¿Mano de hierro para los jóvenes inmigrantes en Alemania?

Algunos optan por la represión ante el aumento de la criminalidad por parte de estos «descarriados», pero ¿qué hay de las razones para esa «rebeldía»?

Autor:

Luis Luque Álvarez

Steffen Niese, estudiante universitario alemán. Foto: Franklin Reyes Diether Dehm, diputado del Partido La Izquierda. Foto: www.bundestag.de Inmigrantes turcos en Berlín. Foto: Die Welt

EL 22 de diciembre pasado, dos jóvenes inmigrantes —un turco y un griego— fumaban en el metro de Munich. Un anciano, de 76 años, les llamó la atención, y les exigió que cumplieran la normativa de no fumar en ese sitio.

En respuesta, los interpelados la emprendieron a patadas contra el atrevido. Lo derribaron al suelo, lo golpearon salvajemente (le fracturaron el cráneo), y hasta amenazaron con asesinar a «este alemán de m...». Unas cámaras de seguridad, entretanto, captaron la dolorosa escena.

Apenas siete días después, otros tres jóvenes —un alemán, un serbio y un croata— causaron heridas con objetos cortantes a una pareja. La lista de delitos en el metro de la capital de Baviera se vio coronada a principios de enero con la persecución, por parte de una pandilla de extranjeros, a un grupo de adultos que les solicitó bajaran el volumen de la estruendosa música de su radio.

Tal secuencia de hechos violentos, cargados a la cuenta de inmigrantes o hijos de inmigrantes, suscitó la indignación pública, y claro, también prédicas desde la tribuna política, en las que sobresalía el tinte electoral. De estas fueron las del primer ministro del estado federado de Hesse (centro-oeste), Roland Koch, de la Unión Cristiano-Demócrata (CDU): «Hay demasiados extranjeros criminales», y hay que expulsarlos del país.

Para ponerle la tapa al pomo, el portavoz de la CDU en el Bundestag (Cámara Baja), Volker Kauder, dijo que los infractores deberían ser internados en «campos de instrucción», donde se les daría terapia social.

A simple vista, la idea sonaría adecuada. La reeducación sería el resultado. Incluso la canciller federal, Angela Merkel, consideró que «arrestos de advertencia y campos de instrucción (boot camps) pueden ser claramente un complemento adecuado a la ley sobre criminalidad».

Sin embargo, la iniciativa no es especialmente popular entre los socios de gobierno de los conservadores: el Partido Socialdemócrata. Otra virada de espaldas entre ambos. ¿Por qué? Quizá porque los sucesos en estos centros de «reeducación y terapia» han dejado triste huella... ¡en EE.UU.! Y para algo ha de servir la experiencia ajena.

Otra versión de la misma película

Gritos, insultos, posturas incómodas. Marchar, correr, ejercicios hasta la fatiga. «¿Caíste? ¡A levantarse! ¿Vomitaste? ¡Pues lame tu propio vómito!».

Parecería un extracto de la vida cotidiana en Abu Ghraib, el célebre penal iraquí donde soldados norteamericanos, con órdenes «de arriba», ensayaron —¿ensayan?— técnicas de «ablandamiento», sutil manera de nombrar la tortura.

Sin embargo, el sitio está algo más cerca. Es Bay Boot Camp, un centro para jóvenes «problemáticos» en el norte del estado de Florida, Estados Unidos.

En ese lugar murió Martin Anderson Lee. Corrijo la expresión: no «murió», como suele decirse de quien deja escapar la vida mientras descansa en un lecho. No. A Martin, que contaba solo 14 años, se la arrancaron.

El muchacho —negro para más señas— había ido a parar al Bay Boot Camp por violar su libertad condicional tras un delito de robo. El 5 de enero de 2006, mientras era forzado a hacer ejercicios físicos, Martin se detuvo, agotado. Al no obedecer el requerimiento de que continuara, siete militares se le abalanzaron. Uno lo golpeó en las piernas, otro le torció la muñeca, otro lo agarró por el cuello. A pesar de estar esposado, recibió 14 puñetazos en los brazos y rodillazos en la espalda, mientras intentaban levantarlo una y otra vez, y una y otra vez se desvanecía. Para colmo, le hicieron inhalar una cápsula de amoníaco, que terminó asfixiándolo. Una cámara captó el hecho.

La sombría realidad estremece: desde los años 80, unos 30 jóvenes han muerto en esos sitios (sin contar los suicidios posteriores). Según datos del Congreso de EE.UU., citados por La Voz de Alemania, en 2005 hubo más de 1 600 casos de abuso, entre ellos violentas pateaduras, y la obligación de que los muchachos vivieran entre su orina y excrementos.

¿Querría alguien acaso una versión made in Germany de la misma película?

Mucho dinero en pocas manos

«La idea de Koch —«es mejor tres días de prisión preventiva que toda una carrera criminal»— ha sido rechazada debido a su tremendo carácter antidemocrático, por todos los partidos democráticos. Solo la aplaudió el neofascista Partido Nacionalista Alemán (NPD). El señor Koch buscaba apelar a los más primitivos y tribales instintos del electorado de ultraderecha. Espero que, por esta afrenta, él sea sonoramente derrotado en los comicios»*.

Tal es la postura del diputado del partido La Izquierda, Diether Dehm, de Baja Sajonia (noroeste). Su formación política aglutina a socialdemócratas desencantados con las medidas de recortes sociales implementadas por el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) entre 1998 y 2005, y a militantes del Partido del Socialismo Democrático, una formación originaria del este del país.

Preguntado por nuestro diario, el legislador expresó la negativa de la gente a aceptar que se saque de las calles a los jóvenes potencialmente conflictivos y se les encierre:

«Una gran mayoría en Alemania está en contra de ese tipo de “soluciones”. Poner hoy a los muchachos en prisiones y boot camps, crea peligrosos criminales para el mañana. Koch, al mismo tiempo, está en línea con la infame tradición de la ultraderecha, que ha llamado por décadas a reproducir las prisiones levantadas por EE.UU. en la Base Naval de Guantánamo, para colocar tras las rejas a esos sectores poblacionales que no les son de agrado.

«En vez de meterlos en prisiones bajo el falso pretexto de que es inútil tratar de salvarlos, La Izquierda ha estado demandando ayuda para esa juventud, para que pueda lograr su reinserción social».

Por su parte, el psicólogo Illhami Atabay explicó a La Voz de Alemania que «esos jóvenes no están dispuestos a dejarse decir nada por adultos alemanes; para ellos, esos adultos son los que no les permiten progresar y representan una sociedad de la que no pueden participar y ante la cual están en una posición de desventaja».

En cuanto a la propuesta de que se les deporte, añade que «esos jóvenes han crecido en Alemania, y es el sistema el que tiene que cambiar para que haya más oportunidades de integración, más perspectivas hacia el futuro».

Una óptica aun más cercana la ofrece Steffen Niese, de 27 años, estudiante de Ciencias Políticas, Sociológicas y de la Comunicación en la Philipps-Universität, de Marburg, estado de Hesse. De visita en Cuba por razones de estudio, accede a conversar con JR:

«Los actuales sucesos violentos son, en buena parte, fruto del desmantelamiento del estado de bienestar. Tenemos una sociedad dividida y un aumento del crimen. Faltan perspectivas porque escasean los empleos y la inversión en educación es muy baja.

«Esto ocurre desde los años 90. Hasta entonces teníamos un capitalismo con un rostro más “social”, pero ahora, al no estar enfrentado a otro sistema en Europa, no se necesitan esas políticas. Lo mismo pasa en el Reino Unido, Francia y otros países».

—¿Qué opinas acerca de la política de integración para los extranjeros que viven en Alemania?

—Que ha fracasado. Los inmigrantes de la primera, segunda y tercera generaciones provienen de familias sin recursos, y ese es uno de los motivos por los que se hallan entre los más afectados por los recortes del estado social. Otros sectores también se perjudican, pero más los inmigrantes, quienes viven en ghettos. Al fallar la integración, se aíslan, son discriminados, y crece el crimen.

«En lo personal, estuve haciendo trabajo social durante un año en un centro para la juventud en el barrio de Nieder-Eschbach, en Frankfurt, donde viven principalmente inmigrantes, sobre todo de Rusia, Turquía y la ex Yugoslavia. Es un sitio de mucha desolación, con edificios de 15 o 20 pisos. Además de inmigrantes, solo hay alemanes sin dinero. Es una mezcla.

«Ahora bien, los padres están desempleados, y por lo general, no hablan alemán adecuadamente. Por eso, los hijos tienen muchos problemas en la escuela. Su educación no es muy efectiva, obtienen malos resultados, y sus oportunidades de conseguir trabajo decrecen posteriormente.

«Como se ve, hay una discriminación indirecta. No es directa, pero sí es discriminación. Ante la ley, todos somos iguales, pero en las cabezas de muchos alemanes están las diferencias y los prejuicios.

«A esto se suma una especie de sentimiento antimusulmán. Los medios de prensa y mucha gente lo atizan. Antes el enemigo eran los comunistas; hoy, los inmigrantes islámicos, algo similar a lo que sucede en EE.UU».

—¿Cuáles eran los principales problemas en el barrio en el que estuviste?

—En Nieder-Eschbach estuve en 2001. Lo que más golpeaba a los jóvenes era la droga, el alcohol, la violencia, incluso entre diferentes grupos de inmigrantes: turcos contra rusos, por ejemplo. Esto responde a una ausencia de perspectivas: no tienen trabajo, no viven como los alemanes, sino aislados, separados... Estoy seguro de que hoy la situación está peor que antes.

«De igual modo, dicha violencia puede ser una respuesta a otra: la de los neonazis. Y es especialmente distinguible en la parte oriental (la ex República Democrática Alemana), donde los neofascistas atentan contra inmigrantes y alemanes de izquierda. De hecho, oficinas del partido Die Linke (La Izquierda) han sido blanco del vandalismo, lo mismo en las grandes ciudades que en los pequeños poblados, especialmente en Sajonia».

—Respecto a los boot camps, ¿será esa la salida?

—Las arengas de este tipo solo les sirven a la derecha como una excusa oportunista para endurecer las leyes migratorias y discriminar más a los extranjeros. La iniciativa de implantar esos campamentos evidencia que los políticos no tienen otras ideas para enfrentar un dilema creado por el capitalismo y sus estrategias sociales.

«Hay que cambiar enteramente la política, no dar pequeños pasos. Es el sistema el que debe transformarse. Es cambiar lo inhumano, y es un proceso largo. Hay que ayudar a las personas sin medios económicos. El Estado debe apoyarlas, porque en la base de la violencia está la economía, y cada vez más gente está cayendo en la pobreza. En Alemania hay muchísimo dinero, pero en muy pocas manos».

*En los comicios celebrados en Hesse el 27 de enero, Koch y la CDU perdieron 12 puntos respecto a 2003, y quedaron empatados en 42 escaños con los socialdemócratas.

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