A los mercaderes de la felicidad

Autor:

Juventud Rebelde

El titular en la portada de El Nuevo Herald, en su edición del miércoles 5 de abril, me causa pena ajena. «Piden ayuda para niño con problemas visuales», dice la «compasiva» nota, para referirse al drama de un pequeño venezolano, Alfred Cárdenas, que ha llegado con sus padres a Miami, para que unos médicos salvadores lo ayuden a no quedarse ciego.

Según nos cuenta la periodista Annette López-Muñoz, «Alfred tiene los ojos en blanco, como mirando siempre al cielo, y al parecer el cielo le ha respondido, porque el gobierno de Venezuela, su país, optó por que sea en Estados Unidos, y no en Cuba, donde se le opere de la vista pues corre el peligro de quedarse ciego».

Increíblemente, desde el primer párrafo, se trafica con el dolor de un inocente y su familia, llevando al plano político un tema que es de total competencia humanitaria. Lo cierto es que el Gobierno de Venezuela no envió el caso a Miami, porque de haberlo hecho, los padres de Alfred no estuvieran solicitando ayuda financiera en Estados Unidos... Pero veamos las palabras que se atribuyen al padre y a una recaudadora de fondos:

«En Venezuela lo vieron muchos médicos», declaró Alfredo Cárdenas, el padre del niño. «Para obtener la ayuda del Gobierno venezolano tuvimos que asistir a las misiones de atención a mi pueblo; allí muchos médicos eran cubanos y tuvieron que certificar que en Cuba no existe la tecnología para operaciones tan delicadas».

«Lo que padece Alfred es muy poco común», explicó María Luisa Echea, del International Kids Fund, una organización que intenta recaudar los fondos que el niño necesita. «Alfred nació con la córnea blanca y carnosa, como el resto de la pared del ojo; esto le dificulta mucho la vista; además tiene glaucoma, presión alta en el ojo, y si no recibe tratamiento se quedará completamente ciego», agregó.

¿Por qué poner en duda los reconocidos logros cubanos en materia de salud, y específicamente en materia de Oftalmología? ¿Será que a alguien le molesta el papel desempeñado por el Gobierno cubano y sus médicos en el nacimiento, desarrollo y éxito de la Misión Milagro? ¿Cómo hace un editor para publicar cualquier cosa, pensando que el lector es tonto? ¿Quién va a creer el cuento de que los médicos cubanos son unos incompetentes?

La gran mentira de esta historia aflora desde el primer párrafo, cuando dicen: «el Gobierno de Venezuela optó por que fuera en Estados Unidos y no en Cuba donde se operara al niño». Si es una decisión de Gobierno, ¿cómo se justifica que El Nuevo Herald esté invitando a la comunidad de Florida a que done parte de los 40 000 dólares (sí, 40 mil) que el Instituto Bascom-Palmer de Miami, solicita a la familia de Alfred para un trasplante de córnea, una cirugía de la retina y otra de glaucoma.

Es una pena que la periodista ignore que gracias a la Misión Milagro, la más humanitaria de las misiones médicas que conoce la historia de la humanidad, 315 000 personas pobres (la mayoría de ellos venezolanos) han recobrado la visión, con intervenciones quirúrgicas gratuitas, por distintas afecciones, entre las que sobresalen la catarata y el pterigium. Hoy, además de los centros oftalmológicos cubanos, la Misión Milagro cuenta con 11 centros especializados en Venezuela, con 27 posiciones quirúrgicas, y entre los dos países prestan ayuda solidaria (que significa GRATUITA) a personas de Venezuela, Bolivia, Argentina, Ecuador, Guatemala, Honduras, México, El Salvador, Uruguay, Panamá, Paraguay y Perú.

Para terminar la «telenovela», El Nuevo Herald cuenta que Alfred, tan pronto recupere la visión, querrá ver Disney World. ¿No sería más hermoso para este niño tener la suerte de disfrutar el verde intenso de la cordillera del Ávila, o las playas de la costa venezolana, la inmensidad de la Gran Sabana o las cumbres nevadas de Los Andes?

De seguro no pueden responderse estas preguntas, porque el verdadero motivo de la nota de marras no es el de reconocer una realidad o ayudar a solucionar un problema. Lo que debería criticar El Nuevo Herald es el precio obsceno e impagable de una operación, en lugar de poner en entredicho la competencia de unos médicos que se formaron, como misioneros, en la solidaridad y la ética humana de salvar vidas sin pedir nada a cambio.

Reivindico a esos hombres y mujeres, porque los he visto selva, barrio y monte adentro, buscando entre los indígenas y los más humildes pobladores, a quienes necesitaban de una operación para ver la luz, conocer a sus hijos o padres, descubrir los colores de su país... Entre esos 315 000 operados en la Misión Milagro, también vimos viajar a Cuba a cientos de Alfred. Es una pena que una operación como la que él necesita con urgencia, solo sea posible en un frío hospital de Miami, donde solo le sonreirán si sus padres reúnen los 40 000 dólares que el mercado exige.

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