Made in ¿dónde?

El doctor Gabriel Morello, de Italia, conversa con nuestro diario sobre el retroceso en la capacidad de decisión del consumidor en tiempos de globalización

Autor:

Luis Luque Álvarez

Foto: Calixto N. Llanes Para el habitante promedio del Sur empobrecido, las conocidas palabras «made in» (fabricado en) generalmente poco importan a la hora de adquirir un producto. La necesidad de subsistencia suele ser más urgente que ciertas elecciones.

Pero de todos modos, al sur o al norte de la línea ecuatorial, ciertas marcas de productos comerciales esconden tras de sí una verdadera saga de injusticia y agresión al medio ambiente, por la que muchos consumidores preferirían esquivarlas. Y no siempre se puede.

El doctor Gabriel Morello, profesor titular en la Universidad de Palermo, Italia, conversó con JR sobre el mencionado fenómeno, que en el contexto de la globalización limita la necesidad del consumidor de estar informado debidamente sobre los productos, y su capacidad de decisión.

«Hoy ya no se sabe dónde es fabricado un producto. Y no solamente porque sus partes se confeccionan en diferentes lugares, sino porque algunas veces se dice que es producido en un lugar y no es verdad. Se habla mucho de la satisfacción y la seguridad del consumidor, pero el consumidor pierde este saber, y es una condición negativa de su satisfacción.

«El “made in” surge al final de la II Guerra Mundial, cuando la ONU decidió que Japón y Alemania lo colocaran, para que la gente supiera que compraban un producto de alguno de los países que iniciaron la guerra. No es que no se pudiera comprar, pero el consumidor lo sabía...

«Esa es la historia. Con la globalización, los problemas de marketing son muy interesantes, pero necesitan una posición crítica.

«Por ejemplo, en Italia cosechamos naranjas. Sin embargo, nos llega jugo de esas mismas naranjas con la inscripción Made in... cualquier otro país. Y debe haber una información correcta, para que el consumidor aplique sus opciones. Él da su dinero, él debe saber».

—Hay además un componente ético, moral, detrás de ese mecanismo...

—En efecto. A mí me gusta comprar productos de los que sé que están hechos en países y por industrias que son éticamente correctas. ¿Y sabe usted?, hay cosas interesantes. Hay países que consumen muchos más bienes naturales, y hoy día se puede medir la huella ecológica, que permite medir cuánto se produce a partir de cuánto se degrada el medio. Son los países más industrializados los que verdaderamente consumen más recursos de lo que sería tolerable para el equilibrio ecológico.

—Usted ponía ejemplos, como Ikea...

—Hay industrias que cometen delitos de producción, y cuando la mobiliaria Ikea paga a un hombre en la India un euro y 60 centavos por trabajar ocho horas al día, a mí como consumidor no me parece correcto. Otro caso es el de Nestlé, que creo ha estado involucrada en la explotación de menores en África.

«Igualmente, lo que se discute es cómo identificar bien a las empresas que producen sin adecuarse a la legislación medioambiental. Y no es problema de una sola industria. Vemos estos fenómenos de calentamiento global y otros que están incidiendo negativamente en la vida en el planeta, y es por ello que conocer dónde y quién fabrica los productos es socialmente importante».

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