Un hidalgo de la música clásica

Virtuoso pianista, profesor y Jefe de la Cátedra de Piano de la Universidad de las Artes, Ulises Hernández Morgadañes es además productor de numerosos discos, compositor de bandas sonoras para cine, y fundador y director del Lyceum Mozartiano de La Habana

Autor:

Alejandro A. Madorrán Durán

Virtuoso pianista, profesor y Jefe de la Cátedra de Piano de la Universidad de las Artes (ISA), productor de numerosos discos, compositor de bandas sonoras para cine, fundador y director del Lyceum Mozartiano de La Habana, Ulises Hernández Morgadañes es uno de esos seres incansables para quienes el tiempo y el talento constituyen regalos que no deben ser desperdiciados. «A veces la salud me pasa la cuenta porque me involucro en muchos proyectos a la vez, pero es que siento placer trabajando y, por suerte, me acompañan las energías para hacerlo», dice sonriendo satisfecho.

Al preguntarle cómo saca fuerzas para desarrollar una obra tan prolífica y tener aún a su cargo tantas responsabilidades, nos responde: «Ciertamente no sé cuál es la razón para sentirme con este deber de transmitir lo que he aprendido, pero pienso que es algo con lo que se nace. También pudiera deberse a que tengo una formación cristiana, en la cual se me ha inculcado desde muy chiquito que Dios es amor, y que uno está en la vida para dar y no solamente para recibir».

De Ulises también son propias la tenacidad y la paciencia, virtudes esenciales para quien aspira a convertirse en pianista, una profesión a la cual, dice, hay que entregarse como a un sacerdocio. Desde pequeño descubrió su pasión por la música, en un conservatorio particular, en su pueblo natal Unión de Reyes, en Matanzas, a donde iba para acompañar a su hermana. «Ella no tenía mucho interés, pero a mí me empezó a gustar. Las maestras lograron convencer a mis padres para que yo recibiera las clases, y así comenzó todo…

«En la adolescencia me enrolé en un combo, como se les decía a los grupitos de música en los años 60 y 70. Aunque tenía diez años y los del grupo eran unos zangaletones de 16 y 17 años, me aceptaron porque mi estatura me hacía aparentar más edad y ellos necesitaban un pianista.

«Sin embargo, llegó el momento en que me dije que si quería dedicarme a la música debía estudiar, y comencé en la Escuela Provincial de Arte en Matanzas. Fue un proceso muy largo porque tuve que entrar primero en artes plásticas y después tocar clarinete, para poder llegar al piano al final. Luego me trasladé para La Habana y con 14 años entré en el nivel medio en la ENA (Escuela Nacional de Arte) para más tarde ingresar en el ISA.

«Dos años después de graduarme, en 1984, ya estaba participando en mi primer festival, en Venecia. Después llegaron invitaciones para tocar en Francia, Argentina y en España. Por ese tiempo también comencé a realizar grabaciones de las obras cubanas. El primer disco importante que hice se llamó Cervantes cuatro pianos.

«Le seguiría Danzoneo, el cual, por primera vez, recoge danzas y sones de Carlo Borbolla, un importante compositor cubano que había sido editado en los años 20 del siglo pasado, pero su música había quedado solo en papel. También en ese disco, registrado por Bis Music, interpreté música de Alejandro García Carturla y de Ernesto Lecuona.

«Con el sello Unicornio salió el fonograma Todos los Nocturnos de Chopin, para el que invité a mi profesor Frank Fernández, a Liana, su hija y a Víctor Rodríguez, mientras que con el CD Cinco conciertos para piano de Heitor Villa-Lobos, Gran Premio Cubadisco, tuve la oportunidad de defender el segundo de los cinco conciertos grabados y al mismo tiempo asumir la producción discográfica y la puesta en escena de todos, los cuales fueron tocados por la Orquesta Sinfónica Nacional».

—Además de contar con una extensa obra como intérprete y productor, usted es fundador y director del Lyceum Mozartiano de La Habana, cuya orquesta participó recientemente en el Festival Artes de Cuba, en el Centro Kennedy, en Washington.

—En 2008 presenté un DVD, que también fue ganador del premio Cubadisco, titulado Mozart en La Habana, en el cual aparecen diez pianistas interpretando todas las sonatas y las fantasías que el genial compositor escribió para piano. Coincidió que visitaba Cuba el presidente de la Fundación Mozarteum de Salzburgo, en Austria, a quien le obsequiaron los DVD. Como les gustaron mucho, porque no existía en ese momento videos que recogieran esa parte de la obra de Mozart, me pidió que me presentara en Salzburgo, donde realicé un pequeño concierto. Entonces la Fundación me propuso la idea de crear una filial en Cuba. A esa propuesta sumé la de fundar una orquesta que funcionara como una escuela, que se implicara en la formación de los jóvenes estudiantes.

«Eusebio Leal nos cedió un espacio en el Centro Histórico para instalar nuestra sede, donde nos encontramos desde la creación del Lyceum, el 27 de enero de 2009. Allí contamos con una mediateca donde se encuentran muchos materiales para investigar. También realizamos conciertos habitualmente. Asimismo, colaboramos con la comunidad en el proyecto Rutas y Andares de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, organizamos el Festival Mozart Habana en el mes de octubre... En resumen: desarrollamos no pocas iniciativas y cada vez aspiramos a más».

—Debe haber sido un honor el poder actuar en el Centro Kennedy… ¿Cómo fue esa experiencia?

—Desde hacía tres años los especialistas del Centro Kennedy habían estado visitando la Isla para realizar la curaduría de este festival. La orquesta del Lyceum ya había llevado adelante una gira muy exitosa por Estados Unidos, por lo cual les fue muy fácil rastrear en Internet las excelentes críticas que recibimos, además de que asistieron aquí en Cuba a varios de nuestros conciertos, y eso los motivó mucho. Finalmente invitaron a la orquesta, al guitarrista Alí Arango y a mí, como pianista, con la alta responsabilidad de defender la música clásica cubana. 

«Además de estar en la gala inaugural, protagonizamos una presentación el 9 de mayo para distintas escuelas y conservatorios, a manera de un concierto didáctico sobre la música cubana. Al día siguiente ofrecimos un gran concierto en el Teatro de la Terraza, con un público que entendió desde el principio lo que estábamos haciendo. El repertorio escogido era casi desconocido en Estados Unidos. Su selección se basó en obras compuestas a partir de la década del 50 del silgo XX hasta la actualidad, cuyos autores son menos difundidos.

«Yo estrené un grupo de los bocetos para piano de Leo Brouwer. También hicimos la presentación inédita de obras de Jenny Peña, una joven compositora miembro de la orquesta del Lyceum. Se tocó la excelente pieza Guaguancó, de Guido López Gavilán, así como algunas de Carlos Fariñas, un compositor fallecido en 2002.

«Elegí también obras de la compositora Gisela Hernández, cuyas partituras corresponden a la década del 50, con ritmos del zapateo, de la guajira, toques de claves, un tipo de música que nos distingue mucho, además de que era lo que esperaban escuchar de nuestra música».

—Algunos de seguro se sorprendieron al descubrir tanta riqueza en la música clásica cubana…

—Justamente eso fue lo que más sorprendió. Porque, además, nuestra música clásica no se aleja de la popular en el sentido de que también te puede invitar a bailar por momentos. Lo que sucede es que lleva una elaboración diferente, hay algo más sofisticado en el tratamiento orquestal que se diferencia de otros tipos de agrupación. Es una música que impacta. El nivel de los instrumentistas es muy alto y cuando improvisan o hacen efectos con sus instrumentos, algo de lo cual solo son capaces los virtuosos de los instrumentos de cuerdas, eso llama mucho la atención.

—Es una realidad que la música clásica no es la más difundida… ¿Cuáles son sus aspiraciones?

—Aspiro a que cada vez la gente la conozca más. Porque cuando tú la conoces y decides que no te gusta, para mí está claro que ha sido una elección de preferencias. Sin embargo, si no pasa así hay un problema. Y la prueba está en que cuando hemos hecho una programación con los niños, con sus padres y abuelos, se han dado cuenta de que sí les gusta, aunque, claro, no esperamos que escuchen de golpe todas las sinfonías de Beethoven.

«También estoy convencido de que existe música para todos los momentos, y no siempre la música es para bailar, ni para cantar, a veces es solo para escucharla, para meditar, para comer, para enamorar…».

—¿Qué nuevos proyectos tiene como músico y como director del Lyceum?

—Estoy terminando la producción de ocho discos con la obra de los compositores de Renovación musical, como Harold Gramatges, Hilario González, Argeliers León, Edgardo Martín, y, de manera muy especial, de Gisela Hernández, de quien encontré una composición inédita, dirigida a los niños, en sus originales, en el Archivo Nacional.

«Con respecto al Lyceum los proyectos son muchísimos. Queremos crear una orquesta infantil de la comunidad. Ese es el más difícil, porque se debe realizar la captación y después buscar los instrumentos. Estamos hablando de no menos de 50 violines, de chelos, etc., pero no pierdo la esperanza… 

«También pretendemos reparar y mejorar las condiciones del Lyceum, sobre todo la sala de conciertos y las aulas, para poder mantener el mismo nivel que hemos logrado durante esta década, cuyo aniversario estaremos celebrando en enero próximo». 

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