Ernesto y Lisandra

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

EN la tapia recién pintada de una céntrica esquina santaclareña quedó inscrita a mano una huella del «inmenso cariño» que se profesan Ernesto y Lisandra, dos mortales que, a juzgar por las dimensiones del letrero, se querrán eternamente.

No se sabe si fueron ellos o sus amigos quienes decidieron revelar la existencia de ese romance que parece no caber entre sus conocidos y necesita aires públicos para consumarse a plenitud.

Allí no quedó escrito quiénes son, qué edad tienen, cómo viven, aunque se intuya que gozan de poca madurez y muy mal gusto, al escoger esa fórmula que pone en entredicho cualquier intento de amor.

¿Por qué no se le ocurrió al autor de los trazos enviar, por ejemplo, una carta a cualquiera de los programas de participación de la emisora provincial, y comunicar así la «grandeza» de esa unión? El mensaje habría llegado no solo a quienes hemos atrapado con la vista el desagradable rótulo, sino también a los que —como dice un popular locutor de la CMHW— «en toda Villa Clara y un poquito más allá» tienen oídos para admirar sanas intenciones…

En otro muro cercano al lugar desde donde Ernesto y Lisandra decidieron lanzarse «a la fama», permanecen vestigios de la escritura de una palabra que no vale la «pena» repetir aquí. Ya podrá imaginársela usted…

Algo apartado de la ciudad de Santa Clara, en la pared de una de las añejas facultades de la Universidad Central de Las Villas (UCLV) apareció, casi a finales del pasado curso escolar, una lamentable inscripción de la que aún quedan marcas por mucho que intentó borrarse.

Saco a relucir estas escenas porque me inquieta sobremanera que espacios de amplia concurrencia pública se conviertan a la vista de todos en murales donde se anuncien la inmadurez y la grosería.

Preocupa que la trivialidad corroa las paredes con la misma fuerza con que intenta colarse por otros resquicios sociales. Preocupa que amenace con remover cimientos elementales para el perfeccionamiento de un proyecto social cuyas mayores fortalezas radican en la formación integral y el crecimiento armónico de sus miembros.

Muchos de los que escriben esos letreros se sostienen en el calendario sobre edades mozas, necesitadas de una mirada dinámica y rectificadora, compartida mayoritariamente entre la escuela y la casa, aunque vaya mucho más allá.

Incomoda saber que en no pocos lugares «nunca nadie ve nada, nunca nadie dice nada», como si la indiferencia no fuese esa otra forma también peligrosa de asumir la complicidad.

No dudo que el amor de Ernesto y Lisandra sea la versión más contemporánea del de Romeo y Julieta, pero merece encontrar otras pasiones dentro de la convivencia cotidiana y el cuidado del ornato público, si es que pretende crecer más allá de un supuesto capricho adolescente.

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