recibir a JR en su casa, retrocedió en el tiempo y nos llevó con su palabra pausada hasta aquel día en que vio por primera vez a Fidel.

«Corrían los años 80 y preparábamos una serie de filmaciones sobre los expedicionarios del Granma. El doctor José Millar Barruecos, entonces secretario del Consejo de Estado, una persona a quien admiro, aprecio y agradezco mucho, nos informó que tendríamos una visita inesperada. Se abrió una puerta, entró un escolta y luego pasó Fidel. Te confieso: la cámara no tomaba foco, no había manera que lograra enfocar, hasta que por fin entré en situación y pude filmar. Pasó mucho tiempo para que volviera a verlo. Pero aquel día fue una suerte de anuncio de lo que vendría después».

—¿Cómo llegó la oportunidad de trabajar como su camarógrafo personal?

—Por idea de Celia Sánchez se iba a crear un equipo de filmación que siguiera las actividades del Comandante en Jefe. Alguien pensó en mí para formar parte de ese colectivo. Un grupo de compañeros que esporádicamente registrábamos su quehacer empezó a trabajar en el Consejo de Estado. Luego, las grabaciones se tornaron más frecuentes. Entonces, por iniciativa de él se decidió buscar a un camarógrafo que fuera a la cayería norte de Ciego de Ávila a filmar las obras de los pedraplenes, para tener constancia histórica de las labores. Yo estaba con los matules listos y los equipos dispuestos para salir esa madrugada a cumplir la misión.

«Esa noche vino Fidel, se acercó, se detuvo delante de mí y con esa intuición suya preguntó: “¿Ya tenemos al camarógrafo que parte mañana para los cayos?”. Le respondieron que estaba todo listo y poniéndome la mano en el hombro dijo: “A Chile no me lo manden, que Chile anda conmigo”. A partir de ese instante me mezclé con él. Te voy a ser sincero: no me dijo Chile, sino “a él no lo manden”. Entonces no conocía ni mi nombre. Buscaron a otro que me supliera y me di cuenta de que la cosa iba en serio, que mi destino sería seguirlo a todas partes».

—¿Qué sintió cuando tomó conciencia de eso?

—Una enorme responsabilidad, pero también que había logrado algo muy añorado: trabajar cerca de Fidel.

—Más de dos décadas de trabajo junto al Comandante… ¿Puede decirse que se convirtió en su amigo?

—Por supuesto, aunque uno tiene amigos y amigos. Algunos se tutean y se visitan en casa. Hay otros que se respetan más por su grandeza y magnitud. Fidel en definitiva era mi amigo en el sentido de que era alguien a quien yo apoyaba, con quien conversé porque preguntaba y quería saberlo todo, con quien compartí momentos importantes de nuestra vida, recorriendo Cuba y gran parte del mundo durante muchos años.

—¿En alguna ocasión le cuestionó su trabajo o se lo halagó?

—En algunos casos pidió algo y nosotros le dijimos que podía ser de otra manera y aceptó. A veces nos llamó directamente, sin intermediarios, para decirnos lo que pensaba. Porque no era hombre de dar órdenes a un jefe de departamento para que ese nos llamara. Él se comunicaba con sus compañeros, no esperaba por los conductos reglamentarios. Eso te daba la oportunidad de decirle, de opinar. Realmente, como bien ha dicho Eusebio Leal, tenía la capacidad de escuchar. Pero no escuchaba tonterías, sino argumentos, ideas, sueños, maneras de afrontar una obra.

«Siempre estuvo muy lejano de la banalidad. Podía haber un momento de un chiste, un cuento, una anécdota; pero nunca lo vi hablando de cosas que no fueran importantes para la existencia de los cubanos, esencialmente. Siempre que se detenía y participaba en una conversación era tratando de arreglar el mundo. Era un hombre así…».

—¿Sencillo?

—Es muy difícil ser sencillo con tanta grandeza. No se creía lo que él es. Con tanta grandeza jamás pasas inadvertido, jamás llegas a un lugar donde nadie se sorprenda, jamás dices algo que no sea escuchado. Siempre causaba conmoción, dondequiera que llegaba armaba una revolución. La gente siempre quería estar cerca de él, tocarlo, hablarle, que él escuchara alguna anécdota, y no por adularlo, sino por admirarlo. Su personalidad era tan inmensa que absorbía el espacio, y sin quererlo.

—Si tuviera que escoger el mejor y el momento más malo vivido junto a Fidel...

—El más emotivo, desde el punto de vista patriótico, fue un discurso que dio en el Consejo de Estado, en un momento malo que atravesaba el país y dijo: «Mientras quede un solo cubano que esté de acuerdo conmigo, con la Revolución, yo no lo abandonaré, continuaré en la lucha». Ese día supe que jamás estaría solo, porque él era capaz de darlo todo por una persona.

«El más duro fue cuando me tocó grabar el momento en que firmó la Proclama del Comandante en Jefe al pueblo de Cuba. Cualquiera pudo pensar que era el final. Nos llamó y nos pidió que dejáramos constancia fílmica por si hiciera falta, pensando que si él moría, los enemigos pudieran argumentar que aquello era una falacia. Tras firmar el documento, nos dijo mirándonos a la cara que no nos desanimáramos, que debíamos luchar y defender la Revolución hasta la última gota de sangre. Yo le respondí: ¡Viva Fidel! Él se emocionó mucho y los que estábamos allí también... estuvimos ahí, acompañándolo y compartiendo ese minuto. Por suerte pasó todo y vivió diez años más».

—Una vez le escuché decir «si volviera a nacer pediría hacerlo en Cuba y en los tiempos de Fidel», ¿por qué?

—Porque Fidel es un ejemplo de vida, como ser humano. Más allá de las ideas que otros no puedan compartir, tiene el amor de millones, el reconocimiento de los pueblos, y así lo demuestran los homenajes por el cumpleaños 90 y los tributos póstumos que desde cualquier lugar del mundo le hacen quienes creen en él. Lo dice la máxima martiana: «Amor con amor se paga», y él está recibiendo el amor que dio.

«Fidel deja gran preocupación por el ser humano, vocación por la justicia, ejemplo de lucha por el bienestar de la Patria y del mundo. Nos deja su tenacidad, su valentía, su inteligencia, su perseverancia, el ejemplo de ser uno de los hombres más extraordinarios de todos los tiempos».

—Gran parte del pueblo cubano tiene de Fidel una representación que se ha conformado gracias también a esas imágenes que usted inmortalizó en fotos y videos. Pero para alguien que lo «tocaba» con el lente, ¿cuál es la impresión personal?

—He estado tan cerca de Fidel como lo estuvo el pueblo. No puedo decir que haya estado más próximo. El Fidel que conocieron los cubanos es el mismo que yo transmití. No me inventaba un Fidel, no había otro diferente a aquel que le daba la mano a un niño, que ponía la mano encima de la cabeza de una anciana o en el hombro de un trabajador, que le tocaba el pecho a un enfermo, que se le empañaban los ojos al ver a alguien que lo había perdido todo durante un ciclón, que felicitaba a un contingente por la obra bien cumplida, el que estaba con el país en momentos de festejo y de peligro, que era capaz de jugarse la vida por un ideal, el que no daba marcha atrás aun cuando todos lo habían hecho (hablo de la caída del campo socialista). El Fidel que hemos mostrado no solo yo, sino todos los que lo hemos filmado, es el Fidel de todos, el de siempre, el del pueblo cubano, el del mundo.

—«Mi don es perpetuar con mis ojos lo que ve mi corazón», ha dicho usted. ¿Qué imagen quedará en su corazón tras la partida física de Fidel?

—La imagen de mi corazón… (Baja la mirada). Estuve en la Plaza de la Revolución durante estos días y no me llevo como último recuerdo una fotografía, flores, silencio, bandera a media asta, filas de personas tristes, despedidas… Me llevo una plaza llena, con un Fidel vestido de verde olivo, con su charretera de Comandante en Jefe, defendiendo las ideas como él sabía hacerlo en cada uno de sus discursos. Me llevo el pueblo victorioso, enérgico y viril, gritando enardecido: ¡Viva Cuba libre! ¡Hasta la victoria siempre!

«El Fidel que quiero conmigo, es el mismo que, cuando me paraba delante de esa fotografía de Alberto Korda en el Memorial José Martí, me susurraba al oído: Chile, ¡al combate!».

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