La tragedia haitiana

Autor:

Yailé Balloqui Bonzón
La bandera nacional a media asta. Los niños de Pétion-ville llevan cintas negras en el brazo derecho en señal de luto. La tristeza y la conmoción centran la vida en cientos de hogares de Puerto Príncipe, la capital haitiana.

Y en medio de los dos días de duelo que decretara el gobierno capitalino para rendir honores a las más de cien víctimas, entre ellas numerosos niños, que murieron el viernes último sepultadas en los escombros de una escuela en el suburbio de Pétion-ville, nuevamente la tragedia abraza a los habitantes del país más pobre de América Latina.

Una alumna de Gracia Divina llora desconsolada ante la nueva catástrofe. Foto: Reuters Otro centro escolar, la Institución Mixta Gracia Divina, situado en el sector Canape Vert, sucumbió este miércoles y hasta el momento se cuantifican ocho personas heridas, entre ellas cinco alumnos, tres de los cuales son reportados en estado grave.

Tras el nuevo suceso volvieron escenas como las vividas hace apenas cinco días, cuando decenas de padres, conmocionados por el temor, la confusión y el nerviosismo, se congregaron en torno a los restos del colegio de Pétion-ville en busca de sus hijos.

Pero, al parecer, el hecho de que muchos alumnos estuvieran ahora en el recreo, evitó consecuencias mayores. Nadie quedó atrapado entre los escombros y no hubo decesos.

A la pobreza, la marginalidad y las pésimas condiciones de vida en las que están inmersos los haitianos, se suman los embates de la fuerza de la naturaleza que ha castigado con furia en los últimos meses, y ha provocado un debilitamiento total de los suelos. Esto, unido a los innegables deslizamientos de tierra, la mala estructura constructiva de los inmuebles y la edificación de nuevas plantas en ambos planteles, pueden haber contribuido a la catástrofe.

Entre agosto y septiembre, cuatro grandes tormentas —los huracanes Fay, Hanna, Gustav y Ike— azotaron a ese país caribeño y dejaron más de un millón de personas sin hogar y casi mil muertos, lo que ubica a esta nación en una situación ambiental extremadamente crítica por su fragilidad.

Haití ha perdido buena parte de sus suelos fértiles por la erosión que ocasionó la tala del 98 por ciento de los bosques, de forma que una tormenta común puede causar inundaciones devastadoras al no existir mecanismos naturales de contención ni tampoco los construidos por el hombre, lo que impide la absorción del agua, que además se estanca y contamina porque no hay selvas ni otra vegetación ribereña que filtre y limpie el líquido vital.

Numerosos expertos señalan que Haití lleva muchos años en crisis ambiental y los esfuerzos por mejorar la situación son demasiado lentos. La clave para restaurar lo que alguna vez fueron selvas y verdes valles sería un trabajo permanente de reforestación, construcción de terrazas para cultivos y la canalización de las aguas.

Se trata también de la restauración de cuencas hídricas, de altísima prioridad, pero con muy poco trabajo en el terreno.

Haití trata en vano de recuperarse de un año caótico en materia ambiental y social. La poca ayuda prestada por la comunidad internacional va destinada a la supervivencia y el refugio básico de la población; sin embargo, el ambiente, fuertemente golpeado, también necesita otro tipo de asistencia para sanar sus heridas y evitar catástrofes como estas.

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