De la calle y pa’la pista

Cual el Ave Fénix el capitalino Ernesto Blanco retornó en 2014 al mundo de las pistas y, dos años después, le regaló a su familia y a Cuba un oro paralímpico, al ser el más rápido de la vuelta al óvalo en Río 2016 en la categoría T46

Autor:

Javier Rodríguez Perera

Veintidós llamadas realicé a su número de móvil y siempre la voz de apagado o fuera del área de cobertura era la única respuesta. Por una semana me sentí como los muchos atletas que han respirado a la zaga de Ernesto Blanco. No había manera de dar con el paradero del campeón paralímpico de Río de Janeiro 2016, pues ni teléfono fijo tiene, ni yo disponía de la dirección exacta de su casa.

A medias tintas, su entrenadora Miriam Ferrer me indicó la dirección de su discípulo. Pero lo que no sabía Ernesto es que preguntando se llega a Roma, en este caso a su apartamento, en uno de los 12 plantas de Altahabana, reparto del municipio capitalino de Boyeros. Toqué a la puerta, no estaba, pero ya lo más dificil lo había pasado, por lo que le dije a su madre María Teresa que lo esperaría. Hasta que llegó y me dijo que tenía el móvil roto, la «treta» más predecible de todas. Al final de nuestro diálogo me ratificó lo consabido: «Apagué el celular porque no me gustan las entrevistas».

Esa alergia hacia el intercambio con la prensa no convierte a Blanco en una persona apática. Todo lo contrario. Nuestro extenso diálogo transcurrió con la familiaridad de quienes se conocen por muchos años, al menos esa fue mi impresión. Sus palabras lisas y naturales me sacaron sonrisas a intervalos y mientras lucía dientes de oro, reconoce que es adicto a la calle, a los partys, a su casa. Se quiso hacer un tatuaje en el cuello y se lo hizo, así también es un campeón cubano.

Nació el 25 de julio de 1987 en Luyanó. Siempre estaba corriendo como cualquier niño cubano, tirándole boliches a los carros, brincando cercas o subiéndose a los árboles. Era extremadamente hiperactivo y jamás tuvo complejo alguno por su discapacidad, porque sus padres así le enseñaron.

Ernesto obtuvo su título paralímpico en la Ciudad Maravillosa en los 400 metros (categoría T46). «Debido a una mala manipulación de los médicos al nacer, me desprendieron el brazo derecho y ocurrió esta discapacidad que tengo hoy», dice. Su madre interrumpe y aclara que el bebé pesaba nueve libras y le debían hacer cesárea, algo a lo que los médicos no accedieron y le provocaron la parálisis braquial obstétrica que hoy padece, por la cual se atiende desde los siete días de nacimiento y ha recibido dos operaciones.

La voluntad y el «ambiente» ganan la carrera

A pesar de ese inexplicable percance, en cuarto grado comenzó en el atletismo, como parte de un proceso de captación en su escuela primaria República de Angola, «pues yo siempre estaba en competencias de carrera por la calle y casi siempre ganaba», expresa el espigado corredor.

Posteriormente siguió su vida como atleta, de la mano del preparador Félix, con quien entrenaba en la EIDE José Martí en las modalidades de 800 y 1 500 metros. En aquellos tiempos iba al Estadio Panamericano a ver a las figuras de la selección nacional, entre ellos a Anier García, y fue cuando el entrenador José Cobo le dijo que le gustaría que estuviera bajo su tutela. Se asoció a la Aclifim y comenzó con Cobo «por fuera», para ser promovido en breve tiempo al equipo nacional, aproximadamente con 16 años.

«Cuando di ese paso, me sentí muy contento, más por mis padres que por mí. Ellos siempre estuvieron muy pendientes a mi carrera deportiva y soñaron con que fuera un atleta de alto rendimiento, y ya eso lo había logrado. La felicidad de mis padres era mía, además de que ya veía que mi esfuerzo ganaba sentido», asevera.

Con 20 años enfrentó su primera vivencia internacional, los Juegos Parapanamericanos de Río de Janeiro 2007, donde compitió en 800 y 1 500 metros y dice haber corrido con el espíritu de sus padres. No obstante, la confianza le pasó factura y quedó en plata en la prueba de menor distancia. Acto seguido se enfrentó a su mayor reto deportivo a la sazón, los Juegos Paralímpicos de Beijing 2008.

Una gran emoción, un mayor disgusto

«En Beijing me sentí muy contento por la concreción de un gran anhelo de todo deportista. Me exigían pasar a la final de los 800 metros, mi prueba fuerte, sin embargo no pude. Tampoco alcancé un resultado relevante en 1 500 metros.

«Al llegar al aeropouerto un dirigente deportivo me dijo que estaba fuera del equipo nacional, que si quería entrenar por fuera que lo hiciera, pero para volver tenía que ganármelo. Todo eso en pleno aeropuerto, acabado de aterrizar y sin justificaciones claras. No creyó en mi talento, ni en mi juventud, ni en que fue la mayor competencia de mi vida», explica, y es apoyado por sus padres, atentos a nuestro diálogo.

«Después de ese duro golpe, estuve en la casa y en la calle las 24 horas del día. Mis padres estaban muy preocupados, y al igual que mis amistades, me exhortaban a que entrenara de nuevo, pero yo no quería saber nada de atletismo y por televisión apenas lo seguía. Así estuve por tres años. Mi padre Bernardo habló seriamente conmigo y le dije que empezaría suavemente a prepararme y a “desintoxicarme” de todo lo que tenía dentro. Eso fue en 2011», afirma.

En el estadio Pedro Marrero comenzó con el profesor Ramírez y se centró en cuestiones más específicas de la preparación. Dos años después, en el Campeonato Nacional, conquistó la corona en los 400 metros, al vencer al avezado Ethiam Calderón y lograr plata en 200 metros. Fue entonces que la profesora Miriam Ferrer le dijo que se incorporara con ella a entrenar, bajo casi el mismo régimen de adiestramiento que sus alumnos, pero sin ser matrícula todavía del conjunto nacional. A finales de 2013 corrió estable sobre los 49 segundos.

De nuevo pa’ la «caliente»

«En la temporada siguiente regreso a la selección nacional, pues Miriam estaba muy satisfecha con mi evolución, tras ese tiempo prolongado sin entrenar. Estaba en muy buena forma y muestra de ello fue una competición en Brasil, en la que corrí 200, 400 y 800 metros, todo el mismo día. ¿Qué te parece? Aun así cogí dos títulos y una plata, con muy buenos tiempos y sin incursionar hacía bastante tiempo en 800. Después en los Juegos Parapanamericanos de Toronto implanto récord a ese nivel con 49.07 segundos en los 400 metros y me proclamo campeón», recuerda.

Una incorrecta estrategia en el Mundial de Catar 2015 lo llevó hasta el cuarto puesto de los 400 metros, aun cuando registró por el carril ocho un buen tiempo de 49.14 segundos. Sin embargo, para él lo más importante son las medallas, por lo que se desencantó. Mas su ímpetu es del tamaño de su gusto por las fiestas y la calle. Ese año fue a un evento en México con cinco puntos en el tobillo. Llegó, corrió, porque era obligatorio para poder clasificar a los Juegos Paralímpicos y se hizo del boleto.

Pero ahí no quedó todo. Las lesiones se sucedían como un carrusel hasta que existió un momento de calma. No obstante, fue feliz por poco tiempo. En los Juegos Paralímpicos la fatalidad le dio la mano, al resentirse una vieja lesión, pero Ernesto sabía que Beijing le fue esquivo y en Río de Janeiro «dejaría una pierna en la pista» por tal de apoderarse de una medalla.

Mucha flexibilidad y mentol, más una venda en la parte dolorosa, fueron el bálsamo para que él corriera la semifinal de los 400 metros con relativa facilidad y obtuviera un pasaporte para la carrrera decisiva. El día de la final habló con sus padres por celular, de todo, menos de atletismo. Se sentía en una forma deportiva inmejorable y pronto daría «el planazo» que su padre le exigió para que creyeran en él de una vez.

«Salí durísimo y en la curva mantuve el paso. En los últimos 120 metros comencé a apretar y cuando me quedaban cien ya sabía que estaba en medallas, pues me sentía entero. Ahí pasé a corredores con muchos más resultados que yo y cogí el oro que les dediqué a mis padres. Me tiré en la hierba, y cuando vi mi nombre en la pantalla, miré al cielo y le agradecí a mi abuela», relata quien fue electo entre los diez mejores atletas discapacitados de Cuba en 2014 y 2015, distinción que de seguro repetirá este año.

En esa carrera corrió su mejor marca personal, un 48.79 segundos en el que tienen muchísima responsabilidad las agallas del habanero, pero no se puede desdeñar el aporte de su entrenadora Miriam y el respaldo de sus padres. «La profe es madre, atleta, amiga y, sobre todo, excelente entrenadora. Bernardo y María Teresa son todo en mi vida y si soy alguien, se lo debo a ellos sin pensarlo, porque se desviven por mí y lo seguirán haciendo», sentencia, arrepentido quizá de no haberme dado la entrevista antes.

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