Barranquilla sacude el tintero

Cerré los ojos en la Redacción Deportiva de Juventud Rebelde y cuando los abrí me encontré contando historias en Barranquilla, ciudad colombiana que recibió durante poco más de dos semanas los pasados Juegos Centroamericanos y del Caribe

Autor:

Javier Rodríguez Perera

El ejercicio periodístico se comporta muchas veces como un fenómeno reconfortante. En otras ocasiones es una práctica veleidosa e incluso puede terminar siendo una legítima caja de sorpresas, dispuesta a ofrecer las más apreciables experiencias a alguien que bien puede llamarse imberbe en esta profesión que tarda años en regalar la madurez. Por fortuna, a mis 26 años la vida puso su venia y me abrió las puertas a la primera gran prueba de fuego en mi lacónica carrera como periodista deportivo.

Cerré los ojos en la Redacción Deportiva de Juventud Rebelde y cuando los abrí me encontré contando historias en Barranquilla, ciudad colombiana que recibió durante poco más de dos semanas los pasados Juegos Centroamericanos y del Caribe. Después de 19 días de trabajo en esa urbe, preñada de filantropía, musicalidad, calor y mujeres especialmente bellas, me llevé enriquecedoras vivencias profesionales que me permitieron terminar complacido con la cobertura realizada en la lid regional, la más rigurosa entre los eventos multideportivos, según el criterio del gremio especializado.

Comprobé lo que varios colegas me dijeron en Cuba y luego se convirtió en cliché en cada jornada de faena periodística. Un evento de estas características es sinónimo por obligación de mucho trabajo, porque, como es sabido, reporta un sinfín de medallas para nuestro país —en total fueron 242—, que se traduce en una necesaria destreza para seguir simultáneamente y por diferentes vías actuaciones de atletas cubanos de disímiles deportes y luego volcarlas al Word. Todo un atractivo reto para alguien que se enfrenta por primera vez a esa dinámica.

Después de leídas las anteriores líneas, un poco de sentido común advierte dos tópicos que más temprano que tarde terminaron convirtiéndose en rutina: pocas horas de sueño para cada redactor allí presente y una inevitable camaradería, cuestiones que, lejos de fastidiar, pusieron en toda línea el esplendor del oficio que un día García Márquez consideró como el mejor del mundo.

Además de las cuatro o cinco horas diarias sobre la cama y la mano amiga entre colegas para intercambiar declaraciones de los protagonistas, otra de las bondades que Barranquilla me ofreció fue la de aprender el verdadero trabajo contra reloj o, mejor dicho, contra el cierre de un periódico que pocas veces se hizo el de la vista gorda y obligaba a entrar en tiempo y «por la goma» antes de las 6:00 p.m. El periodismo, con su inmediatez y sus prontitudes, es una profesión de sempiterna urgencia. Eso, en el momento de la cobertura, estresa, luego, se agradece.

Lógicamente, esa práctica conlleva el replanteamiento del periodista —principalmente el que dedique sus prestaciones a la prensa escrita— a la hora de ofrecer un producto comunicativo que deje a un lado lo estrictamente informativo y toque facetas desconocidas sobre los actores de los grandes triunfos o de gestas trascendentes, realidades que escapan a la vista del público y los televidentes, pues se tejen en los pasillos o cubículos y muchas veces son determinantes en el resultado final.

Casi a diario Barranquilla y sus instalaciones me permitieron fotografiar con palabras lisas y verbos diáfanos títulos de atletas cubanos o crudas decepciones. En la proa de mis remembranzas guardo el cetro del conjunto masculino de balonmano, 25 años después de su anterior oro; la despedida triunfal del veterano hockeista avileño Heriberto Sarduy; la lágrima que se mezcló con el sudor del rostro de la espadista campeona Seily Mendoza cuando recordó la muerte de su hermano, o la sonrisa del pesista habanero Luis Manuel Lauret mientras imponía un nuevo récord centroamericano.

Sin embargo, contrario a lo que podría establecer la lógica, mi imagen perpetua de los Juegos de Barranquilla nada tiene que ver con una medalla. Más bien su protagonista es el maratonista santiaguero Henry Jaen, quien entró sexto y penúltimo de su prueba, y sentado dentro de una piscina inflable llena de hielo, sin fuerza siquiera para levantarse y sumido en lágrimas, me explicó que la razón principal por la que soportó los calambres, las agresivas condiciones del circuito y cumplió el trazado, fue su país. «Por mi Cuba y su gente tenía que llegar a la meta».

A los Juegos de Barranquilla siempre los tendré como un puente hacia lo desconocido desde el plano profesional. La oportunidad perfecta de redescubrir el periodismo que solo se conoce al calor de las alegrías, tristezas y desencantos de los atletas. A Curramba la Bella le estaré agradecido por permitirme repetidamente, a veces a trompicones, no dejar la hoja como la nieve por más de un minuto.

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