Violetas para Teresita

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

Hace algunos días una buena noticia llenó de agrado a muchos de los que crecimos a la escucha de esa copla divina que tantas veces nos convidó a cantar en nuestros años de infancia, por el sano pretexto de tener todos el corazón feliz, feliz, feliz.

La cantautora y pedagoga cubana Teresita Fernández García, acaba de merecer el Premio Nacional de Música 2009, máximo galardón que entrega el Instituto Cubano de la Música y el Ministerio de Cultura en la Isla por la obra de toda una vida.

Con tono justo y agradecido, ahora vuelve a sentirse el maullido alegre de un felino avinagrado que nació hace varias décadas para calibrar de ternuras el mundo sonoro de los niños, y hacernos saber, entre arpegios de guitarras, que la verdadera poesía puede habitar hasta en el molde descuidado de un simple gato de papel, por mucho que parezca de algodón.

Y es que el siempre jubiloso Vinagrito, como tantos otros personajes y tantas otras canciones que viven resguardadas privilegiadamente entre las manos y la fantasía de la gran trovadora, vienen a ser esos duendes sonoros que, despojados de toda cursilería y de toda metáfora ramplona, reverencian la humildad de este mundo con un lirismo sencillo pero penetrante, sin choteos ni atrevimientos desmedidos ni alusiones morbosas.

¡Qué admirable ese acto de creación que en nombre de lo feo, no necesitó fanfarrias ni lentejuelas expresivas ni calcos sentimentales, para armonizar símbolos y música ante la rara apariencia de un basurero, confinado a enamorar solo en las noches de brillo y de trasluz junto a la Luna!

¡Qué reconfortante ese otro tejido de espíritus y melodías, en el que se hilvanan a corazón latiente los tiernos versos de la poetisa chilena Gabriela Mistral, en una ronda que no excluye, sino que suma, al compás de un diálogo entre rosas y esperanzas, como si los niños fuesen flores... y nada más!

Cuentan que, a sus cuatro años, ya Teresita modulaba voces frente a los micrófonos de una emisora en Santa Clara, su ciudad natal, y que con solo dos décadas de vida ya era maestra normalista y había recibido el título de Doctora en Pedagogía, condición que para bien se afincó sobre su profunda vocación formativa y su sensible apego por los que aprenden.

Poseída desde joven por el pensamiento y la obra del Apóstol como una martiana instruida por sí misma en el ejercicio poético y cadencioso de la enseñanza, jamás ha dejado de considerarse una maestra que canta, cuando de igual forma pudiera autodefinirse como una cantante que educa, a juzgar por su calidad autoral y el valor didáctico y perceptible de sus composiciones.

Amante de lo bohemio, juglar de verso fino y tabaco en mano, fecunda artesana de la fe y los amigos, mujer tranquila entre ladridos de perros y maullidos de gatos, sin temerle a ese óxido mugriento que con los años acaba desvencijando el cuerpo de cualquier palangana vieja.

Pero la suya, la de Teresita, es algo diferente, legendaria, fabuladora, algo así como una especie de jardín del alma que jamás conocerá de mohos ni herrumbres, por perfumarse, como parto fértil de la tierra, con el sincero olor de sus violetas.

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