Un cañaveral ardiendo - Opinión

Un cañaveral ardiendo

Autor:

Jesús Arencibia Lorenzo
La historia, toda, puede a veces concentrarse en una imagen. Las largas opresiones, las hondas rebeldías, las dudas que abren siglos, y las cadenas que los cierran; si se auscultan, si se pesan, si se proyectan ante los sentimientos humanos, pueden condensarse increíblemente en una fotografía. Al menos eso me pareció cuando escuché hace algún tiempo a Fernando Martínez Heredia hablar de los años 60 del pasado siglo en Cuba.

Con su juvenil lucidez, Fernando nos describió el asombro de cuando nos apropiamos de las palabras, de los espacios, de los sueños que alguien y algo nos había hipotecado. Contó cómo los negros comprendieron que aquello de «darse su lugar», había sido una intravenosa discriminación. Narró cómo las muchachas de campo, que pensaban que la menstruación era una enfermedad, escucharon por primera vez la palabra «biología». Habló también de las contradicciones, de los sinsentidos, de la confusión mágica y terrible de asistir a un nacimiento.

Pero se detuvo de manera particular —o al menos así lo percibí— cuando nos dijo que, en aquellos terrenos inhóspitos donde antes la noche era maciza, uno podía mirar y ver ahora un resplandor extraño, como «un cañaveral ardiendo» que no era más que las primeras escuelas de becados.

Entonces pensé que, desde Hatuey rechazando el cristianismo asesino que le ofrecían, hasta Gerardo Hernández afrontando una condena de más de dos vidas, nuestro devenir ha sido algo similar a eso: un cañaveral ardiendo, una llama insurgente.

Céspedes mirando fijamente a sus esclavos hasta incendiar en ellos cuanto de hombres llevaban. Mariana tejiendo un hogar de chispas para que le salieran cubanos al rojo vivo. Martí, «montado en un relámpago», bullendo a la temperatura de una guerra «generosa y breve». Pablo de la Torriente, escribiendo con carne y flama las crónicas de la Revolución del 30. Camilo avivando la hoguera de una multitud con el viento de un poema legendario...

Pero también, escuchando a Martínez Heredia, entendí que ese proceso cuyo símbolo ha sido el fuego, es tan frágil y extinguible como el fuego mismo. Que su reverso, o sea, la involución reaccionaria, también se puede condensar en imágenes repetidas.

Y me fui entonces no a la historia, sino a la cotidianidad. Vi a unos cuantos «revolucionarios» hablando de socialismo sin detener su carro ante los cubanos de a pie. Vi a algunos sindicatos aplaudiendo en asambleas insulsas mientras a los obreros de sus empresas los aquejaban mil angustias. Vi carnés de militantes cuyos dueños solo tenían eso de progresistas: el carné. Y también, con más dolor, el silencio de muchos «sinflictivos», que tal vez de buena fe, evitaban buscarse problemas.

Sí, la historia del día a día, la que leerán nuestros nietos, también necesita de la salvadora tea.

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