Latinoamérica saca sus propias cuentas

Autor:

Marina Menéndez Quintero

SI algo debe reconocerse a Bush es lo bien que tiene colocada la autoestima; solo así se explica que su regreso a la Casa Blanca no lo haga asido de los brazos por su esposa Laura y la ministra Condoleezza Rice arrastrando, entre ambas, el peso de la crisis depresiva del presidente de Estados Unidos.

Acaso los muchos avatares que ha debido afrontar le hayan acostumbrado a soportar las rechiflas así, con la sonrisa colgando y —aparentemente al menos—, la más absoluta tranquilidad. ¿O tal vez sea el mismo desprecio con que desconoce las críticas a su desempeño doméstico y, más aún, el enorme costo impuesto a sus compatriotas por la empecinada insistencia en Iraq?

A fin de cuentas, la de ahora ha sido la misma actitud que adoptó en la inolvidable Cumbre de las Américas de Mar del Plata: estaban echando la última paletada de tierra sobre el féretro del ALCA y él allí, con los audífonos puestos... Absorto, como si escuchara un ‘country’ en vez de discursos que ponían el E.P.D. sobre el eslabón principal de la política yanqui para el encadenamiento de Latinoamérica.

Fue aquel episodio, probablemente, la primera muestra de que las cosas en el traspatio no eran iguales ya. Ahora, los motivos para que el Imperio representado por Bush se sienta doblemente derrotado, son más que evidentes en el bochornoso paso del mandatario por Brasil, Uruguay, Colombia, Guatemala y México.

Llegadas, siempre, en la noche; recibimientos como a escondidas que representaron virtualmente entradas por la puerta de atrás y algunas entradas traseras reales, como el acceso por el sótano al hotel Hilton, en Sao Paulo. Saludos oficiales esquivos y poco elenco gubernamental; conversaciones casi siempre fuera de la capital como cuando un anfitrión teme la reacción popular o se avergüenza, y rechazo, mucho rechazo, como si en vez de un hombre estuviera pasando la peste por cada lugar.

Esa ha sido la expresión de una antipopularidad que da cuenta del descalabro de la política hegemónica imperial en América Latina y convirtió el recorrido de Bush en un paseo bélico y fantasmagórico a la vez: casi nadie lo vio, resguardado en las afueras; sepultado su rostro inexpresivo tras las 50 limusinas, los blindados y hasta helicópteros que convirtieron la comitiva en un desfile militar.

Agobiado por el fiasco de Iraq y el perdido dominio en el Congreso, el presidente se viró hacia América Latina en busca de aceptación y recibió en pleno rostro el pago por tantos años —no de olvido, como dicen quienes ignoran el fracaso de la política yanqui en el Sur—, sino de sojuzgamiento.

Preocupado por la emergencia, a escasos kilómetros de su territorio, de un modo distinto de convivencia que está haciendo obsoleta la «necesidad» del omnipotente poder, Bush ofreció cuentas de colores y nadie ya le hizo caso.

Sin duda, fue un fracaso el acto de ilusionismo con que quiso encandilar a pueblos que han hallado ya, en sus propias manos, verdaderos diamantes en bruto. ¿Quién puede «sucumbir» ante un barco de bandera estadounidense con algunos médicos y enfermeras enviados con premura, cuando América Latina está viendo formarse decenas de miles de galenos de sus propias tierras sin que medie, para ello, alguna condición?

Difícilmente alguien podría creer que «Estados Unidos está comprometido en ayudar a los pueblos a salir de la pobreza» —como declaró Bush antes de salir al ruedo—, después que la mayor potencia dejara hundirse a la región bajo su impuesto maremagnum neoliberal, sin ejecutar siquiera un movimiento demagógico de compasión.

Dicen los analistas que el mandatario vino con la billetera vacía, y vacía se la regresa. Pero no: la trajo repleta de falsas cuentecitas de colores y ha virado con ella desbordada de desaprobación... Aunque no están incólumes las carnadas de algunos anzuelos.

Malos cálculos aparte, es obvio que el jefe de la Casa Blanca no iba a someter su figura al escarnio de la despiadada repulsa popular, sin más.

Claro que le preocupa la preeminencia en el cono sur de procesos nacionalistas y antiimperialistas —si no son francamente revolucionarios— que Washington no tiene ahora cómo impedir, porque las naciones latinoamericanas están aprendiendo que juntas pueden andar sin su «bendición», y ya no tienen que postrarse, a merced de sus condicionamientos.

Y Washington aún querría ensayar algunos esfuerzos. Entre las promesas baldías que Bush dejó —y que ha sido lo único «palpable»— destaca el compromiso hecho a Guatemala de ayudarla en la lucha contra el narcotráfico internacional, para lo cual ha ofrecido, peligrosamente, una suerte de reedición del Plan Colombia, según reportó La Prensa Gráfica desde El Salvador. La iniciativa encontraría reticencias seguras en el Congreso de Estados Unidos; pero también podría hallar algún asidero para andar.

Por otra parte, los cerebros de la Casa Blanca parecen haber aconsejado a Bush «atemperarse» poniendo énfasis en el etanol, ese biocombustible no contaminante que ahora importa tanto a una administración saboteadora del Protocolo de Kyoto.

Bush ha dicho que le gustaría lo utilizaran los países del istmo; un deseo que el mandatario expresó al tiempo que firmaba un memorando de entendimiento con Brasil, precisamente, para cooperar en la producción y difusión de ese carburante.

Sin embargo, ello podría empeñar las tierras que deben dar alimento a los latinoamericanos, en saciar los apetitos consumistas —o los siempre colonizadores— del poder imperial. ¿O acaso piensa Bush dirigir los reflejos coloridos de sus cristalitos hacia los centroamericanos?

El juego cambió, pero Washington no acaba de resignarse.

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