Polvo cósmico en Israel

Autor:

Luis Luque Álvarez

No son buenos los tiempos para el primer ministro israelí Ehud Olmert, ni para su titular de Defensa, Amir Peretz. Ni para la estabilidad política de su país. Ni para los palestinos, que en última instancia, cosechan en su propio patio las veleidades de los gobiernos israelíes...

Las últimas noticias sobre el jefe del gabinete sionista, dan para una sátira. Resulta que, en una reunión con los ministros, en la que se analizaba qué hacer con miles de funcionarios municipales que desde hace meses no cobran sus salarios —la mayor central sindical, Histadrut, ya amenazó con una huelga general— Olmert y su ministro de Defensa, el laborista Amir Peretz, a quien lo une el fracaso de la agresión contra el Líbano, se enfrentaron ruidosamente.

Peretz y Olmert, a punto del divorcio. Foto: Reuters En un momento del debate, Peretz, antiguo jefe de la Histadrut, pidió la palabra, pero Olmert se la negó, pues no era un asunto de su competencia.

«Tienes que esperar de forma paciente. Las cosas no se hacen aquí según tu propia agenda», advirtió Olmert, a lo que el laborista replicó sarcásticamente: «Te comportas como si fueras el único gobernante del Estado». «Aquí no vas a hacer lo que te dé la gana; siéntate y permanece en silencio», cargó el premier. Y suspendió la reunión.

Pésima forma de arreglar las cosas. ¿No se trataba de una coalición acaso, de una comunión de intereses por el bien de un país?

En teoría sí, pero pecó de ingenuo quien imaginó que sería llevadera una alianza entre el neoliberal Olmert y un político salido de los sindicatos, cuya agenda inicial era favorecer a los obreros y a las minorías. Como se preveía, Peretz sucumbió al militarismo, a la forma de proceder con mano de hierro. Se decidió guerrear, y ahí estaba él, el pacifista, para poner cara de halcón y ganarse la antipatía.

Después, hace menos de un mes, pidió que cesaran las excavaciones cerca de la Explanada de las Mezquitas de Jerusalén, para evitar herir la susceptibilidad árabe, y el Primer Ministro no lo escuchó. Ahora lo mandó a callar, mientras los trabajadores, a los que Peretz quiso representar, se quejan porque no se les pagan sus salarios.

El establishment, se ve, lo engulló. Nada queda de él, sino la caricatura de un jefe de partido al que otro le ordena hacer silencio. Un sondeo del diario Yediot Ahronot entre los votantes laboristas, lo ubica en tercer puesto, con el 19 por ciento de las preferencias, por detrás del diputado Ofir Pines y el ex primer ministro Ehud Barak. En cabeza, el ex jefe de la inteligencia, Ami Ayalon, obtiene el 28 por ciento. De modo que ¡adiós, Peretz, polvo cósmico!

Y nada mejor le va a su actual jefe Olmert. Según otra encuesta, de celebrarse comicios en este mismo instante (algo que el 57 por ciento de los israelíes desea), ¡solo el tres por ciento del electorado votaría por él! Además, hoy mismo el contralor del Estado israelí, Micha Lindestrauss, consideró insuficiente la colaboración del premier en las investigaciones sobre la preparación de vías de comunicación y apoyo en el norte del país durante la agresión contra el Líbano. Un puntillazo, perdón, un reporte que no puede causarle la menor gracia.

¿Y quién va al frente en esta guerra de sondeos? Pues nada menos que el también ex premier derechista Benjamín Netanyahu. El 30 por ciento de los consultados estaría de acuerdo con que retome el poder.

Valga entonces recordar que hablamos del Netanyahu que abandonó el gabinete de Sharon en 2005, en protesta por la evacuación de las ilegales colonias israelíes de la Franja de Gaza. De cumplirse los pronósticos, ¿a dónde irá a parar cualquier tímida aproximación entre israelíes y palestinos?

Es este el resultado de todo cuanto ha hecho el gobierno de Olmert por hacer «avanzar» la paz durante el último año. El ¡adelante! que significa el propio nombre de su partido (Kadima) quedó empantanado en una guerra ilógica e infructuosa. Nada que ofrecer a los palestinos. Nada que ofrecer a los israelíes. Ni siquiera hacer cumplir el elemental principio de pagar salarios.

Polvo, polvo decíamos. Y nada agradable en el horizonte.

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