Sin dormir en el escaparate

Autor:

Juventud Rebelde

Alguien dijo alguna vez, con extraordinaria razón, que es imposible amar lo que no se conoce. Cabría agregar otra verdad como peñasco: «tampoco puede defenderse». O sumar un tercer axioma: «difícilmente alguien batalle por el meteorito ignoto y remoto».

Esta nación, sin dudas culta en lo político, vive en determinados terrenos con los escollos enunciados en esas sentencias del principio. Y tales ignorancias —a veces ingenuas— lastiman sueños, entorpecen el sendero al futuro y hasta erosionan la médula de este hermoso proyecto social que ha de apostar, como el apotegma martiano, «por el bien de todos».

En Cuba, por ejemplo, nuestra Constitución, ley de leyes de la República, resulta hoy para millares de compatriotas —como otros documentos rectores— una especie de mar de letras difusas, del que apenas se dominan los trazos de tres o cuatro olas. No más.

Una encuesta simple, sin muchas interrogantes, demostraría que de esa Carta Magna, en la cual se proclama el carácter irrevocable del socialismo, se cumple el anhelo del Maestro del culto a la dignidad plena del hombre y existen referentes importantes a nuestra historia, lo más conocido está vinculado con los símbolos patrios o con el nombre del país y su capital.

«Toda persona que sufriere daño o perjuicio causado indebidamente por funcionarios o agentes del Estado con motivo del ejercicio de las funciones propias de sus cargos, tiene derecho a reclamar y obtener la correspondiente reparación o indemnización en la forma que establece la ley».

¿Cuántas personas ahora mismo podrían identificar que este fragmento forma parte de las líneas primeras de la Constitución? Pocas, si acaso los juristas, los alquimistas, los eruditos. No los periodistas, no los esgrimistas, no los cuentapropistas.

Parece un contrasentido que mientras el país se «culturiza» y se colma de aulas, maestros y letrados, un documento cumbre, cuya esencia se mantiene casi inalterable desde 1976 —existieron modificaciones en 1978, 1992 y 2002— y que fue aprobado en un multitudinario referendo celebrado en ese año, no esté en la cabecera de cada ciudadano, o al menos en cada recinto donde números y letras se hacen magia.

La senda de la institucionalización del país, de la que ha hablado Raúl repetidamente, debe pasar por esos surcos en los que textos de tal importancia constituyan grafías vivas, aplicables en la cotidianidad, fuentes de perenne consulta.

En esa senda, que señala la importancia de las instituciones, muy por encima de un hombre coyuntural, o de un jefe con tal metodología, o de un nombre que puede ser efímero en el largo reloj de la vida, es preciso que la Constitución, junto a otros documentos del Estado y las instancias encargadas de las leyes, no duerman en el escaparate, que salten al día a día, que sean instrumentos verdaderos para edificar una sociedad de calor y luz, no de penumbras y frialdades.

Por supuesto, esta realidad no resulta un atolladero desconocido. Ya han existido, por eso, intentos de amplificar y estudiar en tempranas clases escolares algunos volúmenes de ese tipo. Pero los esfuerzos no parecen suficientes ni eficientes. Además, no bastaría con la escuela, pues la Constitución, digamos, posee más de 130 artículos, imposibles de captar para un humano común.

Es cierto que, por fortuna, se encuentra en varios sitios digitales, pero en Cuba todavía no ha avanzado todo lo que quisiéramos, por motivos entendibles, la anhelada informatización de la sociedad. Sin embargo, no parece una utopía instrumentar cursos en Universidad para Todos, o llevar algunos de sus acápites más importantes a los medios de comunicación.

Qué hermoso conocer, con orgullo, que nuestra Constitución, una de las más adelantadas del mundo, para no ser absolutos, establece que «el Estado como Poder del pueblo, en servicio del propio pueblo, garantiza que no haya hombre o mujer, en condiciones de trabajar, que no tenga oportunidad de obtener un empleo con el cual pueda contribuir a los fines de la sociedad y a la satisfacción de sus propias necesidades; que no haya persona incapacitada para el trabajo que no tenga medios decorosos de subsistencia; que no haya enfermo que no tenga atención médica; que no haya niño que no tenga escuela, alimentación y vestido; que no haya joven que no tenga oportunidad de estudiar; que no haya persona que no tenga acceso al estudio, la cultura y el deporte».

Y qué triste no saberlo, aunque esa realidad galope a nuestro lado.

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