Herencia viva - Opinión

Herencia viva

Autor:

Luis Sexto

Puesto a comentar el suceso más impactante e interesante de este momento en Cuba, al periodista le sobran los asideros, aunque a veces la abundancia implica dificultad en la selección. En qué aspecto he de detenerme. Con qué órgano primordial he de escribir: ¿el cerebro, el corazón? ¿Racional o emotivamente? Esas son ahora mis preguntas ante el Mensaje de Fidel a sus compatriotas. Y no puedo dejar de admitir que lo que más exactamente se empalmaría con mi óptica habitual y con la historia de mi pueblo, sería empezar hablando de que he tenido el privilegio de estarprivilegio, y en mi tierra, durante los acontecimientos donde Fidel ha actuado protagónicamente. Aun recuerdo el 26 de julio de 1953. Mis ocho años no alcanzaban a entender la noticia principal de aquel día; sin embargo, aún recuerdo a papá comentar en casa: Fidel Castro atacó el Cuartel Moncada. Y lo dijo de modo que el niño pudo intuir que aquello era algo grande.

Con el tiempo supe que había sido algo grande, tan grande que transformó mi vida y enrumbó mis decisiones, y he permanecido, a pesar de momentáneos desalientos e incomprensiones, formando parte anónima, pero activa en la Revolución que Fidel encabezó y ha mantenido lúcidamente frente a obstáculos que a alguien menos audaz, menos optimista, menos dotado intelectual, ética y políticamente le hubiesen parecido insuperables.

Tengo, pues, junto con cientos de miles de cubanos el privilegio de haber estado cerca de Fidel desde los inicios. A veces como testigo anónimo. Otras, como participante sumado en la caravana incontable de los patriotas y revolucionarios. Algunas veces, muy próximo al líder de la Revolución como periodista, oyéndolo, o anotando y luego escribiendo sobre alguno de sus viajes de Jefe de Estado a ciertas cumbres presidenciales y registrando la solidaridad, la simpatía y la devoción que su crédito y su historia suscitaban en calles y plazas de nuestro continente.

Todo ello el periodista lo atesora. Y agradece a la vida haber estado sumado como un grano de arena o de maíz a la gloria de Fidel y el pueblo. Ahora he presenciado otro de sus gestos. No será el último. Pero puedo decir que en ese mensaje donde declina firmemente que lo propongan y elijan el próximo 24 de febrero como Presidente del Consejo de Estado, sigue la misma línea que lo convirtió en ese líder político que solo admite, para cuantos lo quieren, un apelativo suficiente a sintetizarlo como suma de patriotismo: Fidel.

Objetivamente hablando, el caudal de la herencia revolucionaria cubana se ha nutrido con el Mensaje. Fidel ha dado un ejemplo supremo de abnegación: ha declinado la primera línea que nadie le niega o regatea. A mi parecer, ha valorado realistamente su situación; ha reconocido las dificultades que su convalescencia impone al ejercicio de la jefatura del Estado, y cede el espacio, porque como él lo ha reconocido de palabra y obra, el poder para él ha sido siempre una oportunidad de servir a su pueblo. Convirtió a la patria, como estableció Martí, en el ara del sacrificio y no en el pedestal de la gloria vanidosa del mediocre que, en vez de servir, se sirve.

Fidel no ignora la situación del país. Fue el primero en advertir el 17 de noviembre de 2005, el peligro que se cernía sobre la Revolución. Cuánto debe haberle costado decir que la obra que a tanto costo humano y material se levantó, podría desaparecer por la acción de nuestros errores. Era también consecuente con aquella premisa que cinco años antes de ese día había expuesto como un rasgo definitorio del concepto de Revolución: cambiar todo lo que tenga que ser cambiado.

¿Cambiar? Cambiar según la herencia viva de Fidel es mejorar. Es modificar cuanto estorba, limpiar cuanto está sucio, ampliar cuanto se ha estrechado. A ello, él también nos orienta, con la cautela preclara que nunca concedió a los enemigos de la Revolución y la independencia, una grieta por donde pudieran infiltrar sus caballos de Troya. Pone en nuestras manos la obra de mejoramiento. Y pone, sobre todo, este nuevo acto de entrega, de ofrenda a la causa nacional, como una lección obligatoria que ha de nutrir nuestros actos y decisiones.

Debemos crecer, aproximarnos a su estatura. Porque Fidel no ha «caído», como gritan algunos por los acomodados magnavoces del extranjero. Fidel no ha «caído», señores del más allá; Fidel se ha alzado sobre cualquier limitación humana. Y sigue siendo, simplemente, Fidel.

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