Pido la palabra

Autor:

José Alejandro Rodríguez

¿Qué es ser joven hoy en Cuba? ¿Cómo es nuestra juventud? Las preguntas se las traen, como para no responderlas de un plumazo. Con las etiquetas y calificativos a mano que siempre portan los cómodos de pensamiento, se corre el peligro de hacer generalizaciones.

Ahora que la UJC transita hacia su 9no. Congreso invitando a la muchachada a repensar su espacio y sus ansias en el país en asambleas abiertas, es saludable que la organización abogue en este proceso por un ecumenismo, sin fronteras ni exclusiones. Este opinante, un «medio tiempo» que lleva el joven a cuestas, responde a la convocatoria y se la toma en serio, como para deslizar algunos de los pensamientos que le rondan por estos días, a lomo de vida.

El Congreso llegará a la juventud, en tanto no se ciña solo a asuntos monásticos y de vida interna de la organización; y sí refleje en toda su multiplicidad las inquietudes, preocupaciones, sueños e interrogantes de su generación. En la medida en que arrime sus abordajes a los temas cimeros y más candentes de la nación y el socialismo en Cuba, como depositario de confianza en el Congreso del Partido, del cual se espera sea espejo y catapulta del país.

La cita juvenil sería un instante de reflexión ideal para enfocar los desafíos de liderazgo de la UJC sobre los jóvenes cubanos. Hay que cuidarse de pensar que esa influencia se logra per se, tácitamente. Podemos estar hablándole a un muchacho arquetípico, en el cual muchos no se sientan representados. El liderazgo hay que lucharlo todos los días, en la medida en que sientan suya la organización, porque palpita entre ellos en medio de múltiples complejidades.

La juventud de hoy se parece demasiado a su tiempo. Es la generación que ha crecido comunicándose mucho más con el mundo que nos rodea, por medio de mil artilugios de la tecnología. La cultura global, esa que erosiona identidades y no siempre porta lo mejor y más valioso, danza a su alrededor, incitándola.

Esta generación es mucho menos homogénea que sus antecesoras, y muestra segmentaciones en gustos, actitudes,  estilos e intereses: Desde el cadete vanguardia hasta el «emo» que busca su propia fantasía; entre el profesional bien preparado, y el hedonista. De Guaracabulla o de Nuevo Vedado. Habrá que bregar junto a Martí «con todos y para el bien de todos»; respetar mucho más las diferencias, e intentar la cercanía a los raros y difíciles, siempre abriendo espacios a la  participación y el debate.

La imagen de la UJC, su rostro comunicacional para atraer y fomentar valores y actitudes, deberán parecerse más a la dinámica, la intrepidez y los vertiginosos códigos de una generación marcada por el auge audiovisual, la inmediatez y el desenfado.

La agenda política de la organización y su Congreso debe, más que excederse en reafirmaciones de fe, demostrarla en promover mucho más el enfrentamiento y la rebeldía de los jóvenes, ante todos los fenómenos negativos y desviaciones que obstaculizan el avance de nuestro socialismo. Urge promocionar más —y no a modo de campañas, si no como oxígeno diario— valores humanos como la decencia, la honestidad y la valentía. Se necesitan señales más explícitas en «el orden del día» de la UJC que propugnen la intransigencia ante la doble moral, la simulación y el oportunismo.

Con los pies bien puestos en la tierra y las manos extendidas, con el aporte insustituible de las investigaciones sociales que permitan divisar las tendencias y complejidades de los jóvenes cubanos, la UJC podría, en nombre de los inefables Mella, Camilo y Che que inspiran su símbolo, avanzar mucho más en la articulación del relevo, esa dialéctica garantía de la continuidad.

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