Esos pequeños andamios

Autor:

José Aurelio Paz

He recibido un correo electrónico que me ha alegrado el día, lejos de casa. Un antiguo obrero de ferrocarril, a quien tuve el placer de entrevistar una vez en su pequeña estación de Chambas, estará leyendo sus versos, en la casona de la UNEAC de Ciego de Ávila, por el Día Internacional de la Poesía.

¡Vaya tipo honrado este Modesto San Gil, canario de nacimiento y cubano de esencias, que convirtió cada pitazo del tren de la madrugada en zumo poético de una vida dedicada a uno de los oficios más humildes del mundo! ¡Vaya grandeza la de un país tan pequeño como el nuestro, donde un simple obrero tiene abiertas las puertas de una institución cultural para leer su alma, sin necesidad de sobornos ni de patrocinadores de jabones!

Y es que la poesía es eso precisamente; pequeños andamios, como le llama Benedetti, que nos sostienen y nos restauran el espíritu. No solo la que sale de la muerte de la tinta sobre el papel, sino la que se vive, día a día, entendiendo la belleza como lo simple y lo humilde que adorna la existencia humana.

¿O acaso el campesino no es un poeta que lleva el verso en sus polainas y adornan su lengua, de manera natural, retruécanos, hipérboles y metáforas? ¿Acaso esa tonada con que acompaña el trance agónico de sus bueyes, cuando junto al aguijonazo va el susurro cariñoso de ¡Azabaaache!... ¡Grano de Oooro!..., no es propiedad de la poesía? Si no pregúntenle, allá en Tamarindo, a Pablo y Volpino, dos guajiros tan tercos como sus propias bestias que han unido el verso fino al rudo arado.

Si encerramos la poesía en los cofres sagrados de supuestos eruditos, de «genios del encabalgamiento y la métrica, del ritmo interno», la estamos matando sin mortaja. Hay que «contaminarla», día a día, con la gente sobria; no esa de recitales de élite y exquisitas conferencias, sino con la otra, la que vive en barbacoas, la que se toma una cerveza aguada, en moneda nacional, luego de estibar un barco, la que en una noche bohemia, y con más de una «Mulata arronada» en la cabeza, declama con aire fatídico, sin importarle para nada el nombre del autor, porque afirma que son suyos: «Puedo escribir los versos más tristes esta noche».

Lo contrario, sería convertir a la poesía en niña tonta; en burguesita adinerada y frívola; en jinetera que le flirtea al primer dólar; en cripta faraónica indescifrable, incluso, para los arqueólogos de Egipto; en la princesa del cuento, encerrada en la torre, que no hay dios ni humano que la rescate para salvarla de esa muerte demorada entre el tedio y la sapiencia.

Decía el poeta chileno Nicanor Parra, que «poesía es todo lo que se mueve. El resto es prosa»; mientras el filósofo alemán Martin Heidegger la veía como «la fundación del ser por la palabra»; y aunque Vicente Huidobro pide que el verso sea como una llave que abra mil puertas y hace la siguiente exhortación: «¡Por qué cantáis la rosa, oh poetas!/ Hacedla florecer en el poema», si hubiese un premio de popularidad a la mejor definición, estoy convencido que ese sería para Gustavo Adolfo Bécquer por la magistral manera de nombrarla: «¿Qué es poesía?, dices mientras clavas/ en mi pupila tu pupila azul:/¿qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?/Poesía... eres tú».

Sin embargo, me encanta el tino con que nuestro Alejo la encuentra en Los pasos perdidos: «Un día, los hombres descubrirán un alfabeto en los ojos de las calcedonias, en los pardos terciopelos de la falena, y entonces se sabrá con asombro que cada caracol manchado era, desde siempre, un poema».

Como misterio que es la poesía no tiene una definición tangible. Es de todos y de nadie. No tiene derecho intelectual, sino emocional. Se puede mezclar con cualquier cosa, incluso con la «gualfarina», que siempre sale algo bello. No es mariposa, pero vuela. No tiene otro valor de cambio que el de la entrega y la decencia. No se compra. Si acaso se domestica o, mejor dicho, nos dejamos domesticar por ella como el Principito a la zorra creando una profunda dependencia; y no es posible localizarla con cardiógrafos ni sismógrafos, porque todavía los científicos no han logrado retratar el alma. Dicen que quien la posee, o es poseído por ella, tiene un tercer ojo y un segundo oído. Afirman que, cuando duerme, lo mismo la despierta el ala rota de un colibrí, que una mata de Galán de Noche florecida, incluso el aroma del arroz con leche cuando se escapa por la ventana de la cocina.

Cuando San Gil le dé vía a su espíritu, con ese farol de retranquero que encierra su luz en su propio nombre de Modesto, y en homenaje a otro canario-cubano que nos regalara hace 400 años su fabuloso Espejo de Paciencia, yo no podré sustraerme al gozo de la memoria. Volverán mis días de talleres literarios con una botella de vino casero al centro, con Lugones declamando sus eróticos versos dedicados a una supuesta y voluptuosa «Cachita», y la nostalgia de un tiempo en que no habían tantos «poetas» sueltos por el mundo y hacer la poesía tenía el mismo gusto fraternal y encanto común que sentarse a echar una data de dominó con Regino o con Guillén, a sabiendas, de antemano, que nos darían pollona.

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