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Silencios que hablan en la Necrópolis de Manzanillo

Curiosidades, historias que se entretejen y novelas asombrosas habitan en un lugar, aparentemente dormido, de Manzanillo

 

Autor:

Osviel Castro Medel

Manzanillo, Granma.— Desde lejos se mira el camposanto y no se sospecha cuántas novelas reales, de espadas o disparos, hay dentro. No es un cementerio cualquiera, envuelto por silencios o rutinas, sino un refugio de historias que hablan y laten con fuerza.

Es la única necrópolis en Cuba, por ejemplo, donde reposan tres presidentes de la República en Armas y en la que ocurrió, probablemente, el más masivo enterramiento de integrantes del Ejército Libertador.

Como si eso no bastara, allí descansan personalidades emblemáticas de la cultura, la ciencia, la política y muchas otras que descubren el caudal de esta región costera, de la que Manzanillo fue su centro mágico.

Sepulcros de guerreros

El lugar de reposo de Bartolomé Masó es uno de los primeros que se avistan al entrar a la necrópolis. Cerca descansan Francisco Javier de Céspedes y Titá Calvar, los otros dos presidentes de la República en Armas.

Una inscripción, a pocos metros de la entrada, hace retumbar el corazón: «A la memoria del General Bartolomé Masó Márquez».

¿Cómo olvidar que ese guerrero (21 de diciembre de 1830-14 de junio de 1907) fue quien secundó a Céspedes en La Demajagua o uno de los que discursó con Martí, el 19 de mayo de 1895, cerca de Dos Ríos; además de convertirse en el último presidente de la República en Armas?

Lamentablemente, por su larga trayectoria en la manigua redentora, fue vetado por los poderes estadounidenses en las bochornosas elecciones de principios del siglo XX.

No lejos, otras dos cruces sencillas llaman la atención: la de Manuel de Jesús «Titá» Calvar Oduardo y la de Francisco Javier de Céspedes y del Castillo, hermano del Iniciador. Ambos tuvieron el honor de ser presidentes de la República que se fraguaba a plomo y heridas gloriosas.

El primero, manzanillero nacido el 25 de diciembre de 1837, ostentó las estrellas de mayor general y estuvo entre los que acompañaron a Maceo en la Protesta de Baraguá, en la que usó la palabra con energía. Falleció en 1895, a cinco días de cumplir 58 años, en Cayo Hueso.

Por su lado, Francisco Javier, bayamés nacido el 3 de diciembre de 1821, ocupó varios cargos en el Ejército Libertador, incluyendo la Vicepresidencia y la Secretaría de Relaciones Exteriores. Apagó los ojos en Niquero el 27 de julio de 1903.

A esos tres sepulcros nunca deberían faltarles flores en las fechas de nacimiento o último día; y tendrían que ser puntos de excursiones respetuosas, para aprender historias vivas.

«Cuidamos todos los nichos, aunque sabemos la importancia de estas tres tumbas; hace dos años recibieron un mantenimiento, pero no se pueden descuidar», dice Pastor Beritán Romero, quien lleva cuatro años laborando como mensajero en el cementerio.

Por su parte, el administrador Juan Pacheco Mompié se lamenta de que la necrópolis no tenga, como antaño, un museólogo-historiador, capaz de disertar sobre las hazañas guerreras de estos tres hombres y de otros con una carrera singular. 

Lazos con Martí y enterramiento gigante

A principios del siglo pasado, el puertorriqueño Modesto Tirado Avilés, comandante del Ejército Libertador y buen amigo de José Martí, fungía como alcalde de Manzanillo. Él tuvo la idea de recoger en los campos contiguos y lejanos a este sitio costero los restos mortales del mayor número de independentistas y españoles caídos en contienda para darles honrosa sepultura en la Ciudad del Golfo.

Entonces fueron enterrados en la cuarta necrópolis que tuvo la urbe —la anterior a esta— 359 cubanos y 142 españoles participantes en la guerra, según consta en el expediente del cementerio, redactado por los especialistas del territorio Virgen Mustelier Maceo, Rubén Guerra Batista y Fabio Fiallo Fernández.

Entre los cubanos se encontraban dos generales (el doctor Federico Augusto Incháustegui Cabrera, jefe mayor de Sanidad, y Alfonso Goulet Goulet), cuatro coroneles, nueve tenientes coroneles y seis comandantes.

Al comenzar un nuevo camposanto, el quinto de Manzanillo, también a inicios del siglo XX, «se realizó el traslado funerario masivo más grande de la historia de la localidad y se realizó con una solemnidad sublime».

Es curioso, como apunta el historiador Delio Orozco González, que entre quienes encontraron descanso eterno allí estuvo otra persona ligada a Martí: Ángel de la Guardia Bello (16 de febrero de 1875-30 de agosto de 1897), último cubano en ver vivo al Apóstol.

«Entre los restos depositados en dos panteones construidos al efecto en el cementerio y aún no localizados, pudieron contarse los del joven que, nacido en Jiguaní, también vivió y sirvió en Manzanillo, pues en la ciudad —al igual que su padre—, se desempeñó como maestro», apuntó Orozco en su interesante artículo.

En esas letras el historiador también se refiere a otro ciudadano relacionado con el Apóstol de la Indepedencia, cuya última morada fue este lugar de quietudes.

Se trata del español Pablo Valencia Forns, el médico que le realizara en Remanganaguas, el 23 de mayo de 1895, la autopsia al cuerpo inerte del Héroe de Dos Ríos. El galeno residió desde el fin de la guerra en Manzanillo y murió el 6 de enero de 1931.

Soldados y poetas

Muchas más personalidades de Cuba reposan en este suelo sagrado. Pudieran mencionarse, entre otras, la de Francisco Rosales Benítez, «Paquito», primer alcalde comunista de Cuba; Agustín Martín-Veloz, «Martinillo», precursor del socialismo en la nación, y Manuel Fajardo Rivero, «Piti», destacado médico y comandante del Ejército Rebelde, en cuya despedida de duelo participó, en la misma Ciudad del Golfo, el Comandante en Jefe Fidel Castro.

Entre monumentos y tarjas descansan los expedicionarios del yate Granma Pedro Soto Alba y Andrés Luján Vázquez; el capitán rebelde Adalberto Pesant González y otros revolucionarios. No lejos de esas tumbas un letrero marca el punto donde fueron enterrados las vísceras del líder azucarero Jesús Menéndez Larrondo, asesinado en esta histórica ciudad el 22 de enero de 1948.

Además hallaron el último sueño en este camposanto figuras encumbradas de la cultura o el deporte, como Carlos Puebla (el cantor de la Revolución), los escritores Manuel Navarro Luna y José Manuel Poveda, y el púgil Esteban Aguilera, primer boxeador cubano en participar en unos Juegos Olímpicos (Roma 1960).

Sueño incumplido

Pese a tanta historia atesorada y a la llamativa arquitectura de esta singular ciudad dormida —en la cual se mezclan varios estilos—, el sitio no constituye Monumento Nacional.

Hace más de 35 años se habló por primera vez de esa posibilidad, que con el tiempo no prosperó, atascada por procederes burocráticos. Luego surgió la probabilidad de que ganara esa distinción solo el área donde yacen los restos de los tres presidentes de la República en Armas.

«Se ha confeccionado un nuevo expediente, que está siendo analizado por una comisión en la capital cubana. Existe la posibilidad de que sea declarado Monumento Local», señala Rosa María Rodríguez García, directora del Centro Provincial de Patrimonio, quien expone que para la declaración de un monumento deben cumplirse varios requisitos.

Ojalá algún día cercano esos nombramientos, siempre importantes, llegaran. De todos modos, si no vinieran los papeles con cuño, la necrópolis de Manzanillo continuará hablándonos desde sus quietudes estremecedoras, desde la historia hermosa que se palpa y palpita más allá de cada lápida.

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