Del sueño y la pesadilla - Internacionales

Del sueño y la pesadilla

A 50 años del trascendental discurso visionario de Martin Luther King, los afroamericanos siguen luchando por encontrar el camino de la igualdad verdadera

Autor:

Juana Carrasco Martín

Fue un aldabonazo, el revalidar la decisión de lucha de muchos, la toma de conciencia de otros y formar filas en un movimiento social que involucraba a negros y blancos porque era por los derechos civiles de todos, y también despertó a quienes todavía estaban aletargados por cientos de años de ultrajes y sumisión.

Aquel 28 de agosto de 1963 se cumplían cien años de la Proclamación de la Emancipación de los negros en Estados Unidos, el fin de la esclavitud, cuando una multitud, encabezada por el reverendo Martin Luther King y otros líderes de la lucha del pueblo negro y movimientos sociales y sindicales, marchó sobre Washington, y se reunió en el National Mall, al pie de la imponente estatua de Abraham Lincoln.

«Yo tengo un sueño», pronunció en su discurso ante la que llamó la más grande demostración de libertad en la historia de la nación, y clamó con total crudeza que un siglo después «debemos encarar el trágico hecho de que el Negro todavía no es libre». Lo encadenaban la segregación y la discriminación, «vivía sobre una solitaria isla de pobreza en medio de un vasto océano de prosperidad material», era «un exiliado en su propia tierra».

¿El sueño?: que las palabras de la Constitución y de la Declaración de Independencia se aplicará para todos y cada uno de los estadounidenses como garantía de los inalienables derechos a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad, lo que era negado «a los ciudadanos de color», a quienes les habían entregado un cheque sin fondos de una justicia en bancarrota. Pero ese pueblo marginado, humillado, separado, al que se le negaban todas las oportunidades, incluso las más elementales, sabía de su derecho a abrir las puertas de la justicia, de echar a un lado la injusticia racial y de construir «la sólida roca de la hermandad».

El momento era urgente, advirtió Martin Luther King, y también alertó a su pueblo y al resto de Estados Unidos: «1963 no es el final, sino el comienzo» (…) «no habrá descanso ni tranquilidad en América hasta que el Negro establezca sus derechos ciudadanos. Los vientos de la revuelta continuarán para sacudir los fundamentos de nuestra nación hasta que emerja el brillante día de la justicia».

Tres cadenas de televisión nacionales, por vez primera, cubrían al unísono aquella marcha por trabajo y libertad. El mensaje llegaba a toda la nación que se decía un melting pot, la olla que había mezclado a todos los pueblos que habían llegado a sus costas y construido un país poderoso, pero esa era una de las grandes mentiras: el ingrediente Negro, hasta los pueblos originarios, los «pieles rojas», había sido sacado de la sociedad. Esa cobertura mediática era demostración de que era el tiempo para el cambio.

Allí cantaron Joan Baez y Bob Dylan, también la intérprete de gospel, Mahalia Jackson, quien llevó el sentimiento de la multitud con I’ve Been ‘Buked and I’ve Been Scorned (Yo he sido abofeteado y he sido despreciado). Hablaron no pocos, entre ellos Joachim Prinz, presidente del Congreso Judío Americano, recordando sus años de rabino en el Berlín bajo Hitler, quien dijo —según The Guardian— que su pueblo grande, que había creado una gran civilización, se convirtió entonces en una nación de silenciosos espectadores ante el odio, la brutalidad y los crímenes masivos y clamó: «América no puede convertirse en una nación de espectadores. América no debe permanecer silente».

El 28 de agosto de 1963 y el discurso «I have a dream» de Martin Luther King, abrieron una puerta. Prácticamente no se le mencionó en las 64 000 páginas del debate y las audiencias del Congreso que dieron paso a la Ley de Derechos Civiles de 1964 o en la Ley de Derecho al Voto de 1965, que pusieron sobre el papel lo que debía ser y todavía no era; pero fue un toque de diana.

Los enemigos lo tuvieron en cuenta. Cointelpro, el programa de espionaje e infiltración en los movimientos sociales de la época le hicieron su blanco. William Sullivan, el asistente del director del FBI para la inteligencia doméstica, recomendó: «Debemos marcarlo ahora, si no lo hemos hecho antes, como el negro más peligroso en el futuro de la nación».

Llegaron veranos calientes y sus revueltas callejeras, muchas más marchas y acciones, la unidad con el movimiento antibelicista y el rechazo a la guerra de Vietnam, que también utilizó como carne de cañón preferida a negros y latinos. Martin Luther King estuvo en esa lucha de todos.

Poco a poco hubo logros, hasta surgió una clase media de hombres y mujeres «de color», aumentó su número en las universidades, se hicieron profesionales, sus rostros aparecieron ya como protagonistas en películas de Hollywood, mostraron todavía más su valía en el mundo deportivo, donde está vívida la imagen de un puño negro enguantado rematando en alto el fuerte brazo de un medallista de oro en las Olimpiadas de México como símbolo del Black Power, el poder negro.

Corrió sangre —la del propio Martin Luther King en abril de 1968, la de Malcolm X, la de George Jackson, la de muchos más—, todavía en la cárcel está Mumia Abu Jamal y se persigue a quienes escogieron métodos de lucha más radicales. Destacaron otros líderes de una contienda que continúa, porque lo dijo el orador del Lincoln Memorial cuando finalizaba el verano de 1963: solo era el comienzo…

Y 50 años después ¿qué?

Presente en la concentración en el National Mall el sábado 24 de agosto de 2013 —que reunió a no menos de cien mil estadounidenses de todos los colores, generaciones e ideologías, conmemorando los 50 años de la pieza oratoria de Martin Luther King—, estaban los padres de Trayvon Martin, el jovencito de 17 años muerto por disparo en el pecho, hecho por un vigilante blanco en Florida el 26 de febrero de 2012; costó marchas de protesta en numerosas ciudades estadounidenses y mucho trabajo para que fuera detenido y se llevara a juicio al victimario, y casi ahora, en julio, un jurado de cinco mujeres blancas y una latina lo declararon «Inocente». No eran pocos los carteles que frente a la estatua de Lincoln pedían nuevamente justicia a la justicia para lo que se percibe como un crimen de odio.

La policía de Nueva York y de otras ciudades de Estados Unidos son acusadas de practicar el detener y chequear a transeúntes sin motivo alguno, la mayoría de los molestados son negros o latinos, y preferentemente jóvenes; se les para por su perfil racial. Proporcionalmente, los afroamericanos constituyen siete veces más que los blancos entre la población penal, que de por sí es la más alta del mundo. En Estados Unidos, se sabe y lo reconocen, invierten más en centros penitenciarios que en escuelas…

Solo el 21 por ciento de su juventud alcanza el bachillerato o la Universidad, contra el 37 por ciento de los blancos. Los recortes presupuestarios en ciudades importantes declaradas en «bancarrota» y del propio gasto federal, el de toda la nación, afecta más que nada al sistema escolar público y, por supuesto, a las becas o créditos universitarios. No es ocioso decir que las comunidades y barrios donde habitan las minorías pobres o de menos ingresos están entre los más golpeados por los despidos de maestros. Solo en el mandato de Barack Obama se han perdido más de 300 000 trabajos escolares —donde es alta la proporción de maestros y empleados afroamericanos. La enseñanza pública será aún de peor calidad, lo que significa que allí no se siembra futuro.

El índice de desempleo en 2012 fue de 13,6 por ciento para la masa laboral afroamericana, cuando los sin trabajo blancos constituían el 8,1 por ciento. De los 45 millones de norteamericanos que reciben ayuda de alimentos porque están en la pobreza, más del 25 por ciento son negros.

Barack Obama, el primer presidente negro de Estados Unidos hablará este día, 28 de agosto, en honor de Martin Luther King, pero es bien sabido que el mandatario es solo una imagen en una Casa que sigue siendo blanca y protectora de los intereses del 1% de los poderosos frente al 99% de quienes —sin distinción de raza— se han declarado en lucha y han comenzado también un camino para cerrar las brechas de la desigualdad de clases, son los Occupy del poder que los margina.

Ahora, en estados del sur, incluso también en otras regiones, se redistribuyen distritos electorales y la población negra vuelve a ser segregada del voto, incluso tiene que pagar para registrarse, y constituye la población de menos ingresos, con lo que se desestimula ese sufragio. Hay un solo senador negro entre los cien del ala alta del Congreso, y 43 representantes a la Cámara, entre 435…

Entonces, la vigencia del pensamiento del líder civil y pacifista: «Tengo un sueño: que un día esta nación se levantará y vivirá el verdadero significado de su credo. Nosotros sostenemos como evidente esta verdad: Todos los hombres son creados iguales».

Martin Luther King seguirá diciendo: «A pesar de que enfrentemos las dificultades de hoy y de mañana, yo todavía tengo un sueño».

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