Venezuela: «ultrasentido» del joven cubano - Internacionales

Venezuela: «ultrasentido» del joven cubano

Un examen médico especial, el del compromiso, conforma mejor que la resonancia o el somatón el real retrato de nuestra juventud internacionalista

Autor:

Enrique Milanés León

CORO, Falcón.— Entre dunas, cardones y arenales, la península de Paraguaná reúne atractivos turísticos que estimulan a miles de excursionistas venezolanos y extranjeros a circunvalar y hacer estadía en un área que, según se dice, fue alguna vez una isla como las vecinas holandesas Aruba, Curazao y Bonaire, pero quien busque bellezas más profundas hallará en ese trozo de tierra el amor de colaboradores cubanos que muestran que sin salud no hay recreación posible.

La solidaridad cubana con Venezuela ubica en el estado de Falcón, solo en el área médica, a 787 colaboradores internacionalistas. Cientos de jóvenes traducen en hechos cotidianos la alegría responsable de los hijos de la Isla grande del Caribe. En sus palabras o en otras, estas son apenas breves semblanzas de su obra.  

I

La optometrista guantanamera Lesbia Pillot Creagh está desde muy temprano en la consulta del Centro de Diagnóstico Integral (CDI) Josefa Camejo, de Pueblo Nuevo, Falcón. Vive los días de su segunda misión venezolana: estuvo en el estado de Monagas entre los años 2011 y 2014 y volvió hace unos cinco meses porque le explicaron la necesidad de su vuelta: «Así de sencillo», afirma, pero cuando el diálogo tocó aristas sensibles, tal sencillez quedó descartada.    

—De aquella estancia a esta, ¿no ha pasado nada?

—Cuba es la misma, nos mantenemos con la misma guía a seguir. Acá sí se nota la diferencia, tanto económica como social. En los precios, la economía…, pero aquí estamos. La misión se ve más difícil; los que vinimos una primera vez comenzamos a comparar cosas, pero después le tomamos el paso a la vida y nos ajustamos a lo que existe ahora. Solo hay que situarse en el momento actual de Venezuela.

—Su día a día le dejará tantas alegrías como tensiones…

—Cada día uno aprende. Duele cuando llega un paciente y no puedes satisfacer toda su necesidad; uno se dice «¿qué hago?», pero le da una explicación para que entienda cuál es la causa de la carencia, que los cubanos tenemos toda la disposición de atenderlos bien, pero que estamos bloqueados tanto en Cuba como aquí. La alegría diaria es saber que estoy dándolo todo.

—¿Cuánto extraña a Guantánamo?

—¡Guantánamo es mi universo: mi familia, mi niña, mi casa, mi todo…! De allá casi nunca me dan las noticias malas; solamente dicen esto: ¡Cuídate mucho!

—Todos afirman crecer aquí. ¿Cuáles son sus evidencias personales de crecimiento?

—Imagínese: yo todavía vivo con mis padres y aquí tengo que enfrentarlo todo: trabajo, hogar… y uno se crece en lo humano y en lo profesional. En Cuba trabajo en una consulta del Hospital Pediátrico Pedro Agustín Pérez, y en Venezuela enfrento todo tipo de cosas, porque además tuve que aprender a hacer los lentes.

—Cuando un paciente le dice: veo mejor, ¿qué ve usted?

—Enorme satisfacción. Ellos llegan diciendo «no veo bien de la corta», uno les brinda su trabajo y su amor y se van satisfechos. Si no tenemos el recurso les damos una explicación y otra fecha.

—Dice que su niña Patricia tiene 14 años. ¿Qué visión tiene ella de lo que hace ahora su mamá?

—Siempre le recuerdo que este es un sacrificio de las dos; su misión está en sus notas, y me está cumpliendo. Patricia es buena; de hecho, ella dice que también quiere ayudar, que quiere ser doctora para hacer lo mismo que yo.

Marisela de la Peña Reyes está encantada con los jóvenes de su brigada. Foto: Enrique Milanés León.

II

A unos cuantos kilómetros de Lesbia, en otro CDI —el José Ramón Jatén, de Punta Cardó, en la propia península—, el periodista halló a Marisela de la Peña Reyes. Con 36 años de experiencia en estadística de la Salud, esta tunera del hospital Ernesto Guevara no entraría «técnicamente» en el universo de los jóvenes; sin embargo, sus palabras tienen para ellos el reconocimiento que valida sus acciones.  

«En mi primera misión yo decía que había vivido momentos históricos —elecciones, violencia, fallecimiento del presidente Chávez…—, pero este momento es más tenso. Aquí comentamos que esto sí es una misión internacionalista. Y en ella, los jóvenes se destacan», afirma enfática.

«Yo veo a estos muchachos —agrega Marisela— mucho más optimistas, más osados. Aplican aquí lo que les ha inculcado la Revolución Cubana. Son solidarios, altruistas, trabajadores; no se frenan con nada».

—¿Cómo ayudan a lo interno de las brigadas?

—«Hay tareas que dicen, “son nuestras”; usted los ve como cubanos dicharacheros, pero siempre dispuestos a contribuir al éxito de la brigada. De la casa donde vivo unos jóvenes cumplieron y regresaron a Cuba; yo los extraño. Luisito, un habanero de Alamar, no me dejaba ni cargar agua: “Maricusa, ¿en qué te ayudo?”, me decía siempre».

Marisela no tuvo hijos, pero un mediodía venezolano, bajo calor inclemente, puso una pausa al trabajo y en la charla compartió con el periodista, ese compatriota llegado de repente, una reflexión sobre el tema:

«Si yo hubiera tenido un hijo quisiera que fuera así, como Luisito, por ejemplo, o como Carlos, el anestesista de Baire. Siempre le comento a mi esposo lo maduros que son estos muchachos. Todos ellos me dicen que soy su mamá; imagínese que a veces hasta me han dado de su propia comida».

—¿Esta que ve aquí es la juventud cubana?

—Junto al resto de los colaboradores, ponen en alto el nombre de Cuba. Son buenos, muy nobles. No tenga duda: en ellos está bien representada  nuestra juventud.

Pese a sus aciertos en la dirección, Teresa Vázquez Giraudy piensa que solo está camino a la vanguardia. Foto: Enrique Milanés León.

III

A sus 27 años y en la primera misión fuera de Cuba, a la doctora guantanamera Teresa Vázquez Giraudy le dieron la tarea, inédita para ella, de dirigir. Aceptó y ahora es la coordinadora del CDI Josefa Camejo. «Sabía que la tarea era difícil, pero la enfrenté con la mayor disposición del mundo».

—¿Cómo se las arregla una muchacha tan joven para estar a la altura?

—Desde hace dos meses desempeño esa función. No ha sido nada fácil, porque es mi primera experiencia de dirección, sin ninguna preparación previa, pero los miembros de la brigada me apoyan y el trabajo sale adelante. Además, dándoles tareas a los otros repartimos el trabajo.

—¿Qué recursos tienen los jóvenes cubanos para llegar a otro país y enfrentar retos como el suyo?

—Disposición, entusiasmo y responsabilidad inculcados desde Cuba. Conocimiento de nuestros deberes y derechos y una estructura para trabajar y apoyarnos.

—Pensando en los cambios: de Guantánamo a Venezuela, de trabajadora a dirigente… ¿A cuánto tiene que renunciar una joven como usted?

—«Desde que uno sale de su terruño, dejar a la familia, al esposo… uno se ve solo, pero cuenta con los compañeros que conoce en el momento, porque muchos somos de provincias diferentes. Conocemos a venezolanos que nos apoyan para resolver problemas de la vida cotidiana. En el CDI hay trabajadores venezolanos y nos ayudamos mutuamente.

—Y en su vida social, sus prácticas recreativas. Aquí quizá no baile changüí…

—Tenemos horarios que cumplir. Nos privamos de salidas, de cines, de restaurantes, de cierta recreación, pero eso no limita nuestra convivencia ni el trabajo. Hacemos actividades propias: trabajo voluntario, jornada recreativa en una vivienda nuestra, actividades político-culturales… Yo bailo salsa, casino, un reguetón que no sea obsceno…, todo tipo de música. Las raíces vienen con nosotros: juntos hacemos el congrí, la yuca con mojo, muchas cosas…

—¿Cómo se define desde aquí un joven cubano de vanguardia?

—Uno que siempre da el paso al frente, que esté dispuesto a todo. Uno que sepa unir a la brigada para solucionar los problemas y no espere al otro día o a que venga una visita a resolverlos. Para mí eso es un joven vanguardia.

—¿Usted ya lo es…? 

—Hay que reunir muchos requisitos, pero puedo decir que estoy en camino.

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