Brasil: las elecciones sin Lula

A menos de un mes de los comicios del 7 de octubre,la derecha seguirá alimentando el fuego de la demonización del PT y de toda la izquierda

Autor:

Marina Menéndez Quintero

Consumada la campaña contra Lula para cerrarle el paso a la presidencia, los hechos parecen sucederse en Brasil tan rápido como demanda la cercanía de las elecciones que tendrán lugar el 7 octubre: el expresidente injustamente preso en Curitiba presentó a Fernando Haddad como su sucesor, y tres días después una encuesta de la firma Vox Populi decía que este marchaba a la cabeza de las intenciones de voto.

Precisamente, la capacidad de Lula para traspasar su caudal político a Haddad en apenas un mes, era la principal pregunta de los analistas cuando se dio a conocer su candidatura.

Los observadores reflexionaban que en 2010, cuando fue electa Dilma Rousseff, el líder del Partido de los Trabajadores (PT) contó con mucho más tiempo para acompañarla en el proselitismo.

Pero, si en verdad ese estudio de opinión representa la tendencia de la sociedad —como sabemos, los sondeos no siempre son del todo confiables— ello estaría indicando que la mejor campaña a favor de Haddad ha sido el escarnio a que las clases dominantes han sometido a Lula, a la izquierda y, en general, a una población que sufre en carne propia los recortes, el congelamiento del gasto social, y el intento de vender el erario público a extranjeros, como está haciendo Michel Temer...

La mayoría de los votos duros del PT y de Lula —quien contaba en los sondeos previos con un nivel de aceptación entre 38 y 40 por ciento— han entendido rápidamente que no se trata ahora de catapultar a la presidencia a un hombre, sino de abrir paso a un modelo al que la derecha brasileña y continental han tratado de enterrar judicial y políticamente.

Cierto que ello solo puede que no baste, así como una encuesta no alcanza a dibujar todos los escenarios posibles. Para mover con intención las fichas, este mes puede resultar, contradictoriamente, largo, tomando en cuenta la poderosa red de medios de información en manos de la derecha, capaces de virar rápidamente la opinión de un país, como lo demostró la manipulación de O Globo, que ganó de repente tantos adeptos al golpe parlamentario de 2016 contra Dilma.

Y está, por otra parte, el deshonesto sistema judicial que mantiene encerrado a Lula, aun sin haber finiquitado su fabricado proceso —quedan recursos de la defensa sin ser analizados por la Corte Suprema—, y que ha encausado a otros militantes del PT, entre los cuales se encuentra el propio Haddad.

En la misma táctica de sacar de en medio a todas las figuras claves del PT y de satanizar al Partido y sus mandatos, la peluda mano del sistema judicial brasileño —políticamente comprometido— levantó contra Haddad los cargos de corrupción, lavado de dinero y asociación delictiva, acusaciones presentadas ante los tribunales de Sao Paulo por el presunto cobro de poco más de 600 000 dólares de una empresa constructora.

Poco margen queda para las dudas acerca de la veracidad de dichas imputaciones, luego del embustero desempeño de los tribunales brasileños de cara a estos comicios.

La mentira es evidente cuando se sabe que la denuncia fue interpuesta en plena campaña electoral, cuando ya Haddad era el compañero de fórmula de la frustrada dupla que encabezaría Lula, y que los cargos mal se sostienen sobre una de esas llamadas «declaraciones premiadas» con que sujetos condenados buscan rebaja de sus penas y que, dicho sea de paso, hace más de un mes fueron declaradas inconstitucionales por el Tribunal Supremo brasileño.

Aunque en menos de 30 días no parece quedar tiempo para inhabilitar a Haddad, como se ha hecho con Lula, ello será usado como leña por la derecha para seguir alimentando el fuego de la demonización del PT y de toda la izquierda.

¿Haddad vs Bolsonaro?

La irrupción de Haddad en el panorama electoral provocó una primera reacción en los potenciales votantes: el desplazamiento del ultraderechista Jair Bolsonaro, un militar en la reserva conocido por sus posiciones racistas y xenófobas, quien a lo largo de su carrera política no ha parado de elogiar la dictadura de los años 60 y aplaudir la práctica de la tortura, entre otras atrocidades.

Con Lula descartado en las boletas y sin Haddad postulado aún, Bolsonaro, quien se repone de una herida con arma blanca que le infligió un ciudadano durante un acto de campaña, encabezaba las listas de las preferencias con un 24 por ciento, empujado hacia arriba por la misma agresión que le había favorecido en dos puntos porcentuales.

Así de veleidosa puede ser a veces la intención de voto. Breves días después, el sondeo de Vox Populi, dado a conocer el jueves, adjudicaba a Haddad 22 por ciento y 18 a Bolsonaro, seguidos por Ciro Gomes, del Partido Laborista Democrático, con diez por ciento; Marina Silva, de la Red Sustentabilidad, con cinco, y Geraldo Alckmin, del Partido Social Demócrata Brasileño (PSDB), cuatro. Son ellos los candidatos con posibilidades de un total de 13 aspirantes registrados, que convierten en abanico el espectro electoral.

Pero ojo: la encuesta también vaticinó un 21 por ciento de votos blancos o nulos, una masa tan amplia como la que manifestó apoyar a Haddad, y que podría inclinarse después a uno u otro lado.

No es saludable dejarlo todo a las encuestas. Otro sondeo al cierre de esta edición mostraba de nuevo a Bolsonaro arriba.

Dando tal escenario como posible, lo que se esperaría es la necesidad de una segunda ronda prevista para el 28 de octubre, ya que hasta ahora nada hace predecir que algún candidato obtendría la mayoría absoluta en la primera. Y hasta ahora se espera que sea entre Haddad y Bolsonaro.

La polarización que se presentaría entonces en las boletas se considera que favorecería a Haddad, toda vez que se enfrentaría a un ultraderechista que cuenta con el apoyo de las repudiadas filas castrenses a las cuales perteneció, y algunas de cuyas voces se habían levantado, incluso, para amenazar con que no permitirían asumir a Lula.

Analistas señalan que el favoritismo por Bolsonaro (diputado desde hace siete períodos) estaría relacionado con el hartazgo de sectores brasileños de la vilipendiada democracia en aquel país, y su expectativa de que el «orden» llegaría con una «mano dura». 

Pero Bolsonaro también tiene la repulsa de amplias capas populares a las que desprecia.

En días recientes se dio a conocer la conformación de una comunidad digital identificada como Mujeres unidas contra Bolsonaro que cuenta ya con un millón de miembros, quienes se proponen efectuar actos en todo el país para enfrentar al aspirante de la ultraderecha «y a las fuerzas fascistas promovidas por los medios golpistas», dijo una de sus organizadoras, citada por la agencia PL.

Más allá de las encuestas

Pero la cambiante realidad, insisto, puede ser más rica que  predicciones y consultas. Y el escenario político brasileño trasciende el conteo de boletas, aunque esa sea la única vía posible para restaurar la democracia y la credibilidad en las instituciones, tan en duda después del injusto impeachment contra Dilma y, ahora, por la alevosa manera en que se ha impedido retornar a Lula al poder, haciéndole pagar por ello una pena de 12 años de cárcel.

Así se intenta prolongar un golpe de Estado que no solo busca torcer el destino de Brasil, sino contribuir al viraje hacia la derecha de una América Latina que transitaba más unida hacia la integración y el paradigma del mejor mundo posible.

Ese no es, desde luego, el estatus que está ofreciendo la derecha a la gente allí donde se ha vuelto a entronizar y puja por satanizar cualquier modelo alternativo al neoliberalismo. ¡Ojalá en Brasil las mayorías demuestren en las urnas que lo han comprendido!

Pero los tiempos duros que se viven podrían dejar sus saldos positivos.

Traicionado por el Movimiento Democrático Brasileño (PMDB, de Temer) en 2016, con el que sostenía una alianza política desde el año 2010, el PT se presenta ahora a las urnas en una coalición que por primera vez prescinde de agrupaciones de peso de la derecha.

La alianza El pueblo feliz de nuevo reúne al PT y al Partido Comunista de Brasil (PCB), agrupación a la que pertenece la candidata a la vicepresidencia, Manuela D’Avila, calificada por la actual titular del Partido de los Trabajadores, Gleisi Hoffmann, como «una mujer joven, con fuerza y vigor», quien ha jugado «un papel muy importante en la construcción de esa unidad para dar sustentación a Lula y a una alianza del campo progresista y popular», dijo.

La coalición incluye, además, al joven Partido Republicano de la Orden Social (PROS) (no exactamente de izquierda) y al de la Causa Obrera (PCO), fundado en la década de los 90 por exmilitantes del PT.

Sin embargo, no ha logrado conformarse un amplio frente del campo progresista y popular. Por ejemplo, el Partido Socialismo y Libertad lleva candidatura propia con Guilherme Boulos, miembro de la Coordinación del Movimiento de Trabajadores sin Techo (MTST), y quien también se pronuncia contra el golpe y promete revertir la entreguista gestión de Temer. Y el Socialista ni postula, ni se ha adosado a ningún aspirante.

También se teme que Ciro Gomes, a quien muchos ven como izquierdista, esté acaparando ya parte de los votos que tenía Lula, como lo mostró el más reciente sondeo de Data Folha, que le otorga un 13 por ciento. Lo mismo que Haddad, con lo cual peligraría que pase a segunda vuelta.

No obstante, más allá de los sondeos previos a las elecciones y la inteligencia o no de las alianzas, el peso de los resultados estará en la claridad de las amplias masas para identificar dónde puede estar la solución a los males acaecidos con el golpe, y a favor de quién deposita ese voto de castigo que, seguramente, tendrán los que han sostenido a Michel Temer.

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