Un tatuaje doloroso

Autor:

Nyliam Vázquez García

Caminaba por una de las calles de Melbourne junto a su esposa. Quizás hacían planes o se dejaban llevar por la nostalgia por su tierra. No sé. De pronto aparecieron «cuatro varones», para más señas, pandilleros y racistas.  Le rociaron gasolina a él, y le prendieron fuego. Los bandidos escaparon.

El joven indio de 29 años sufrió graves quemaduras en el 15 por ciento de su cuerpo. Lo triste es que se convirtió en una víctima más de una ola de ataques contra los suyos en Australia. A principios de enero, el estudiante Nitin Garg, un joven de 21 años, murió apuñalado en la misma ciudad australiana. En Sydney y otras localidades tuvieron lugar durante 2009 más de 500 casos de agresiones, aunque pocos fueron confirmados por la prensa. Lejos de detenerse, la espiral de violencia crece. Los odios se ceban y podría ser la historia de nunca acabar.

Mientras, las autoridades australianas continúan las investigaciones, y han aclarado que tienen muy pocos datos sobre el más reciente incidente. Los responsables de estos y otros delitos continúan sueltos, tal vez brindando con cerveza y ufanándose de sus «hazañas».

Lo ocurrido ha creado roces diplomáticos entre Nueva Delhi y Canberra. Por un lado, el primer ministro indio, Manmohan Singh, subrayó que la seguridad de los trabajadores y estudiantes indios en ultramar es máxima prioridad para su gobierno. Una advertencia necesaria, tal vez. Por otro, el gabinete encabezado por su homólogo australiano, Kevin Rudd, debió llamar a la calma y enfrentar las críticas de políticos indios y algunos medios de comunicación que tildan a Australia como un «país racista». Y también de no hacer lo suficiente para proteger a los estudiantes extranjeros.

La inclusión de alumnos de otros países en universidades australianas supone la tercera fuente de ingresos de la nación —en el orden de los 17 000 millones de dólares anuales—, pero a juzgar por los hechos, no es suficiente para mantenerlos a salvo y, por otra parte, los niveles de tolerancia no andan en el punto necesario.

En India, varias manifestaciones populares condenaron los hechos. La policía australiana insistió en que, si bien algunos ataques respondieron a una motivación racial, la mayoría fueron ejecutados por delincuentes comunes. Como quiera, quedan los muertos, los heridos, las historias de vida truncas que pudieron ser diferentes o, aun peor, que tomaron ese rumbo dramático porque quienes estuvieron en la mira fueron seres «distintos» allí.

¿Cuántos más podrían ser nuevos blancos de ataques? Unos 100 000 indios cursan estudios en Australia, mientras que los educandos de otras nacionalidades también se han mostrado preocupados por la situación.

Una campaña contra la violencia propone la reconciliación desde la propia ciudad de Melbourne. Los organizadores quisieron que fuera el Vindaloo, uno de los curry más populares de la cocina india, quien juntara a la gente.

Vindaloo contra la violencia, como se denomina este esfuerzo, invita a los australianos a degustar comida india a un restaurante típico, para mostrar solidaridad con los inmigrantes y estudiantes de ese país. La cita está prevista para el próximo 24 de febrero y se ha difundido rápidamente a través de Internet. Nuevamente las redes sociales, Facebook y Twitter, han sido el vehículo para trasladar el mensaje, para aunar a quienes se oponen a hechos tan oprobiosos en pleno siglo XXI.

La diseñadora de 24 años Mia Northrop, quien ideó la campaña, declaró a la BBC que más de 6 000 personas en Australia prometieron apoyar la iniciativa. Ella y sus colaboradores pretenden que se torne global y que se pueda desarrollar en otros países. A fin de cuentas, Australia no es el único sitio del planeta donde los ataques racistas y la discriminación por cualquier motivo se tornan historias reales, un tatuaje doloroso en la vida de millones.

Los indios y cualquier otra persona de la más disímil nacionalidad necesitan caminar serenos por las calles de Melbourne, Canberra, Sydney u otra ciudad australiana… que no los ataquen, que no les prendan fuego, ¡y que no escapen los racistas!

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