Un día en el solar con sillas y parientes

La comedia de Karelia Bécquer El solar de Mongo Fiera se inserta dentro del costumbrismo y resucita una línea genérica que tiene no pocos seguidores

Autor:

Frank Padrón

No hay que moverse del Centro Cultural Bertolt Brecht para recibir diversas propuestas escénicas. El solar de Mongo Fiera, por el grupo Musical Habana; Viaje a la ceniza, de Teatro Gaviota e (In)comunicaciones, a cargo de El Paso Teatro, se presentan en las diversas áreas del complejo los fines de semana en los horarios habituales.

Por el colectivo que dirige Alexis Vázques, la comedia de Karelia Bécquer El solar de Mongo Fiera (que ella misma pone en escena) se inserta de lleno dentro del costumbrismo que cierto teatro bufo privilegió durante el siglo pasado, pero que ha decaído un tanto en los nuevos tiempos, por lo cual se agradece la resurrección de una línea genérica que indudablemente tiene no pocos seguidores, a juzgar por la notable asistencia de público a la sala Tito Junco.

Solo que, a estas alturas, se espera un tanto más de elaboración y (pos)modernidad a la hora de recrear, como es el caso, vida y tipos populares que integran una comunidad de esas que aún abundan en la capital y en muchos lugares del país.

Valga anotar como puntos a favor de El solar… la agilidad del relato, que consigue una complementaria dinámica en la puesta, la cual logra mover ese protagonista coral que integran las distintas personalidades de quienes habitan en la ciudadela, así como los bien insertados números musicales y las coreografías. Sin embargo, no puede pasarse por alto la cantidad de estereotipos, lugares comunes y tópicos que siguen estancando una expresión que, a todas luces, demanda de tratamientos renovadores.

Los gastados enfoques sobre la diversidad sexual, las manifestaciones de religiosidad popular y hasta los binarismos de villana(o)s/personajes positivos, afectan una proyección del musical costumbrista a tono con los nuevos tiempos. Si a ello se suma la irregularidad en los desempeños del elenco (Luis A. Ramírez, Ludmila Alonso, David Alberich y Robertico Herrera, entre otros, algunos francamente sobreactuados o llenos de tics, concluiremos que la comedia, tanto en escritura como en puesta, demanda más de un cambio.

Viaje a la ceniza, de Teatro Gaviota, partió de un singular texto del español Alberto de Cassoque, que adaptó y dirige Lilian Dujarric. Otra «historia de las sillas» muy diferente de la que plasmara Silvio en su hermosa canción encontramos aquí: muebles humanizados que contemplan (y padecen) los desmanes de una familia disfuncional integrada por una madre hippie y alcohólica y dos hijas, una discreta y aplicada, la otra explosiva y violenta, sobre las cuales gravita un hombre que ha marchado y más de una apariencia falsa, secretos y mentiras que se irán develando a lo largo de la trama.

Obra rica en sugerencias y subtextos, de apreciable diseño caracterológico, que ponen más de un dedo en llagas que padecen las relaciones interfamiliares y humanas en general, la puesta de Berenjena resuelve imaginativamente tanto vestuarios y figuraciones (sobre todo el de las sillas) como elementos escenográficos, a cargo de Luis Enrique Pérez (Güicho) dentro de una puesta que invita a la reflexión y logra hallar el punto medio dentro de su tono tragicómico.

Aquí el lado débil se ubica dentro de ciertas actuaciones; si las elocuentes y maduras sillas encuentran (sobre todo en Adrián Morales) desempeños equilibrados y seguros, en la familia se aprecian o excesos — en el caso de la madre de Migdalia Ferrer, personaje cuya fuerza no necesita de aquellos— o cortedades (en la Ainhoa de Yura López, un tanto más amoscada al principio de lo que requería su rol).

Pese a todo, se trata de un montaje estimable, como lo es sin dudas (In)comunicaciones, por El Paso Teatro, el cual también se introduce en los laberintos de la familia, en este caso cuñada(o)s que se reúnen para sacar «trapos sucios» y lanzarse a la cara rencores y quejas.

Ya sea criterios diversos en torno al patronímico que llevará un próximo miembro de la familia (en lo que Harold y Daysi, los directores, parten del filme francés Le prénom) como inconformidades sobre tratos y maneras de llevar la vida de cada cual, estos parientes se fajan, se insultan y… se quieren pese a todo, como ocurre, literalmente, en las mejores familias.

Se aprecia un notable nivel actoral tanto en los hombres como en las mujeres —estos alternan en días de funciones con variaciones sobre el tema— y, siguiendo la línea de este colectivo, hay una sana interrelación con el público, no solo en el debate final sino durante la puesta. Sin embargo, siendo honestos, esta vez se echa de menos un mayor y mejor intercambio con los espectadores-visitantes a la presunta sala de la casa de uno de ellos (el vestíbulo de la Tito Junco) comoquiera que aquellos prácticamente se reducen al habitual reparto de alguna bebida y chucherías.

Como se trata de un perenne work in progress —con la anunciada fusión de ambos elencos para próximos meses— esperemos que la puesta se enriquezca y gane. Por lo pronto, resulta motivadora en sus cuestionamientos a la complejidad de las relaciones parentales.

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