Contra la inmoralidad de una economía de guerra - Internacionales

Contra la inmoralidad de una economía de guerra

Decenas de arrestos en EE. UU. han ocurrido durante las acciones de la Campaña de la gente pobre, porque la aporofobia es un hecho real en la geografía del imperio

Autor:

Juana Carrasco Martín

Alzan letreros en los que se leen estas frases contundentes: «La economía de guerra es inmoral», «Prohíban los drones asesinos», «Financien nuestras comunidades, no la guerra», «Combatan la pobreza, no a los pobres»…

Durante el mes de mayo, cientos de manifestantes se reunieron ante los capitolios de Nueva York, Carolina del Norte, Tennessee y varios otros estados hasta llegar al número de 37 para denunciar un sistema militarista que se enriquece «cada vez que una bomba cae sobre personas inocentes».

Poor People’s Campaign (Campaña de la gente pobre) es este movimiento nuevo, multitemático y multirracial, sin afiliación política, que ha llevado a cabo acciones de protesta en decenas de ciudades estadounidenses en demanda de «una reasignación de los recursos desde el presupuesto militar a la educación, la salud, los puestos de trabajo y las necesidades de infraestructura», entre otras.

«Tenemos una larga historia de guerras contra otros pueblos —la mayoría gente de color—, alrededor del mundo...  es hora de dejar de llamarle Departamento de Defensa y comenzar a nombrarlo como lo que es: el Departamento de la Guerra», dijo John Braxton, quien se resistió el reclutamiento durante la guerra de Vietnam, y es uno de los que participan en la jornada de protestas y acciones de desobediencia civil.

Common Dreams reportó lo que ha estado sucediendo en esta campaña, inspirada en la advertencia que hiciera Martin Luther King de que «una nación que continúa año tras año aprobando más dinero para la defensa militar que en programas de mejora social se aproxima a la perdición espiritual».

Recordemos que Martin Luther King fue descrito como «el hombre más peligroso de América (Estados Unidos)» por quien fuera durante decenas de años el director del FBI, J. Edgar Hoover. Impulsaba a este archiconservador y enemigo de todas las causas justas, lo que ya había formado parte de la conciencia de lucha del paladín de los derechos civiles y del pueblo afroamericano: «En cierto sentido se podría decir que estamos involucrados con la lucha de clases».

Según Common Dreams, cientos han sido detenidos en las tres semanas de actividades de resistencia pacífica en casi toda la geografía estadounidense y muchos otros encaran arrestos por la manifestación que acontece afuera de la oficina en Washington D.C. del líder de la mayoría senatorial republicana Mitch McConnell.

La agenda de Poor People’s Campaign «demanda detener la privatización del presupuesto militar y cualquier incremento de los gastos militares».

El pasado día 24, la Cámara de Representantes, en una votación de 351 a favor y 66 en contra, aprobó su versión del presupuesto militar de 2019 —que debe iniciar el próximo septiembre— con una cifra descomunal para ser empleada en guerras y armas nucleares: 717 000 millones de dólares. La National Defense Authorization Act (NDAA) tiene un evidente apoyo bipartidista, con más de un centenar de demócratas a su  favor (131), lo cual supone que en Estados Unidos en realidad republicanos y demócratas conforman un solo partido, el de la guerra, el de la industria bélica, el de los poderosos.

Ahora solo falta que se concilie esta versión con la del Senado, donde el Comité de Servicios Armados ya le dio el visto bueno por 25-2, y solo resta que el Senado en pleno lo apruebe. Luego, una votación final pondrá en vigor ese inmenso despilfarro que vira la espalda a sus pobres y se dedica a asesinar a los de otras naciones con este paso hacia las guerras y hacia una nueva carrera en las armas nucleares, pues dedica 22 000 millones de dólares para los programas de ese armamento al amparo del Departamento de Energía.

Por cierto, en el presupuesto de 717 000 millones de dólares se incluye la financiación de la gran parada militar que el presidente Donald Trump pretende, y hará, para celebrar «cien años de patriótico sacrificio» —que incluye las guerras de Corea, Vietnam, Irak y Afganistán—, el próximo 11 de noviembre, por el aniversario del fin de la Primera Guerra Mundial.

Aporofobia en EE. UU.

Mientras tanto, 43,1 millones de estadounidenses permanecen en la pobreza, y numéricamente los blancos son la mayoría en ese grupo de los más desposeídos con 17,3 millones, seguidos de los afroamericanos que suman 9,2 millones y los latinos 11,1 millones, el resto entra en la categoría de «otros». De acuerdo a las estadísticas del Buró del Censo, en 2016 en la más profunda pobreza vivían 18,5 millones de personas.

A estas cifras que debieran avergonzar al país más rico del mundo, se suman 140 millones de norteamericanos que clasifican como de bajos ingresos, donde están incluidos los trabajadores pobres de poco salario y los que solo tienen empleos a tiempo parcial.

Recientemente, al hablar en la apertura del nuevo Museo y Memorial a las víctimas de linchamiento, en Montgomery, Alabama —el criminal procedimiento que la América blanca racista utilizó por décadas para aterrorizar y controlar a la población negra, y cuyas raíces estaban en la esclavitud y en la segregación— el exvicepresidente Albert Gore, quien se ha convertido en un destacado abogado del cuidado del medio ambiente, advirtió que lo peor del cambio climático, los impactos más desproporcionados, los van a sentir la gente negra y los pobres.

Se refería específicamente a las consecuencias de los desastres naturales en su país y auguró que cada vez serán mucho más catastróficos que los huracanes del pasado verano: Harvey, Irma y María.

Dijo Gore en ese especial escenario: «Necesitamos un capitalismo sostenible... para alejarnos de las ideas a corto plazo que nos están matando». Buenas intenciones las del demócrata que fue «derrotado» por el conocido fraude electoral que en el año 2000 llevó a la Casa Blanca a George W. Bush, el hijo. Pero hacer sostenible al capitalismo es mantener la explotación de los pobres y esa sociedad de diferencias abismales.

Politico Magazine, una importante publicación estadounidense, acaba de publicar un reportaje en el cual revela que luego de nueve meses del paso de Harvey, la clase media de Houston se ha recobrado, pero los vecindarios de bajos ingresos como Kashmere Gardens están en el desorden y desprotegidos, no se han recuperado, y habla de un sistema de respuesta a los desastres complicado y burocrático que no es capaz de proporcionar apoyo a las minorías y a los de bajos ingresos.

No es Gore el único que alerta de la injusticia. Después de documentar cuidadosamente las sombrías condiciones que enfrentan los pobres en EE. UU., un informe de las Naciones Unidas concluyó que la riqueza extrema y la persistencia de la pobreza severa en un país rico como Estados Unidos «es una decisión política de los que ostentan el poder» y con una política adecuada «podría ser fácilmente eliminada».

El profesor Philip Alston, Relator Especial de las Naciones Unidas sobre la pobreza extrema y los derechos humanos, visitó Estados Unidos a finales de 2017 para examinar si la persistencia de la pobreza extrema allí socava el disfrute de derechos humanos de sus ciudadanos. Viajó a lo largo de California, Alabama, Georgia, Virginia Occidental y Washington D.C., sostuvo conversaciones con docenas de expertos y grupos de la sociedad civil; se reunió con altos funcionarios de los gobiernos estatales y federal, y conversó con personas sin hogar o que viven en pobreza extrema. 

Alston consideró que la reforma fiscal propuesta por Trump convertía a EE. UU. —al que calificó como «uno de los países más ricos, más poderosos y tecnológicamente innovadores del mundo»—, «en la sociedad más desigual del mundo, y aumentaría enormemente los ya altos niveles de desigualdad en la distribución de la riqueza y los ingresos entre el uno por ciento más rico y el 50 por ciento más pobre de los norteamericanos». 

Es evidente que, además de su mensaje moral sobre esa paradoja riqueza-pobreza, la Campaña de la gente pobre —que extenderá sus acciones hasta finales de junio y las culminará en Washington D.C., la capital del imperio—, hace explícito —decía un artículo en The Morning Call—, cómo la estructura de poder del capitalismo está inextricablemente vinculada con los cuatro males que denuncia y combate este movimiento de base popular: el racismo sistemático, la pobreza sistémica, la devastación ecológica y el costo de la economía de guerra de Estados Unidos.

A finales de diciembre, una entidad española, la Fundación del Español Urgente, promovida por la Agencia Efe y BBVA, que desde hace cinco años busca entre términos reconocidos, o neologismos, la palabra del año entre las que han estado presentes en la actualidad informativa, eligió en esta ocasión aporofobia, que significa «miedo, rechazo o aversión a los pobres».

Creo que ese neologismo que recién han incorporado al Diccionario de la Lengua Española, ni siquiera tiene similar o parecido vocablo en el inglés desde el punto de vista lingüístico; pero en la práctica mucho se sabe y se hace en Estados Unidos para hacerlo un hecho visible desde la discriminación, el aislamiento, la exclusión, la segregación, el desdén hacia otros seres, el racismo, la xenofobia, el odio patriotero o nacionalismo al estilo de «América Primero», en definitiva porque son de «otra clase»: la de los pobres.

Han ocurrido protestas en 37 estados. Foto: Tomada de Twitter

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