A los bateadores hay que subirles la parada

Lázaro Santana Herrera, el brazo de hierro de los equipos avileños y camagüeyanos durante muchos años, opina que el pitcher es quien manda en el terreno

Autor:

Juventud Rebelde

Aunque ya no muele, el Central Venezuela, en Ciego de Ávila, todavía seduce al visitante. Ahora la vida allí es diferente, pero la gente se adapta poco a poco a los nuevos tiempos.

Lázaro Santana, el brazo de hierro de los equipos avileños y camagüeyanos durante muchos años, nos recibió con una sonrisa y café caliente. «Esto ya es un lujo en La Habana», dice nuestro fotógrafo, cafetero a más no poder.

Santana es un gran conversador, dicharachero nato. Así, el diálogo fluye enseguida.

«Llegué a las series nacionales en 1964», recuerda. «Muchos de mis compañeros en el equipo Cuba juvenil tuvieron que jugar la segunda categoría, pero yo pasé directamente a la serie nacional, con Granjeros. Ese año trabajé 14 entradas nada más.

«En la temporada siguiente (1965-1966) me hice pitcher de verdad con Roberto Ledo, quien me pidió como refuerzo de los Orientales. Entonces gané nueve juegos y perdí cinco. Recuerdo que discutimos el campeonato con Industriales».

—Usted no fue un pitcher veloz. ¿Cuál era su principal arma como lanzador?

—Mi velocidad promedio era de 86 y 87 millas, así que estaba más o menos en la media. Pero yo dominaba mucho la zona de strike.

—¿Cómo lo logró?

—Entrenando mucho. Yo terminaba de lanzar y corría 15 kilómetros. La tarea de un lanzador es entrenar, entrenar y entrenar. Sobre todo las piernas. Recuerdo que también lo hacía uno de los grandes lanzadores de La Habana, Lázaro de la Torre, quien usaba el número 27 igual que yo.

—Específicamente, ¿cómo mejoró su control?

—Lanzando en las prácticas, algo que no se hace ahora. Si voy a tirar 60 o 70 lanzamientos, mejor lo hago frente a los bateadores de mi equipo que en el bull pen. También hay que fijarse en el contrario. Yo estudiaba a mis rivales en la práctica de bateo.

—Dicen que usted escondía bastante la bola. ¿Es cierto?

—Bueno, siempre trataba de que no me adivinaran nada. Ahora los lanzadores enseñan mucho el agarre de la bola. Además, abusan de su mejor arma, aunque estén ganando por muchas carreras. Mira, el tenedor no se tira por gusto, ni el cambio de velocidad. El único pitcher que podía tirar el tenedor cuando quería era Rogelio García.

—¿Quién decide qué lanzamiento se tira? ¿El pitcher, el receptor o el manager?

—Si el lanzador es novato o tiene poca experiencia, pueden llevarle el pitcheo desde el banco. Pero ahora no dejan pensar a nadie. Cuando tú calientas antes del juego sabes cómo tienes la recta, la curva o el tenedor. El manager puede decirte que tires curva, pero eres tú quien sabe si puede ser o no. Después los palos te los dan a ti. Claro, cuando tú tienes un receptor bueno, tiras lo que te pida con los ojos cerrados.

—¿Con cuál receptor usted se sintió mejor?

—Yo tuve varios receptores muy buenos. Apunta: Albertico Martínez, Lázaro Pérez y Pedro Medina. Pero Juan Castro me daba más confianza. Fue un maestro. Ahora sin dicusión hay que hablar de Ariel Pestano.

—¿Es verdad que usted tiraba pelotazos?

—(Se ríe) Mira, el lanzamiento más difícil que hay en el béisbol es la bola pegada. Pero ahora no se puede lanzar pegado, porque enseguida empieza la cosita. Yo tengo muchas anécdotas. Una vez me llamaron los cuatro árbitros en Camagüey y me dijeron: oye, compadre, ni un pelotazo más.

«Pero en el terreno el pitcher es el que manda. Ahora se lanza mucho para afuera y los bateadores se preparan porque lo saben.

«Una vez le pegué la pelota a Anglada y después él fue a decirme cuatro barbaridades en el comedor. La pelota era así. En otra ocasión Tony González empezó a gritarme porque le pegué la bola a Ricardo Lazo y después tuvo que agacharse las cuatro veces que vino a batear».

—¿Qué lanzamiento usted tiraba en conteo de dos strikes sin bolas?

—En dos y cero tú tienes que sacar la bola tuya, no te puedes poner a inventar. Si tu fuerte es la curva, tírasela, pero no al medio sino contra el suelo. Lo mismo en tres y dos. Ahora los lanzadores se regalan. Yo terminaba el juego y parecía un camello, por las curvas que tiraba.

—¿Usted se retiró por decisión propia?

—Más o menos. Podía haber llegado a las 20 series nacionales, pero escuché comentarios feos en la calle. Hasta un dirigente dijo: ya hay que retirar a Lázaro. Por eso me convencí. Lo más bonito es que cuando termines tu carrera te quede un récord bueno. Me retiré con un promedio de 2,35 carreras limpias por juego en 17 series, prácticamente lanzando casi todos los días.

—¿Cómo le ha ido después del retiro?

—Pasé dos años sin jugar y luego me integré a la Liga Azucarera. Estuve activo como cuatro o cinco años aquí en el central. Más adelante cumplí misión en Venezuela y ahora estoy jubilado.

—¿Ha trabajado con el actual equipo de Ciego?

—No. Nunca me han invitado. Ni siquiera para que aporte mi experiencia, o ayude en algo, sin estar en el equipo.

—¿Por qué su hijo Lázaro se fue para Sancti Spíritus?

—Él jugó la serie provincial en Ciego, pero no lo llamaron al entrenamiento. Entonces me dijo que quería irse para otra parte. Yo le expliqué que no podía hacerlo sin contar con la dirección del INDER en Ciego, así que fui y pregunté si había tenido alguna indisciplina, o cualquier problema. Me dijeron que no y entonces hablé con Lourdes Gourriel, a quien le agradezco mucho. Él y yo somos amigos, pero le aclaré que lo llevara solo si se ganaba el puesto. El año pasado, entre victorias y juegos salvados, aportó bastante.

—¿Qué le pasa al equipo de Ciego que no acaba de cuajar, como se dice por ahí?

—Tenemos la mejor defensa de Cuba y en lo demás tampoco somos segundos de nadie, aunque a veces el pitcheo se nos va un poquito. Hay que buscar una rotación estable, porque no puede ser eso de que tú abres hoy y relevas mañana. Yo temblaba cuando tenía que cerrar, con la candela ardiendo. A eso hay que acostumbrarse.

—¿Cuál fue su mejor momento en la pelota?

—Cuando integré por primera vez el equipo Cuba, en 1969.

—Después no hizo más el equipo principal hasta el Campeonato Mundial de Italia en 1978. Pasó mucho tiempo. ¿Por qué?

—Nunca lo supe ni lo sé todavía. No me llamaban y punto.

—Usted tiene un récord de más hombres retirados en forma consecutiva. Hábleme sobre eso.

—Primero fue contra Henequeneros. Relevé a Florentino Alfonso con las bases llenas, vino Tomás Soto y me dio tubey. A partir de ahí retiré a 27 hombres en forma consecutiva, pero perdimos. La otra vez fue contra Vegueros. Allí retiré a 29 bateadores en línea recta. Pero también perdimos. Ese récord lleva casi 40 años.

—¿Quién fue el bateador más difícil para usted?

—Pedro Medina. Él fue mi papá, como se dice popularmente. Creo que los batazos más grandes que me dieron en la pelota me los dio Medina. No sabía cómo lanzarle. Tiraba y me agachaba. Siempre pensaba lo mismo: dame por donde tú quieras. También me bateaba con libertad Lázaro Cabrera, el primera base de Pinar del Río.

—Ahora se dan tantos jonrones como con el bate de aluminio. ¿Está de acuerdo?

—Sí. El pensamiento técnico-táctico de los lanzadores actuales es malo. Ahora cada equipo tiene dos entrenadores de pitcheo, pero hay menos interés. En mi época se jugaba con más amor. Recuerdo que perdí un juego 1-0 con Industriales en Camagüey, por un quieto que el árbitro cantó en primera base, y no sé a quién se le ocurrió pedir un bocadito. Muchacho, Vicente Díaz le dio una patada a la caja de la merienda y volaron todos los bocaditos. Ya eso no existe. Ni siquiera ha terminado el juego y ya se quieren comer los bocaditos, o el refresco. Hasta hablan por el celular sentados en el banco.

«Nosotros pasamos trabajo, la verdad, en el sentido de que no teníamos tantas comodidades. Recuerdo que a la hora de bañarse no había dios que le entrara al agua fría del estadio Sandino.

«Claro, ahora también se agota la gente con tantos juegos a la semana. Ya casi no hay juegos de noche y se descansa menos. Ese “viajeteo” no es fácil en una Yutong chiquita; llegas mata’o».

—¿Qué cambiaría usted de la pelota cubana hoy?

—Debemos hacer una serie Selectiva, agrupar a los mejores peloteros. Pienso en cuatro o seis equipos como había antes. A los bateadores hay que subirles la parada. Por eso nos «matan» a veces los lanzadores allá afuera.

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