Cuando la tierra se abre

Pescadores ecuatorianos, campesinos, comerciantes, hijos todos de América que al ver pasar a nuestros médicos cubanos por calles, trillos y caminos, o al despedirlos en sus casas después de las consultas, les dicen con ojos llorosos: «Gracias, Cuba»

Autor:

Wilmer Rodríguez Fernández

JAMA, Ecuador.— Pasan horas, días y semanas, pero no el temor. Miles de ecuatorianos recuerdan con lágrimas los 55 segundos más largos de sus vidas, cuando la tierra tembló en la costa del Pacífico y destruyó modernas ciudades, sepultó entre los escombros a familias enteras y sacudió para siempre el alma de los sobrevivientes.

Periódicos y noticiarios televisivos o radiales hablan de más de 660 muertos, pocos desaparecidos, cientos de personas heridas y unas 20 000 a quienes el terremoto convirtió en ruinas sus casas.

Son esas solo cifras frías que sirven para ilustrar al mundo una parte de la realidad, pero para conocer la otra, hay que visitar las calurosas carpas rústicas de nailon negro y cañas de bambú a la orilla de las carreteras u otras con mejores condiciones creadas por el Gobierno con ayuda internacional.

Es necesario ver cómo la tierra se abrió y sortear las grietas en el suelo para llegar a ciudades y caseríos devastados. Allí es donde se escuchan los lamentos de un pueblo que lo perdió todo, o casi todo.

El presidente Rafael Correa, quien no abandona a los hijos de Ecuador, ha visitado los campamentos donde el sismo obligó a vivir a niños, ancianos y mujeres embarazadas; son carpas bajo el sol en la mitad del mundo y el frío que causan las noches costeras del océano Pacífico.

En muchas no hay luz, pero al menos el Gobierno garantiza lo elemental para vivir, como alimentación, agua y servicios médicos. Así están hoy los ecuatorianos a quienes la naturaleza desplazó, esos que a pesar de todo agradecen a Dios por estar vivos.

Ecuador, su Gobierno y pueblo recibieron ayuda de todo el mundo. A aeropuertos militares y civiles, fundamentalmente al de la ciudad marítima de Manta, llegaron toneladas de víveres y medicamentos en aviones con las banderas de Bolivia, Argentina, Colombia, Perú, Cuba, Venezuela, El Salvador, Brasil y muchas otras naciones.

Presidentes de la región como Evo Morales, Ollanta Humala y Juan Manuel Santos aterrizaron en las zonas afectadas. Asimismo, otros países enviaron brigadas humanitarias, entre ellos el nuestro, que no solo está representado por el Contingente Internacional Henry Reeve y la brigada de rescatistas que arribó con urgencia, sino por los más de 700 colaboradores de la salud que desde hace años  trabajan aquí. Una parte de ellos sufrió los temblores del sismo y, como todo el pueblo, la muerte de tres de sus compañeros en la ciudad de Pedernales, epicentro del terremoto.

Sobre el dolor por la partida de Baby, Eric y Leo, o la destrucción de muchas de sus casas, los médicos cubanos que viven en la costa ecuatoriana, sin creer en el riesgo corrieron minutos después a los hospitales donde trabajan, entraron a los salones quirúrgicos y operaron a los heridos, muchos con piernas y brazos mutilados.

En los parqueos y las afueras de las clínicas se aglomeraron centenares de víctimas, y allí estaban los cubanos para salvarlos de la muerte. Unos la vencieron, otros lamentablemente no.

Pasan horas, días, semanas y quienes de todas partes del mundo llegaron a socorrer comienzan a despedirse por los mismos aeropuertos donde aterrizaron; seres que entre los escombros sacaron con vida a decenas de ecuatorianos, médicos que salvaron a muchos u organizaciones no gubernamentales que trajeron alimentos, agua y ropas a las regiones estremecidas.

Después de 21 días se van quedando solos con sus destrucciones los asentamientos improvisados y las comunidades de pescadores distantes de las ciudades, adonde siempre la ayuda demora en arribar, pero viven a veces quienes más la necesitan.

A esos lugares ha llegado Cuba en los pies y el alma de sus hijos. Montañas, caminos pantanosos, ríos y carreteras abiertas han visto pasar con sus mochilas en la espalda a jóvenes y experimentados médicos, enfermeras y doctoras, cubanos todos que desafiando peligros y las más de mil réplicas del sismo llevan medicamentos y salud gratuitos.

Muchos de los que viven en Porto Viejo y Bahía de Caráquez, ciudades afectadas por el terremoto, fueron consultados horas después de la sacudida por los médicos del Henry Reeve en calles o portales de las casas que se mantuvieron en pie. Y luego de cinco días del sismo, los 26 cubanos mudaron el campamento sanitario a Jama, un pueblo de campo, cercano a la costa, más al norte del país, a unos 50 kilómetros de Pedernales.

A nuestra llegada los escombros hablaban del desastre, mientras la huella de la sangre humana en paredes o losas narraba los últimos instantes de una vida.

Y en Jama quedó una parte de nuestro Contingente Internacionalista, entre ellos el pediatra Oldrich, el cirujano Mederos, el ortopédico Zayas y el enfermero Jorge Martínez. Los cuatro reabrieron las consultas del único centro de salud del pueblo, pues la mayoría de los médicos ecuatorianos regresaron a sus casas destruidas por el sismo. Allí han curado heridas del terremoto y han atendido a decenas de niños enfermos y otros males que surgen día a día.

Pediatra cubano consulta a niños sobrevivientes en comunidades ecuatorianas. Foto: Dr. Enmanuel Vigil, miembro de la brigada médica

Otro grupo de cubanos siguió camino a las montañas y a la devastada ciudad de Pedernales. Llegaba así el Henry Reeve a regiones donde habían trabajado los tres  médicos de la Isla fallecidos días antes. Entre llantos y anécdotas, campesinos ecuatorianos los recordaban.

El único matrimonio de la brigada, Julio y Norka, dos enfermeros de La Habana, y el doctor Enmanuel, joven experimentado en misiones internacionalistas en Venezuela, República Árabe Saharaui y Sierra Leona, fueron a vivir a Cheve Arriba, un batey pobre en las lomas.

Hasta allá se llega después de horas de viaje por empinados y fangosos caminos. En Cheve nunca ha habido electricidad y es imposible la comunicación telefónica con la familia en la Isla, pero eran los pueblos donde el Ministerio ecuatoriano de Salud pidió la presencia cubana.

A la golpeada Pedernales llegaron Luis, uno de los dos fisioterapeutas de la Henry Reeve, y Carlos Hernández, epidemiólogo. En ese sitio, en las carpas donde se refugia toda la ciudad y con la bata de médico empapada en sudor, atienden a los enfermos y alertan a todos de las posibles epidemias que pueden llegar.

Tanto en ciudades como en lomas nuestros médicos ya han atendido a casi 4 000 pacientes y son reconocidos por el pueblo y las autoridades ecuatorianas. Primero, el presidente Rafael Correa en un improvisado hospital de Bahía de Caráquez, en un encuentro breve con el Henry Reeve, agradeció a Cuba y la calificó como campeona mundial de la solidaridad; expresión que fue titular de periódicos latinoamericanos.

Después, en las montañas de La Mocora, la Ministra de Salud del Ecuador quedó impresionada por el trabajo de Dayron, Fonseca y Alex, un médico y dos enfermeros de la brigada. Ellos son tres cubanos que ya habían echado su suerte juntos en las tierras africanas de Sierra Leona cuando lucharon hace un año contra el ébola, y que ahora se rencuentran en Ecuador.

Así, a fuerza de trabajo y sensibilidad, se fue ganando la brigada el respeto de quienes a su llegada les dieron la bienvenida y el cariño de los más pobres, entre ellos, la señora Loor, que en el fogón de leña de su casa en Colorado, asó plátanos verdes y cocinó fricasé de cerdo para los médicos cubanos que ese día atendieron a sus hijos, nietos y bisnietos.

Los brigadistas que permanecieron en Jama, entre ellos la siquiatra Hilda, el neurocirujano Orestes, el anestesista Lázaro y Amancio, el otro epidemiólogo , junto a los enfermeros José Luis, Ángel y Chirino, todos los días viajan a El Matal, un pueblito pesquero donde el terremoto destruyó hasta la pobreza centenaria del lugar.

Allí, en casas de campaña están los sobrevivientes, a quienes los cubanos curan no solo heridas en la piel, sino las sicológicas, esas que perduran más allá del sismo. Unos a pie y otros a caballo van hasta regiones intrincadas de El Matal.

En la costa estremecida pasan horas, días y semanas, pero no el temor. Cuando muchos de los que con urgencia llegaron de todo el mundo se van, los galenos cubanos, los del Henry Reeve y quienes desde hace años colaboran en Ecuador, siguen junto al pueblo triste, ese al que el temblor le llevó hijos, madres y hermanos.

Pescadores, campesinos, comerciantes, hijos todos de América que al ver pasar a nuestros médicos por calles, trillos y caminos, o al despedirlos en sus casas después de las consultas, les dicen con ojos llorosos: «Gracias, Cuba».

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