El deporte de la voluntad

Autor:

Yurisander Guevara

Al verla por vez primera, creí de súbito que llovía afuera. Su cabello empapado refería un torrencial aguacero, mas su seco uniforme de colegiala contradecía mi suposición. «Debe estar en natación entonces», pensé basando mi lógica en la anterior parada del ómnibus, la de la Ciudad Deportiva. Además, recién caía la noche, hora frecuente para culminar muchos entrenamientos en varias disciplinas deportivas infantiles.

La acompañaba su «réplica», algo mayor. «Sin duda es la madre», me dije. Un piropo satisfizo la inquietud cuando un desconocido sentado frente a ellas alabó «las dotes» de la mujer. El hechizo no surtió efecto, pues la niña, a cambio, soltó una mirada fulminante.

Mas el pícaro no desistió, y dispuesto a ganarse a la pequeña «inquisidora» resolvió en pocas palabras mi deducción primera. «Estoy en pentatlón moderno, no natación», dijo la pequeña tras la nueva interrogante.

Una mezcla de aburrimiento y «chisme» me hizo «afinar» más la oreja, acaso como escapatoria a la rutina del viaje.

«¿Y eso qué es?», preguntó el pícaro, sumamente interesado por el extraño deporte.

Parada tras parada, madre e hija explicaron al desconocido las diversas modalidades que componen esta disciplina: natación, esgrima, equitación, y una combinación de carrera con tiro deportivo.

La niña explicó que todavía no practicaba todos los deportes: «Montaré a caballo cuando esté más grande», le reveló emocionada. «¿Y entrenas a diario?», prosiguió el desconocido su interrogatorio. «Por ahora lunes, miércoles y viernes, luego de las clases», respondió la madre.

«¡Entonces no tienes tiempo de hacer las tareas con tanto entrenamiento!», apostó el desconocido. «¡Qué va, muchacho. Si no tiene buenas notas me la sacan del deporte!», exclamó la madre mientras la guagua se detenía a la altura de la garita del Diezmero, en San Miguel del Padrón.

«Óigame, pero a usted le gusta más el pentatlón ese que a ella, porque mire que coger tanta guagua para ir a entrenar muy lejos…», resaltó el hombre. «¿Qué le voy a hacer, compañero, si a la niña le gusta el deporte desde pequeña?», se defendió la mujer.

Una rápida despedida en San Francisco de Paula, la barriada de Hemingway, cortó la improvisada conversación. En ese momento, crucé la mirada con aquella mujer y no pude sino sonreírle. Desconcertada, sus ojos buscaron la noche exterior. Definitivamente no estaba para «la muela» de otro extraño.

De vuelta conmigo, especulé sobre la cantidad de sacrificios que hacen madre e hija tres veces por semana para cumplir los sueños deportivos. «Ojalá y a corto plazo dé sus frutos este empeño», deseé a la altura del puente de San Pedro, puerta principal del municipio de Cotorro.

Minutos después, uní a mi  anhelo la admiración por aquella sencilla desconocida: el término de mi viaje en Las Delicias, más de una hora después de abordar el ómnibus, no lo fue para ellas.

Ver alejarse aquel P-2 con el singular dúo dentro —quizá hasta el final de su viaje en Alberro, a casi una hora y media de donde las vi por vez primera—, trajo a mi memoria la frase que nunca se cansó de repetir mi abuela Yeya: «cuando se quiere, se puede». Tenía razón «la gorda»: no importan distancias, horarios ni dificultades. Solo hace falta practicar el deporte de la voluntad, para formar campeones de espíritu.

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