Vivir del reciclaje

Autor:

Julio Martínez Molina

Hace poco leía una entrevista con el director de fotografía italiano Vittorio Storaro, famoso por sus trabajos para Bernardo Bertolucci y otros realizadores de primera línea, en la cual sostenía: «Hay que ser valiente para, al saber cuando acaba un camino, iniciar otro».

Deseé entonces que esa percepción hubiese sido compartida por varios de los creadores del campo audiovisual que en esta Isla no tienen los arrestos para recomenzar.

Es duro el reinicio desde cero, y transitar senderos nuevos de cara a los cuales poseíamos el mayor de los miedos, haya habido o no recompensa para la intrepidez en la jugada.

La convención que impone la costumbre —y su efecto tranquilizante asociado— suele frenar el llamado de la sensatez al alto necesario ante la bifurcación de la trayectoria sugerida por los años: o te anegas en tu marisma, o te renuevas.

Ante el foco rojo del anquilosamiento la fuerza de lo establecido es propensa a redoblar bríos como modo de respuesta, de forma que cualquier giro en el camino de la lógica puede neutralizarse por el grato e irrenunciable a veces poder del facilismo.

Quería utilizar eufemismos en este preámbulo, pero a la larga sale a colación el sustantivo en cuestión: el facilismo.

Por ello, o por pavor quizá a adentrarse en comarcas de creación nunca antes pisadas, existen realizadores y guionistas de radio y televisión que viven dando vueltas sobre su concha.

Son los artífices de programas que en su momento cumplieron determinada función, con mayor o menor eficacia, con mucha o poca atracción por parte de espectadores u oyentes.

En fin, que con virtudes y defectos surcaron éteres y pantallas a través de diversos lapsos de tiempo; pero que, sometidos a la tomografía del ahora, no hay razón para que continúen su prolongación en el presente ni en el mañana.

Sin embargo, permanecen saliendo al aire contra todas las banderas, recocinando su caldo de inamovibles ingredientes en el caldero infértil del reciclaje.

Sin sonrojos ni ambages irrumpen en nuestro hogar cada semana los ejemplos fehacientes de lo aquí expuesto, ante la interrogante nacional: ¿Por qué seguimos recibiendo esto?

Razones hay muchas y no solo tienen que ver con el sentido común del creador. También influyen elementos suprapersonales: el supuesto relieve del tema del espacio, su presuntamente favorable contenido didáctico, la socorrida apelación de la necesidad de equilibrio en los esquemas de programación, el renombre de los padres gestores del programa, limitada autoridad en las direcciones para prescindir de tales personas...

No importa que todo lo anterior, a la larga, esté lastrando a esos mismos medios, maniatados para obrar.

Aferrarse a lo inasible, no avizorar la línea que demarca la entrada a las monótonas praderas de la rutina, angosta visiones y confisca decisiones.

«Empezar otra vez», como rezaba el estribillo de la canción de La cara oculta de la Luna, no parece estar destinado a todos los mortales en nuestros predios audiovisuales.

Para algunos resulta preferible seguir aburriendo a quienes sintonicen señal con más de lo mismo, en el cuento de nunca acabar.

Lo más doloroso es que la catarata de aguas recicladas de los espacios de marras se despeña, sin conmiseración, contra nuestros oídos y retinas.

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