Abrazos en salmuera - Opinión

Abrazos en salmuera

Autor:

José Aurelio Paz
Dice Galeano que abrazarse es protagonizar el prodigio de abismarse en otro cuerpo. ¡Pero qué rico es caer en ese precipicio indescriptible, donde, en lugar de desamparo y soledad, de vacío en el estómago, siente usted abrigo y compañía, porque otro corazón pega su latido al suyo, para que un pecho siamés reciba el empuje donde germinan los buenos sentimientos!

Y qué cosa es un sentimiento sino la partícula mínima de polvo cósmico que nos llena de luz cuando todo parece apagado, que carece de peso específico, porque su valor real está en la entrega de quien lo da a cambio de nada.

Por estos días de agonía, luego del paso del Ike (al que la voluntad del cubano le dice: «¡I ké, compadre!»), me he puesto a pensar que una sagrada virgen del santoral culinario cubano como Nitza Villapol tiene que aparecer ahora, en nuestro nicho de estrategias domésticas, con su natural delantal de iniciativas, para hacernos encontrar soluciones de supervivencia. De manera que cada receta, de las inventadas por ella, se convierta en plegaria para no perder el entusiasmo.

¡Fíjese que no estoy hablando de aquel famoso picadillo de cáscara de plátano!, sino de la inteligencia y la racionalidad en que hemos de hervir nuestras ideas para conservar lo poco que tenemos, con la eficiencia que demanda el paisaje actual del país. De manera que las industrias y los acopios tendrán que ser ejemplar ebullición de propósitos que permitan reproducir el ejemplo de la hormiga de la fábula, cuando guardaba provisiones para el invierno, y no el de la cigarra dedicada solo a mostrar y enorgullecerse de la belleza de su canto sin prever el futuro.

En la casa será necesario volver a las antiguas técnicas de conservación en salmuera, de modo que podamos texturizar y extender —¡vaya palabritas mágicas del reino de la soya!— aquellos alimentos de estación que hayan quedado vivos al paso de los vientos, «I- Ké», de paso, nos preserven, también, el bolsillo.

Ahora bien, si esta ha de ser una preocupación práctica de todo cubano, me inquieta más que perdamos la sagrada receta, como país, siempre servida a la carta: la de la fraternidad más loca, por calurosa y espontánea, que nos ha distinguido desde los tiempos del Espejo de Paciencia (que también tenemos que rescatarlo para mirarnos en él de manera lógica).

Onelio Jorge Cardoso, nuestro Cuentero Mayor, minimizado a veces por el olvido, no puede continuar siendo solo una vaga cita académica. Hay que retomarlo en el precepto sagrado aquel de que en nosotros habitan dos hambres. De la primera podemos salvarnos si la inteligencia de las estructuras estatales, sumada a la de cada ciudadano con decoro, logra paliar la difícil coyuntura, luego del paso, y la conga, de este jodedor huracán. Mas si olvidamos la segunda, la de los afectos que no cuestan nada y alimentan mucho, irremediablemente sobrevendrá la deshidratación del espíritu.

Primero, porque cuando un pueblo lo pierde, después no puede rescatarse por decreto. Segundo, si permitimos que la salmonella del desinterés y el desánimo se apropie del pan de nuestra alma, como comunidad identitaria, estamos perdidos.

No podemos permitir que, en tiempos de una guerra real por la resistencia ante los escollos económicos, haya mercachifles aprovechados de los agobios populares para exasperarlos con su desalmado oportunismo de elevar los precios y revender hasta a La Madre de los Tomates. Aceptar esto como natural sería darle patente de corso a cualquiera para que monte un negocio de venta o alquiler de los abrazos, con un cartel donde anuncie que los hay de fresco lienzo, de fina seda y hasta de piel de visón, por si el invierno de la conciencia azota, siempre que se paguen en divisa.

El asunto es, y la historia actual con su sentido globalizador lo demuestra, que el ser humano ha aprendido, desde la antigüedad, a preservar sus alimentos, pero aún es incapaz de hallar una receta eficaz para conservar sus afectos.

Un beso no dado a tiempo es como cristal fino de Bacarat que se rompe, cuando no somos capaces de arropar la mejilla ajena con la calidez y sencillez del vino y la prestancia y el espumoso júbilo del champán. No podemos permitir, si de verdad queremos salvarnos, que tengan que venir los importadores de caricias, con su plaga de intermediarios, a vendernos cómo compartir el cariño, porque lo hayamos extraviado en cualquier arcón de la cotidianidad ramplona, a dictarnos el entusiasmo impostado, cuando debemos saborearlo como un producto nacional ciento por ciento, como fruta madura.

Eso de los «abrazos rotos» que quede solo como guión para la próxima película de Almodóvar. Esta etapa no puede ser solo de recuperación material. También debemos revisar aquella teja que falta en nuestras ternuras, para que el misterio de lo posible no se pierda en medio de la crecida de los implacables ríos que, a veces no se ven, pero que están ahí, a punto de ahogarnos.

¡Ah, Galeano, cuánta razón la tuya cuando afirmas que el abrazo es un relámpago que no sacia, sino acrecienta la eterna necesidad del amor! Quizá por eso sea que los cubanos, por estos días, agradecemos mucho más, no las limosnas que nos quieren imponer como cepo, sino las manos que construyen puentes hacia esta Isla, inundada de carencias, mas no perdida en el Mar Caribe.

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.